Que la vergüenza cambie de lado

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  • 26/08/2026 02:16

Tengo casi veinte años acompañando a víctimas de violencia en diversos contextos. Durante todo este tiempo he escuchado historias que estremecen, he acompañado denuncias, he orientado a mujeres que buscaban una salida cuando la violencia entraba en sus vidas. He sostenido el miedo de otras, he intentado mostrar otros caminos cuando las instituciones parecían cerradas, he repetido una y otra vez que denunciar es un derecho y que ninguna mujer debería atravesar la violencia sola.

Durante años he estado del lado de quienes acompañan y esperan en la sala de las fiscalías. En el marco del aumento de la violencia contra las mujeres que está viviendo el país, me animo a escribir, ya desde la distancia, han pasado seis meses que la violencia tocó a mi puerta. Hay algo que pocas veces se dice: qué difícil es para las defensoras defendernos cuando la violencia nos alcanza.

Sabemos lo que hay que hacer. Sabemos que hay que activar un plan de seguridad, hablarlo, no quedarse sola, construir redes de apoyo. Sabemos que denunciar puede ser un paso importante. Sabemos que el silencio muchas veces protege a los agresores. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta es vivirlo.

Cuando la violencia te alcanza, el miedo deja de ser una categoría que analizamos en un taller o en una sesión de acompañamiento a una víctima. El miedo se vuelve corporal. Se instala en el estómago, altera el sueño, cambia la forma en que caminas por la calle, modifica la manera en que miras el mundo, porque el miedo está en las células, en tu respiración y eso te cambia la forma de vivir la vida.

La primera puerta que toqué fue la justicia de paz y esta no le dio importancia a mi denuncia. Me dijeron algo que muchas mujeres han escuchado antes: que a veces las personas amenazan pero no cumplen. Que probablemente no pasaría nada. Que no había que exagerar, esa tarde la impotencia se apoderó de mí.

En esa instancia mi denuncia fue despachada como si fuera algo menor. Un mes después estaba de vuelta en el mismo lugar. Regresé porque quienes pensaron que el agresor no actuaría, actuó.

Y entonces comprendí algo que muchas víctimas saben demasiado bien: cuando las denuncias de violencia no se toman en serio desde el principio, el agresor se fortalece, entiende que nada le pasará.

Cuando las instituciones minimizan una amenaza, el agresor recibe un mensaje claro: puede seguir avanzando. Puede intimidar, presionar, amenazar. Puede generar miedo creyendo que nada le ocurrirá, porque uno de sus pares desde su posición de poder ha hecho alianza con él. Y entonces la violencia escala.

Volví a pedir protección con urgencia a la justicia comunitaria de paz, sentía que mi vida estaba en peligro. Y en ese proceso descubrí, que el día que me entregaron la citación para el agresor, pregunté si habían leído mi denuncia la respuesta fue ¡no!, me llene de indignación.

Ese momento fue un punto de quiebre. Porque cuando el sistema no escucha, la violencia se duplica. La agresión no proviene únicamente del agresor; también aparece en el silencio institucional, en la indiferencia, en la lentitud con la que se toman decisiones que afectan la seguridad de una persona, sobre todo cuando tienes el color del conflicto, de la violencia y del delito.

Decidí entonces buscar justicia en una instancia más arriba, la fiscalía. Allí finalmente me escucharon. Allí comprendieron la gravedad de la situación. Allí recibí protección. Comenzó a calmarse mi miedo.

Y quiero decir algo importante: no todo fue negativo. Existen instituciones y personas que sí entienden su responsabilidad. Existen funcionarias y funcionarios que comprenden que proteger a una persona amenazada no es un favor, es una obligación, y comprenden que denunciar aumenta el riesgo y que las medidas de protección pueden salvar una vida, aunque sabemos que aún con protección se puede perder una vida, pero es allí donde un sistema de seguridad se debe activar para salvaguardar una vida que se atrevido hablar y alzar su voz, y sobre todo tomó el valor de vencer el miedo y denunciar.

Pero incluso cuando la protección llega, el cuerpo ya ha atravesado algo profundo. Terminas con el llanto en los ojos. Con el estómago pegado a la columna porque no tienes ganas de comer. Sabes que la tristeza ronda cerca. Sabes que la depresión se ha instalado y permanecerá calladamente a tu lado porque no puedes creer que estés viviendo esto. Durante años he acompañado el dolor de muchas mujeres. Lo he escuchado, lo he sostenido, lo he intentado comprender. Hoy puedo decir algo distinto: ese dolor ya no solo lo he escuchado. Hoy lo he vivido.

La pensadora feminista negra bell hooks explicó que el patriarcado enseña a muchos hombres que su valor está ligado al dominio y al control. En ese marco, la violencia se convierte en una herramienta para reafirmar su poder.

Hoy vivimos momentos profundamente violentos en el mundo. En muchos contextos parece haberse instalado una idea peligrosa: que algunos hombres pueden actuar como el “malo de la clase”, amenazar, intimidar, generar miedo, y pensar que nada les va a pasar. Como si la violencia fuera un juego, pero no lo es.

Detrás de cada amenaza hay una decisión. Detrás de cada agresión hay una persona que decide ejercer poder sobre otra. Y esas decisiones deben tener consecuencias.

Demasiadas veces el foco se coloca sobre la víctima: por qué denunció, por qué no denunció antes, por qué tuvo miedo, por qué no reaccionó de otra manera. Pero esa es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es otra: ¿por qué un agresor cree que puede amenazar o agredir a una mujer sin consecuencias?

