Porque me da la gana
- 22/03/2026 00:00
Cada día que pasa, la capital panameña se sigue tornando en una ciudad más complicada de transitar. Si bien es cierto, es una ciudad espectacularmente bella y de diseño improvisado, los que residimos en ella o simplemente la visitamos, no cooperamos mucho para que esta sea una ciudad amigable para quienes caminamos o circulamos en vehículos por ella.
Por un lado, tenemos a los conductores de motocicletas, que son como los demonios del volante. No respetan carriles, señales de tránsito, ni siquiera las líneas de seguridad, mal conocidas como cebras. Manejan como se les da la gana, por donde se les da la gana, chocan a quien se les da la gana y luego desaparecen como por arte de magia, pero si tienen un accidente por culpa de ellos mismos, aparecen.
Los camiones repartidores son los dueños de las calles del área donde les toca hacer sus repartos. Se detienen donde se les da la gana por el tiempo que se les da la gana, bloqueando el libre tránsito del resto de los mortales que deben estar sujetos a sus caprichos. Y si, por casualidad, llevan la “custodia” de un policía, se convierten en los dueños de las calles. Les dejo una pregunta: ¿En cuál cuenta del Estado se depositan los fondos que estas compañías pagan por ese derecho?
Casi que igual sucede con las construcciones en la ciudad. A pesar de que tienen espacio, ellos deciden cerrar un carril en calles de 1 o 2 carriles, porque se les da la gana y, a veces, con el consentimiento de las propias autoridades, perjudicando por semanas o hasta meses, la libre circulación de quienes tienen el derecho de circular por esas vías.
Hay áreas de la ciudad que no tienen aceras para que los transeúntes caminen sobre ellas, por ende, estos se ven forzados a tirarse a la calle, no solo interrumpiendo la libre circulación, sino arriesgando su vida y posiblemente hasta la de quienes los pudieran atropellar.
Los conductores de vehículos no respetan los límites de velocidad, ni las señales de tránsito (algunas hasta mal redactadas, pero bueno) y mucho menos el reglamento de tránsito. Nos hemos convertido en convidados a una fiesta denominada “ley de la selva” donde todos tenemos el derecho de hacer exactamente lo que se nos de la gana.
Muchas veces es frustrante para quienes conducimos. Los que van por ejemplo sobre la Vía Porras y los semáforos no están sincronizados. Esto es frustrante y, en algunos, produce la necesidad de acelerar para que el semáforo no cambie antes que lleguen al mismo.
Desde mi balcón, este desorden pudiera tener varios orígenes. Por un lado, pareciera que quienes enseñan a manejar no son lo suficientemente insistentes en enseñar a cumplir las reglas y señales de tránsito.
Por otro lado, quienes conducen pareciera que han adoptado la regla de: “mientras no me cojan, es legal”. O sea, tengo derecho a hacer lo que se me de la gana mientras no sea detectado.
¿Han notado que no hay policías de tránsito en la calle? Perdón, me corrijo, no hay estos servidores públicos en otros días que no sean los que están cerca al día de pago. Y si están, los vemos pegados a la pantallita de sus celulares. De verdad que hay muchos que quisieran tener el plan de data que tienen estos agentes.
Y como cerecita sobre el helado, debemos reconocer que, si bien es cierto se ven reparaciones en otros lugares, en la ciudad capital, donde se produce el mayor tránsito del país, hay tantos huecos como conductores. Esto nos obliga a conducir esquivando los huecos, “policías muertos”, vendedores ambulantes y la nueva ola de motociclistas que nos está afectando a casi todos sin excepción. Quienes conducimos en esta ciudad, no hemos entendido que, si todos cedemos un poco, se hace la inversión en coordinar los semáforos correctamente y el gobierno nacional ejerce su responsabilidad de reparar las calles y colocar a los agentes de tránsito a facilitar y no a cobrar, tendríamos una ciudad mucho más amigable y donde no se haga “lo que me da la gana”.