Regresemos a lo básico de educación moral
- 02/01/2026 00:00
“¡Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra!” (Juan 8:7). Como señala la Palabra, todos cometemos errores; sin embargo, no podemos continuar así el próximo año. No podemos seguir viviendo en un “Mundo Feliz” como el de Aldous Huxley (1932), donde imperan el consumismo y una comodidad ficticia basada en deudas y placeres impuestos por el mercado. Estos modelos importados no nos pertenecen, pero nos dictan una forma de vida ajena a nuestra crianza y cultura.
En ese sistema, se asume que todos trabajan para todos y que nadie es prescindible. No obstante, no cabe civilización alguna sin estabilidad social, y no hay estabilidad social sin estabilidad individual. Bajo una libertad malentendida, se ha perdido el control de la educación moral, influenciada por corrientes de mercado y modas que impactan la visión del mundo desde nuestro propio hogar.
Desde mi punto de vista, la educación moral debe rescatarse en el seno de la familia y la sociedad. Jean-Jacques Rousseau sostenía en El contrato social que el hombre nace libre y bueno, pero la sociedad lo corrompe. La base de la moral proviene de la casa: los niños imitan a sus padres y ese comportamiento se refleja en el aula y en la sociedad.
La autoridad en el hogar, así como la disciplina, la responsabilidad, el deber y los valores morales, no se pueden delegar en las instituciones educativas. Cada actor social tiene su responsabilidad. Mientras que la institución educativa prepara al estudiante para competir en el mercado laboral, la verdadera educación es tarea del hogar.
Hoy vemos las consecuencias: una sociedad que busca obtener todo a su alcance sin importar el precio, aceptando el libertinaje de un mundo alejado de Dios, donde los valores se extinguen en favor del placer momentáneo. Debemos rescatar a la familia para corregir el rumbo actual. El problema no se soluciona creando más leyes, sino fortaleciendo los valores domésticos. A veces, por buscar vacíos legales, terminamos perjudicándonos más.
En mi niñez, la palabra de los padres y del maestro era sagrada. Hoy, los padres acuden a las escuelas para cuestionar al docente que intenta imponer la disciplina que falta en casa. ¡Qué grave problema moral y social enfrentamos!
Este nuevo año debemos decidir en qué sociedad deseamos vivir. Debemos construir un mundo mejor donde Dios sea parte del cambio en cada hogar. Al final, todos nos beneficiaremos, pues la prosperidad auténtica nace del bien común y de la responsabilidad compartida por todos los que habitamos en este mundo.