Y hay otra dimensión que no se puede ignorar.

Vivir esta experiencia desde un cuerpo negro también confronta con realidades que muchas mujeres negras conocemos bien: los prejuicios, los estereotipos y las sospechas que pesan sobre nuestros cuerpos. A veces se nos mira desde la desconfianza. A veces se intenta restar legitimidad a nuestras denuncias. A veces se construyen narrativas que nos asocian con el conflicto, la suciedad, con el escándalo o con la exageración. Amo el silencio, la tranquilidad, el ruido siempre me ha perturbado, pero en el expediente se me presenta como alguien, sucia y escandalosa.

El racismo también opera en los silencios institucionales. Por eso la lucha contra la violencia patriarcal no puede separarse de la lucha contra el racismo. Ambas estructuras se entrelazan y se refuerzan. Además con el clasismo, personas que consideran que no puedes vivir en un determinado lugar porque ese espacio le pertenece a una clase y aun color de piel, que no era el mío.

Esta experiencia también me ha dejado otra lección fundamental: nadie debería atravesar la violencia sola. Me sentí sola por momentos, y por el momento no hubo una red que me sostuviera en el peor momento. La presencia en esos casos es fundamental, no basta un abrazo vía WhatsApp o una manito de ánimo, se requieren cuerpos vivos que acompañen el miedo, tu miedo. En este devenir el universo me mostró otra cosa: estuvieron presente personas no tan cercanas a mí, compañeras que entendieron la gravedad de la situación.

Las redes de apoyo importan. Hablar, compartir, tener personas que te sostengan emocionalmente y acompañen en las decisiones puede marcar la diferencia entre el aislamiento y la resistencia. Cuando me atreví a hablar, no me sentí tan sola, y comencé a sentirme acompañada. Vinieron los apoyos, gracias compañeras.

Hay algo que siempre repito en cada espacio al que me invitan para hablar sobre la prevención de la violencia contra las mujeres: nunca abandone a una mujer que está viviendo violencia. Nunca.

No se canse de acompañarla. No se aleje. No diga: “Que la maten, ya me cansé”. Aunque a veces parezca que ella no puede salir de esa situación, usted puede ser la única persona en quien confíe y a quien pueda acudir cuando finalmente esté lista para romper el ciclo de la violencia.

Por eso, una vez más lo repito: nunca se canse de estar presente. Su apoyo, su escucha y su permanencia pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Esta experiencia me deja una certeza profunda. La violencia puede alcanzarnos a todos. Incluso a quienes hemos dedicado nuestra vida a erradicarla. Por eso seguir hablando de justicia, de responsabilidad, de protección real y trabajando con las niñas y adolescentes no es solo una apuesta política. Es una necesidad urgente, y es por ello que para mí, vale la pena seguir poniendo el cuerpo y la experiencia de vida en este camino que elegí, defender los derechos humanos de todas las personas.

Necesitamos trabajar desde la primera infancia si aspiramos a construir una sociedad que no tolere la violencia. Es a través de la educación y del papel que desempeña el Estado, por medio de sus instituciones, que se puede impulsar un esfuerzo sostenido, con recursos humanos, económicos y una estructura sólida, orientado a construir un futuro donde exista una verdadera política de cero tolerancia a la violencia.

Las organizaciones de mujeres y feministas han sostenido durante años un trabajo incansable en esta materia. Sin embargo, hoy enfrentan esta realidad prácticamente en solitario, intentando responder a las crecientes demandas de las víctimas con recursos limitados. El compromiso del Estado y de toda la sociedad ya no puede seguir siendo una tarea pendiente.

El trabajo con los hombres es urgente e indispensable. No podemos continuar mirando hacia otro lado mientras las redes sociales y los medios de comunicación, tanto tradicionales como digitales, siguen reproduciendo prejuicios, estereotipos y reforzando los roles de género que alimentan y perpetúan esta grave problemática.

Incluso, al revisar el informe de homicidios de la Policía, encontré que aún se clasifican algunos casos como “homicidios pasionales”. Mientras continuemos utilizando términos que ocultan la verdadera naturaleza de estos hechos, en lugar de nombrarlos como lo que son, será muy difícil impulsar cambios reales y profundos en nuestro país.

La violencia dejó de ser hace mucho tiempo un asunto privado. Hoy constituye un problema público y una responsabilidad de toda la sociedad panameña. Por ello, el Estado, las instituciones, los medios de comunicación, las organizaciones sociales, el sistema educativo y la ciudadanía deben asumir un papel activo y actuar de manera efectiva para prevenirla, enfrentarla y erradicarla.

Durante demasiado tiempo la vergüenza ha recaído sobre quienes sufren la violencia. Sobre quienes denuncian. Sobre quienes tienen miedo. Pero esa lógica tiene que cambiar.

Como dijo recientemente Gisèle Pelicot en un juicio que conmovió al mundo: la vergüenza tiene que cambiar de lado. La vergüenza no debe recaer sobre quienes sobreviven a la violencia. La vergüenza debe recaer sobre quienes la ejercen y también sobre las estructuras que la minimizan.

Porque ninguna mujer debería tener que atravesar el miedo para que su denuncia sea tomada en serio.

La vergüenza tiene que cambiar de lado. Basta ya, tenemos derecho a vivir libres de violencia.

* La autora es psicóloga afrofeminista, defensora de derechos humanos, coordinadora de investigación Afroresistencia, Unidad de Justicia Racial y Feminismos