Reconocimiento al talento de las cuentistas panameñas
- 06/02/2026 00:00
Es un hecho conocido, aunque poco valorado: la producción cuentística panameña, en lo que va del siglo XXI, la integra considerable número de talentosas mujeres de cinco generaciones, quienes con su creatividad y pujanza aportan valiosos ejemplos de sensibilidad artística y dedicación al más alto nivel en Centroamérica. Relevante en esta producción es no solo su enorme variedad temática y formal, sino su valentía al examinar temas controversiales antes vedados, además de la tenacidad que caracteriza a esta pujante producción en nuestro país. Y no porque se hayan puesto de acuerdo, sino que han hallado el momento propicio para plantear sus cuitas, críticas al sistema y enorme sensibilidad artística... Si bien en el siglo XX son relativamente pocas las que destacan, algunas resulta indispensable mencionarlas.
La primera panameña que publica un cuentario es poco recordada hoy: Graciela Rojas Sucre (1904-1992), con Terruñadas de lo chico (1931). No sería hasta la aparición –30 años después–, de Moravia Ochoa López (1939), con Yesca (1961), que la producción cuentística escrita por mujeres se echaría a andar para ya no detenerse.... Otras colecciones suyas en el siglo XX son: El espejo (1968); Juan Garzón se va a la guerra (1992) y En la trampa y otras versiones inéditas (1997). Su más reciente libro de cuentos aparece en un ya lejano 2005: Las esferas del viaje, que como editor tuve el honor de publicarle. ¡También excelente poeta! Otras cuentistas destacan en el siglo XX: Bertalicia Peralta (1939), con Largo in crescendo (1967), Barcarola y otras fantasías incorregibles (1973) y Puros cuentos (1988); Griselda López (1938), con Piel adentro (1986) y Sueño recurrente (1989); y ya en el siglo XXI Las capas del tiempo (2017) y No me extraña tu presencia (2023). También importa mencionar a Beatriz Valdés Escoffery, con Nada personal (1992) y La estrategia del escorpión (1996); Consuelo Tomás Fitzgerald (1957), con Cuentos rotos (1991); Inauguración de la fe (1995); y ya en 2007 Panamá quererte; así como a Giovanna Benedetti (1949), con La lluvia sobre el fuego (1982) y más adelante Vértigo de malabares (2017). También excelentes poetas las tres últimas. Más adelante indispensable es aludir a Ela Urriola (1971), con Agujeros negros (2016) y Carosis (2022); a Sonia Ehlers (1949), y a Vilma Calderón Córdoba (1955 ).
Finalmente, cuentistas como: Nicolle Alzamora Candanedo (1992); Annabel Miguelena (1984): Lissete Lanuza Sáenz (1984); Marisín Reina (1971); Cheri Lewis (1974); Blanca Montenegro (1982); Klenya Morales (1975); así como Maribel Wang González (1981); Isabel Burgos (1970); Gloriela Carles Lombardo (1977); Katia Malo (1961); Rosalba Morán Tejeira (1948); Sonia Ehlers (1949); Luz Lescure (1951) y Maritza López Lasso (1957), entre otras, con entre dos y tres libros cada una.
Como reconocimiento a la fecunda producción cuentística de varias generaciones de mujeres panameñas, he ido publicando en Panamá las siguientes antologías que dan fe de la diversidad de su producción: “Flor y nata (Mujeres cuentistas de Panamá)”, 2004; Puesta en escena (Compilación de mujeres cuentistas de Panamá), 2018; y Ofertorio: Secuencias y consecuencias, 2021. Así, la gran variedad temática y formal de la producción femenina de nuestro país no es sólo sorprendente sino auténtica dedicación a los malabares de la escritura ficcional.
Creo importante destacar los nombres de algunas cuentistas vivas que, por razones desconocidas, sólo han publicado un libro de cuentos, sin duda de muy alta calidad: Sydia Candanedo de Zúñiga (1927), con Los papelillos del Dr. Escarria (2000); Marisín González (1931), Aries al ponerse el sol (2003); Érika Harris (1963), La voz en la mano (2003); Digna Valderrama (1965), Planeta Venus (2000); Ana Lucía Herrera (1971), Cuentos de Pequeté (2011); Lucy Cristina Chau (1971), De la puerta hacia adentro (2010); Gina Paola Stanziola (1958), Contando ovejas (2009) y Lili Mendoza (1974), Corazón de Charol A go-go (2009). Asimismo, resulta indispensable aludir a Gilza Córdoba (1979), con Augurio (2018); Mariafeli Domínguez (1960), Parturiens y otros relatos y microrrelatos (2022); Shantal Murillo (1990), Afuera crecen los árboles y otros giros del destino (2013); Carmen de la Guardia Abadía (1935), Sola en Bella Vista y otros cuentos (2022); Eyra Harbar (1972), No está de más (2018) y Doris Sánchez Vda. de Polanco (1960), Piedra virgen: el retorno del ángel caído (2021), entre otras con un solo libro.
Termino señalando que dos excelentes cuentistas, ambas nacidas en 1944, entran al ruedo en plena madurez, con obras sobresalientes: Isabel Herrera de Taylor, con La mujer en el jardín y otras impredecibles mujeres (2005); Esta cotidiana vida (2007) y El secreto asombro de los parques (2021); y Danae Brugiati Boussounis, con Pretextos para contarte (2016); En las riberas de lo posible (2016) y La noche de los cocuyos (2019), libros con muy variados cuentos de sabia estructura y cautivadoras historias. Y contrastando con ellas en edad, Diana Mayora (1995), la más joven, con Así de simple y otras complejidades (2013), a punto ya de publicar su segundo libro... Auténtica pléyade de excelentes cuentistas, a quienes rindo merecido tributo, y cuya lectura recomiendo.