Por unas redes socialistas

  • 05/02/2026 00:00

En Batman Forever (1995), el villano conocido como El Acertijo —interpretado formidablemente por Jim Carrey— inventa un dispositivo capaz de robar las mentes de los ciudadanos de Gotham y así convertirse en su líder supremo. Batman, como corresponde al género, lo detiene. Treinta años después, aquel dispositivo parece haber escapado del cine, captando nuestra atención a toda hora y en todo lugar: caminando por la acera, dentro del tren, en el café, en el gimnasio, en la cena familiar y, en casos más graves, en la cama con la pareja. Paradójicamente, mientras nos sentimos más “conectados” que nunca, nos encontramos cada vez más desconectados del mundo real, con la mirada fija en pantallas que nos ofrecen conversaciones con “amigos”, titulares urgentes que no lo eran, y videos protagonizados por bebés y perros reflexionando sobre su difícil vida.

Al haber creído en un mundo previo a esta pandemia tecno-social, tengo la capacidad de reconocer lo artificial e inhumano que resulta el constante deslizo vertical del pulgar, el infame scrolling, tan adictivo como un dulce. Pero para la generación Z que ha nacido con este poder divino en la palma de su mano, distinguir entre lo real, lo importante y lo irrelevante, será una tarea cada vez más compleja. En una mente joven, esta tecnología funciona como una droga: muchos adolescentes pasan tantas horas hipnotizados frente al celular que se olvidan de comer o dormir. Al menos, el uso del baño sigue intacto. De continuar esta tendencia, me pregunto qué tipo de liderazgo ejercerá esta generación dentro de veinte o treinta años. ¿Debatirán presupuestos nacionales por TikTok? ¿Aprobarán leyes por encuesta de Instagram?

Así como toda política pública se diseña con una visión de futuro —económica o ambiental—, resulta urgente implementar ya una política educativa que limite y regule el acceso de niños y adolescentes a los teléfonos inteligentes y a las redes sociales. Las estadísticas sobre depresión, suicidio juvenil y dificultades para socializar cara a cara no son material para memes. Cada vez más jóvenes aspiran, en el mejor de los casos, a ser famosos, ricos o “influencers”, sin tener muy claro de qué; en el peor, optan por una vida de ocio permanente, atrapados entre videojuegos y redes, ajenos a la satisfacción que puede ofrecer una carrera profesional o una relación humana real, tridimensional y sin filtros.

Para combatir esta adicción, existen esfuerzos locales: escuelas que prohíben el celular y padres que racionan las horas de pantalla. Son pasos positivos, pero insuficientes. Este problema exige una intervención internacional que enfrente directamente a las grandes plataformas tecnológicas, cuyos modelos de negocio funcionan con la precisión de un cartel bien organizado. Se necesita regular los algoritmos que nos administran esta dopamina digital, con consecuencias legales claras. Ha llegado el momento de clasificar a las redes sociales como lo que son: sustancias adictivas, comparables al alcohol o al tabaco, al menos en lo que respecta a los menores.

Naturalmente, ante la amenaza de la regulación, estas compañías invierten una gran parte de su obscena riqueza en convencer a nuestros líderes de que ésta no es necesaria. Vivimos en una era en la que ciertos ejecutivos ejercen más influencia global que muchos presidentes o dictadores, no desde un palacio, sino desde una aplicación. Meta, Apple, Samsung, X (antes Twitter) y TikTok no gobiernan territorios, sino algo más valioso: la atención de millones de personas de todo el mundo, sus clientes no regulados por las leyes de un solo estado.

El problema es que la política actual no solo depende de estas redes para difundir su dogma, sino también de sus generosas “donaciones”, un cabildeo que dificulta cualquier intento serio de regulación. Así, esta oligarquía tecnológica —con más dinero del que puede gastar— termina influyendo en las políticas públicas de todos los gobiernos, ya sean liderados por dictadores, presidentes o primeros ministros. No sorprende, entonces, ver a buena parte de la élite tecnocrática mundial codeándose con el poder político en inauguraciones y ceremonias oficiales.

Corresponde entonces a la sociedad liberal internacional y a sus instituciones liderar esta batalla: exigir redes con mayor responsabilidad social, más regulación y una tributación acorde con sus absurdas ganancias. Solo así podremos resolver el verdadero acertijo contemporáneo pues ningún héroe imaginario nos salvará: cómo, y con quién, nuestros hijos construirán su futuro y se ganarán la vida, algo que ningún estúpido video de quince segundos podrá hacer.