¿Qué es una amistad?

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  • 17/05/2026 00:00

El pasado viernes participé de la despedida terrenal a una persona muy especial, quien un par de días antes había iniciado ese viaje ineludible al encuentro con nuestro creador. Para muchos, este personaje no caía bien; y para otros, era una persona muy peculiar. Algunos pensaban que era un oportunista; y otros que era una persona mal hablada y un bocón.

Para mí, era uno de esos amigos que la vida te presenta y con quien congenias más de lo que jamás pensaste que podrías hacerlo con una persona ajena a tu entorno familiar inmediato. En ese sentido, el Todopoderoso hizo que su compañera de vida estuviera directamente relacionada a mí y, debo asumir, que por eso siempre decía que yo no era su amigo sino “familia de su esposa”.

No me voy a poner a defender y mucho menos a criticar a esta persona, que así mismo como era mal hablado, no podía esconder —por más que tratara— un corazón que no le cabía en el pecho. Y no fue solo conmigo: esa mañana nuestro Santuario Nacional del Corazón de María estuvo repleto y estoy seguro de que varios de los que estábamos ahí, conocedores de ese gran corazón que escondía su personalidad, podemos dar fe de ello.

Cuando cuatro expresidentes de la República te rinden honores en tu sepelio, evidentemente no es cualquiera el que ha fallecido. Pero no eran solo los exmandatarios, había expresidentes de la Corte Suprema de Justicia y del Órgano Legislativo. Procuradores, ministros, viceministros, abogados y gente común. Pues él era feliz comiendo pesca’o o saus en Río Abajo, así como un buen filete en el mejor de los restaurantes.

La fidelidad para con sus amigos no puede ser cuestionada y por ello sufrió más de lo que muchos conocen. Rómulo Eduardo Abad Coutte fue un hombre que sabía escoger a sus amigos, aunque en varias ocasiones algunos le dieron la espalda. Para mí fue un amigo que me “cuidó” cuando tuvo que hacerlo. Nos acompañamos cuando el destino nos unió fuera de Panamá y siempre estuvo ahí para mi familia.

El tío Rómulo era adorado por sus sobrinas. Su carácter jovial, “jodido” y todos los demás epítetos que se le pudieran achacar, no alcanzan para describir ese cariño que, escondido bajo una capa de “tipo duro”, dejaba entrever, cada vez que alguien necesitaba algo, que estuviera a su alcance.

Amado por su familia, la directa y la extendida, esa misma que el pasado viernes lo lloró y que, en esa fatídica primera fila del templo, recibieron el cariño y las demostraciones de aprecio por su ser querido que solo se nos adelanta un poco.

Una parte de mi vida siempre estará ligada a las experiencias que experimenté con él. Quienes me conocen saben de mi relación con el Divino Niño del 20 de julio, en Bogotá. Saben que vivo bajo su aura y para servirle hasta el último día que respire.

Lo que muy pocos saben es que quien me introdujo a esta creencia y fidelidad fue nada menos que este hombre sencillo y de familia que todos los sábados acudía a visitarlo. Me decía: “McKay, pídele y pídele bastante porque, aunque se demore, él te cumple”. Al principio ni le creía ni lo acompañaba a ese pobre barrio al sur de la bella capital de Colombia.

Una tarde de sábado lo acompañé a ese templo que tantas memorias me trae. Le pedí y no solo me cumplió, me tomó de su mano y hasta este día no me suelta ni me ha abandonado —ni en los momentos más difíciles de mi vida— ese verdadero amigo fiel que me presentó Rómulo. A veces, como buen pecador que soy, me le suelto de la mano y él va y me la vuelve a tomar.

Gracias, Rómulo, gracias por tu amistad, gracias por el tiempo que nos regalaste, gracias por amar a mis hijas, gracias por ser parte de mi familia. Mari y los pela’os nunca estarán solos; el viernes fuimos testigos de que esa amistad que siempre nos ofreciste, aunque quisieras hacer ver lo contrario, sigue viva y presente. Nos vas a hacer falta, hermano.

* El autor es analista político, comunicador y dirigente cívico