Políticos y Constituyente
- 16/03/2026 00:00
El espectáculo que nos ofrecen los exponentes de la partidocracia es cada día más deprimente. ¿Qué decir de la farsa oposicionista del PRD?. Las cúpulas de los partidos políticos vigentes, titiriteros infatigables y activos, intentan imponer lo que Keneth Roberts ha llamado “la política de la antipolítica”: hacer todo lo posible para que el pueblo no haga nada por sí mismo.
En lo anterior, “torrijistas” y “arnulfistas” van de la mano al no poder resolver los problemas surgidos, producto de la transición de la dictadura (vía invasión) y del generalizado desencanto de la mayoría de los ciudadanos con la “política” de los políticos. No sólo no han leído a Montesquieu, sino que rechazan a Thomas Paine cuando enseñó que: “ La vanidad y la presunción de gobernar desde más allá de la tumba es la más ridícula e insolente de todas las tiranías...Es a los vivos, y no a los muertos, a quienes se ha de satisfacer.”
En efecto, pasada la euforia que provocó la caída de la dictadura, la década del noventa se cerró en Panamá en medio de una incapacidad creciente y manifiesta de poder resolver la profunda crisis del sistema de mediaciones y relaciones impuesta por las estructuras políticas heredadas del militarismo y su populismo, que es la que está llevando al país por una crisis de legitimidad.
La “década perdida” para los panameños, lo fue sin duda la del noventa. Tanto las cúpulas del arnulfismo, como las del PRD y los satélites partidistas de ambos, decidieron comulgar juntos en la idolatría a la constitución militarista de 1972. A tal grado ha llegado la identificación de ambos bandos políticos con el esperpento jurídico que mutuamente -entre ellos- se dan “ lecciones de cívica” para ver quién es más “responsable” en su defensa a la Constitución que, ayer criticaban y hoy defienden en aras de un falso “Estado de derecho” donde se legisla con la intención de resolver, como por arte de magia, todos los problemas económicos, sociales y políticos.
Sin ningún desparpajo y con un descaro inaudito de sus principales voceros, los “populistas” del torrijismo y los “populistas” del arnulfismo -con el denominado “diálogo nacional” de fondo- han acordado darle la espalda a las aspiraciones ciudadanas de poder sentar en Panamá los cimientos necesarios para tener un Estado constitucional.
En su mutación mutua (de arnulfismo a torrijismo y viceversa) prefieren olvidar algo que un estudiante de segundo año de Derecho ya conoce: “el Estado constitucional cimienta su estructura en dos pilares fundamentales: por un lado, en el principio político democrático; por otro, en el principio jurídico de supremacía constitucional...cuando se define políticamente con claridad y sin equívocos el poder soberano, y, en virtud del principio democrático, ese poder se otorga al pueblo...porque la actuación del poder constituyente termina con la aprobación de la Constitución, la única manera imaginable de perpetuar la legitimidad democrática en el funcionamiento normal del sistema, no puede ser otra que la de transformar el principio político de soberanía popular en la fórmula jurídica de la supremacía constitucional.” (ver: Pedro dde Vega. La Reforma Constitucional y la problemática del poder constituyente).