¿Qué es la posverdad?
- 13/06/2026 00:00
Es casi una obviedad afirmar que los cambios que ocurren en el mundo encuentran una contrapartida en los cambios que se observan en el lenguaje. No es una relación de causa-efecto meramente. Los cambios en el lenguaje también inciden en los hechos que ocurren y en la forma en que los valoramos. Pero cuando los cambios son recientes se pueden generar confusiones y ambigüedades que dificultan la comprensión de lo nuevo. Esto quizás es lo que está ocurriendo con el término “posverdad”, cuyo origen resumo brevemente en estas notas y cuyo real significado propongo al final.
El reconocimiento oficial de este nuevo término ocurrió a fines del 2016 cuando el Diccionario de Oxford lo incluyó como palabra del año debido a que su uso se había elevado durante ese año de modo exponencial. En inglés todos hablaban de “post-truth”, pero la utilizaban como adjetivo para calificar los discursos, los comentarios, los argumentos en los debates públicos. En fin, no buscaban nombrar una cosa, era una manera de calificar cierto uso del lenguaje. Lo mismo ocurría en alemán. Ese mismo año, la Sociedad de la Lengua Alemana reconoció como palabra del año “postfaktisch”, como una traducción del neologismo inglés. Si seguimos la lengua germánica, diríamos en español “post-fáctico”. No obstante, la Real Academia de la Lengua introdujo el término “posverdad”, con lo que se autorizó en lengua castellana el uso de un nuevo sustantivo.
Los hechos que desataron el recurso al nuevo grafema no son menores. David Cameron, Primer Ministro del Reino Unido, había prometido en el torneo electoral del 2015 que llevaría la cuestión de la integración con Europa a referéndum. Así logró una alianza con un nuevo partido, UKIP, más a la derecha que el propio partido conservador que lideraba con dificultades. Para sorpresa de muchos, incluyendo al propio Cameron, el 23 de junio de 2016, y tras una ardua campaña, muy tóxica y plagada de falsedades, entre otras cosas, los británicos votaron en contra de Europa. Es verdad que los resultados fueron bastante ajustados, el voto de poco más de 17 millones de personas se impuso sobre el de otros 16 millones de personas. En “la City”, como en Escocia e Irlanda del Norte, la mayoría favoreció la integración europea; en las áreas adyacentes, una amplísima mayoría se pronunció en contra. El resultado neto, tres puntos porcentuales. El “Brexit” fue el bautizo de fuego del nuevo fenómeno.
Pocos meses después, ese mismo año, el 8 de noviembre, otro sorpresivo voto impidió que Hillary Clinton continuara con la dirección política que había marcado Barak Obama durante 8 años. Donald Trump fue elegido “Presidente de los Estados Unidos”, pese a que el voto ciudadano había favorecido a su adversaria por un margen estrecho. Cerca de 63 millones de votantes se impusieron al final a casi 66 millones de votos, una diferencia de dos puntos porcentuales, debido a que en el sistema político de los Estados Unidos lo que define son los votos del consejo electoral y allí Trump había triunfado ampliamente con 304 votos contra 227 de su predecesora. De nuevo, un lenguaje procaz, un inusitado esfuerzo por deslegitimar el sistema político y sus discursos, acompañado de la defensa de una supuesta identidad nacional, una cacareada recuperación de valores tradicionales, el abuso de medias verdades, son todas características que subyacen a estos hechos del mundo anglosajón a ambos lados del Atlántico.
Es por estas razones históricas que la definición oficial (RAE) de posverdad es “la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emocionas con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. Esta es casi que una descripción de lo ocurrido en el 2016. La pregunta que cabe hacerse es si esto es un fenómeno nuevo, o si más bien es lo que ha ocurrido en cada vez que los poderes reales en una sociedad han buscado movilizar a las masas en beneficio de sí mismos y no de ellas.
El primer uso registrado del término “post-truth” se remonta al año 1992, cuando Steve Tesich en The Nation criticó la decisión de EEUU de invadir Irak sobre la base de una justificación que no se compadecía con hechos. No fue entonces un término muy popular hasta que llegó el libro de Ralph Keyes, The post-truth era (2004). Keyes, un académico, autor de varios libros, buscaba diseccionar la cultura de su época. Según el escritor norteamericano, el siglo XXI inaugura una época de relatos embellecidos que no son factualmente exactos y muchas veces involucran invenciones y falsedades que se acomodan al gusto de la audiencia a la que se dirigen.
¿Vivimos en una nueva época en la que predominan las mentiras en las campañas electorales y la manipulación de las emociones a través de los discursos políticos y las noticias? La respuesta es sencilla: no. Lo nuevo es la pretensión de que el poder es un ejercicio de la voluntad sobre la base de las creencias y que su desprecio por los hechos no tendrá consecuencias punitivas. Exigir responsabilidad política ante cada mentira es la manera más sensata de combatir esta mala práctica.