Pensar como abogado
- 19/08/2026 00:00
Hay una situación que casi todo abogado ha experimentado. Mientras conduce, hace ejercicio o está a punto de dormir, aparece el argumento que llevaba días buscando. No lo llamó, llegó solo. O se despierta en la madrugada con la respuesta a un problema procesal que no lograba resolver.
Es fácil confundir esto con exceso de trabajo, pero en realidad es otra cosa; en algún punto de su formación, el abogado deja de usar una manera de pensar y empieza a ser esa manera de pensar. El derecho se estudia; pero pensar como abogado se vuelve un hábito que ya no se apaga. Y ese hábito es lo que distingue al buen abogado.
Y no se trata, como suele creerse, de saberse las leyes y códigos de memoria. Las leyes cambian; Panamá lo ha experimentado, pues la introducción de la oralidad en las jurisdicciones penal y civil obligó a una generación de litigantes a reaprender su oficio, a pensar y conducirse distinto en estos nuevos modelos procesales.
De esta manera, lo que de verdad se aprende, muchas veces sin darse cuenta, es un método para mirar la realidad, una forma de pararse frente a cualquier problema y desarmarlo. Esa manera tiene rasgos reconocibles.
El primero es ver el problema real dentro del ruido. Está habilidad es la que más distingue a un abogado de otro. Un cliente rara vez llega con un problema jurídico; llega con una historia cargada de enojo, de agravios en desorden. El abogado escucha todo y hace algo que parece simple, pero no lo es; separa lo que importa de lo que no, y de un relato de una hora extrae solo los hechos con consecuencias legales.
Pero descartar el ruido es apenas la mitad del trabajo. Lo difícil viene después y consiste en encontrar el punto del que todo lo demás depende. Casi siempre hay un nudo que, si se resuelve, arrastra consigo a los otros; y muchos hechos que parecen decisivos son apenas ramas. El buen abogado organiza las premisas antes de entrar en la discusión y concentra su fuerza en ese centro. Sabe que, si para ganar debe probar cinco cosas, en realidad debe hallar la única de la que dependen las otras cuatro.
Es aquí donde se separan los caminos. Muchos abogados no imponen ese orden, sino que lo siguen. Dejan que la controversia dicte la agenda, responden cada punto de la contraparte y terminan enredados en la maraña que se supone debían desatar. No es que ignoren el derecho; es que reaccionan en lugar de estructurar. Y quien reacciona siempre litiga un paso atrás, en el terreno que eligió el otro.
El segundo, y quizás el más contraintuitivo, es pensar contra uno mismo. Antes de defender una posición, el buen abogado construye la del adversario, con sus mejores argumentos, no como un castillo de naipes fácil de derribar. Porque el argumento que uno no anticipó es el que pierde el caso. Con el tiempo se vuelve un reflejo, que frente a cualquier idea propia aparece la pregunta de qué diría quien piensa al revés.
Por otro lado, el abogado tiene que desarrollar una doble desconfianza; hacia las palabras y hacia las premisas. Para el común de los mortales, “entregar” o “de inmediato” son términos claros; pero para un abogado son campos minados, porque sabe que una coma cambia una herencia y que “podrá” no es lo mismo que “deberá”. Y donde otros aceptan un punto de partida, el buen abogado pregunta: ¿quién dice que eso es así?, ¿dónde está probado?, ¿es un hecho o una opinión? No es que sea desconfianza hacia las personas, sino que es un método.
Todo esto suena admirable, y en buena medida lo es, pero también conviene decir el alto costo que se paga. El mismo entrenamiento que vuelve a alguien preciso se paga fuera del tribunal, porque estos hábitos no tienen interruptor. Uno no puede desconfiar de las palabras durante la jornada y confiar en ellas a la hora de la cena. El abogado que aprendió a buscar el conflicto en cualquier relato lo sigue buscando cuando un amigo le cuenta una historia. Ese escepticismo, tan útil para proteger a un cliente, cuesta apagarlo con la gente que uno se relaciona fuera del despacho.
Por eso pensar como abogado no es un saco que uno se pone y se quita. Se parece más a un idioma que una vez aprendido, ya no se puede escuchar el mundo sin traducirlo. Tiene su belleza —la de entender de verdad cómo funcionan las cosas— y su costo —el de no poder dejar de verlas.
Quizás por eso valga la pena recordar que detrás del razonamiento hay una persona que aprendió a pensar así, muchas veces sin poder elegir dejar de hacerlo. Y que esa forma de pensar, la que resuelve casos y desarma problemas, es a veces la misma que le impide, simplemente, descansar de sí mismo.