Reconocí a un artista... no fue casualidad

Cedida
  • 01/05/2026 00:00

En una visita al Valle de Antón, cuando el lugar estaba a su máxima capacidad, me detuve en una cafetería.

Era uno de esos días donde el bullicio parecía embriagar el ambiente y las voces te impedían apreciar el paisaje.

Al salir del establecimiento, vi varios puestos de artesanías. Al fondo, casi como si el destino lo hubiese planeado, observé, una hilera de pinturas de la fauna y flora panameña. Había algo que me invitaba a acercarme a ese puesto.

Mientras contemplaba aquellas obras, un joven se aproximó con discreción. Le pregunté si era el autor de las piezas y costo. Lo que comenzó como una simple consulta, se transformó en breve, en una conversación inesperada, de esas que no se planean, pero marcan.

Él, un joven vallero, de treinta y cuatro años, deportista, topógrafo y electricista, me contó que desde hace cuatro años vive del arte. Una lesión le obligó a buscar otro camino, que rememoraba su infancia cuando pintaba paisajes del Valle.

Mientras hablábamos, noté en sus ojos un brillo especial. No solo entusiasmo, era convicción. Me habló de cómo sus obras han llegado a París, Dubái y Argentina. Y pensé en esa frase tan repetida: Nadie es profeta en su tierra. Frase que él repitió casi murmurando.

Me contó que perfecciona su pincel en una escuela de arte y su obra ha sido expuesta en el Casco Antiguo de Panamá y ha sido reconocido en Lyon, Francia como uno de los talentos emergentes dentro del realismo ofeliano, palabra que recalcó. No pude evitar pensar en la necesidad de abrir más espacios para el talento y en cuántos artistas permanecen en el anonimato por no tener dónde mostrarse. Pensé, estoy delante de un artista que reconoce modestamente el valor de su evidente genio. Intuí que la expresión de su arte tenía un calibre diferente.

Mientras conversábamos, ocurrió algo que le dio aún más sentido al momento. Un perrito criollo, juguetón y libre, se acercó a él con una alegría insistente. Saltaba, buscaba atención, interrumpía nuestra conversación. El joven, entre risas, me dijo: “regáñelo, no me deja conversar con usted”.

Aquel perrito era un reflejo del instante que estábamos compartiendo. En su energía y en su inocencia sentí algo familiar. Era como si ambos, el joven y el perro, compartieran una misma esencia: Una pureza natural, una forma limpia de estar en el mundo. Por coincidencia o no, el perrito se desplazó hasta el lugar donde se sentaba mi familia.

Seguí observando sus pinturas. Todas me gustaron, pero hubo una que capturó mi atención desde el primer instante: Una mariposa azul.

Curiosamente, ese mismo diseño ha sido protagonista de muchas de mis charlas tiempo atrás. Era una imagen con la que solía cerrar, recordando siempre que la decisión está en nuestras manos, evocando una leyenda china. Verla frente a mí, no se sintió casual. Como nada de ese encuentro. Me sentí profundamente identificada con su historia. Con ese arte que muchas veces es subestimado, porque no genera ingresos inmediatos, pero que guarda un valor que el tiempo termina revelando.

Yo, en mi camino, he vivido algo similar. También he sido reconocida y subvalorada en lo mío. Y al mirarlo, comprendí que no solo lo estaba conociendo... también me estaba viendo reflejada.

Le hablé del valor de persistir, de creer incluso cuando el entorno nos invalida. Le dije sin pensarlo demasiado: “Cada uno está frente a un artista”.

Le prometí que recordaría su nombre y su rostro. Él, con una sonrisa serena, me dijo que también recordaría el mío.

Le pregunté por su firma, distinta a su nombre real. Entonces me contó el origen de su seudónimo: una chica belga no podía pronunciar su nombre y comenzó a llamarlo “Jeziel”. Así, casi sin buscarlo, nació la identidad artística del chico de esta historia.

Me tenía que retirar y no podía irme con las manos vacías. Al final, tomé una decisión. Aunque la mariposa azul había tocado algo profundo en mí, la decisión familiar se inclinó por otra obra. La compré, pero le pedí algo más: su firma y una constancia escrita de ese día, de puño y letra. Quería guardar no solo la obra, sino el momento.

Al despedirnos, le dije y por qué no colocas en este stand una reseña de tus logros. Sonrió y dijo, las entrevistas están en internet. Confieso, al llegar a mi hogar busqué en la red y pude constatar que mis ojos no se equivocaron, reconocieron a un gran artista.

Nuestro encuentro permitió que entendiera que la vida no siempre nos sorprende con grandes acontecimientos. A veces lo hace con encuentros breves, con conversaciones inesperadas, con instantes pequeños que nos dejan grandes enseñanzas.

Ese día reconocí a un artista, confirmando que cuando dos caminos se cruzan, no es casualidad... es propósito.

Hoy, día del trabajo, felicito a todos aquellos que hacen de sus sueños una realidad porque tal como dice el adagio: Si trabajas en lo que te gusta, no tendrás que trabajar ni un solo día.