Promesas escritas en el hielo
- 12/01/2026 00:00
Diciembre de 1963. Calle del Tanque, Aguadulce, Coclé. Severiano González, campesino del pueblito de Las Mineras, amarra su caballo a una cerca de palo de teca en casa de la maestra Coralia Gómez. Ella lo recibe eufórica: ¡“Venga ese guandú oloroso y el pavo que me gané en la rifa”!
Severiano se quitó el sombrero, zurró la manga de la cotona por la frente perlada de sudor, rastrilló la barbilla con sus rupestres uñas y soltó la mala noticia: “Anoche me abrieron el palenque y se llevaron el pavo”. La maestra Cory olvidó la etiqueta social normalista y arremetió: “Compadre, usted me dio su palabra; le doy dos horas para que traiga el pavo”.
La palabra devaluada —como la del avicultor—, las promesas rotas, los compromisos huecos y las mentiras multicolores constituyen el pan bofo de cada día. Y, como si ya fuera poco, ahora las redes sociales complementan la tormenta perfecta de esta epidemia inmoral. Lo decía George Orwell, periodista y novelista británico: “En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario”.
Por los albores de la década de 2010, el profesor y escritor Ariel Barría, tres veces ganador del Premio Miró, y yo fuimos contratados por el Ministerio de Salud (Minsa) para dictar un seminario sobre manejo de la noticia de salud a los corresponsales de prensa de las provincias centrales.
La capacitación fue un fin de semana en el hotel Los Guayacanes de Chitré, provincia de Herrera. Prometieron pagarnos $300 a cada uno. Cuando Ariel y yo terminamos la jornada, nos aplaudieron de pie. Los altos directivos del Minsa nos dieron abrazos al estilo cubano –con golpetazos en la espalda—, recibimos boletos VIP para la fila del buffet y nos galardonaron con diplomas con viñetas doradas y una medalla cobriza. La legendaria periodista chitreana Vielka Corro nos llamó “Los dos magníficos”; algo así como Bud Spencer y Terence Hill en la película “Juntos son dinamita”. Los dedos nos quedaron como ropa vieja de tantos apretones de mano.
A la hora de cobrar los $300 c/u la puerca torció el rabo como una barrena. Se inició el calvario del sube y baja escaleras; firma de papeles de toda laya, registros biométricos; gastamos cántaros de gasolina llevando facturas. Emulamos a Harrison Ford en su búsqueda del arca perdida.
Al final, los $300 se quedaron en algún agujero negro de la inmensidad sideral. Los anhelados cheques nunca vieron la luz, mucho menos cruzaron el umbral de la ventanilla bancaria.
Ariel Barría, noble caballero de Las Lajas de Chiriquí, se refirió a aquella aventura de faltriqueras vacías: “Se perdieron los tiempos en que la palabra empeñada era un acta notarial, una extensión del honor”. Imposible medir los daños por la falta a la palabra: el médico que deja a los pacientes esperando, el profesor paviola, la trabajadora doméstica que falta los lunes, la novia abandonada en el atrio de la iglesia, el sacerdote que no dio la misa, el sastre que no entrega el saco a tiempo, el jugador que provoca el forfeit, el mala paga que se convierte en enemigo para no pagar, etcétera.
Algunos políticos (no todos) son ejemplos clásicos de incumplimiento de la palabra. En campaña “prometen el oro y el moro”, pero al final quedan como los diamantes: difíciles de encontrar.
En antaño, la palabra empeñada era sagrada. Los agricultores vendían sus productos confiados en la honradez del comprador. No había que ir a notarios ni buscar testigos: la factura y garantía era un apretón de manos. La palabra de hombre (y de mujer) se sostiene en el honor del que la expresa.
Las peleas de gallos son un clásico ejemplo de palabra de honor. Cuando los gallos intercambian sus primeros revuelos para clavar sus sables de carey, se calientan las apuestas: “Al giro voy 30 pesos (se habla en pesos), y el contrario sella el trato: “Pago, el colorado es mío”.
Hay apostadores que nunca se han visto en la vida, pero el que pierde paga apenas termina el combate. ¿Y si no paga? Primero, la afrenta puede tener desenlaces trágicos. Segundo, tiene que irse a pelear gallos a Tristán de Acuña, la isla más remota del mundo y, con el riesgo, que le cobren allá.
Faltar a la palabra es un asunto serio que impacta la dignidad y el amor propio de las personas engañadas. La palabra empeñada tiene peso, tiene historia, tiene alma. Lo decía el empresario estadounidense, Jim Rohn: “Por cada promesa hay un precio que pagar”. Termino este artículo con las palabras del escritor y humanista dominicano, Domingo Núñez Polanco: “Un país comienza por ahí; por la recuperación de la palabra dada. Porque donde hay palabra que vale, hay humanidad que se honra. Y donde la palabra vale, el porvenir es más que una ilusión, es una obra en marcha”.