Remembranzas y meditaciones

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  • 27/02/2026 04:29

(Para Silvia Fernández-Risco y Mónica Durán, escritoras mexicanas en Panamá, con mi afecto). Si bien es absolutamente cierto que “recordar es vivir”, como hace muchos años se denominaba un memorable programa televisivo dominical de Panamá, también resulta innegable que reconstruir los detalles más significativos de una vivencia, o de múltiples momentos en que suceden hechos novedosos que habrían de marcarnos para siempre, resulta no sólo un noble ejercicio de la memoria sino, a menudo, el modo más eficaz de rescatar lo mejor de nuestro pasado a fin de poderlo compartir con otras generaciones.

Y dado que los recuerdos no están construidos con ladrillos eternos, sino con vivencias que tienden a ser efímeras, ¡qué mejor que rescatar lo que valga la pena rescatarse mediante el arte catalizador de la escritura. Una práctica, por cierto, que de un modo u otro se viene ejerciendo desde la más remota antigüedad...

A principios de la década de los setentas del siglo pasado, tras agotarse la duración de la beca del ya desaparecido Centro Mexicano de Escritores que me había llevado a ese país como becario centroamericano, me tocó decidir si regresaba a Panamá, en donde mi única perspectiva de trabajo era volver a dar clases en colegios secundarios en donde ya había laborado como profesor de Inglés y de Español, como había sido el caso del Instituto Panamericano (IPA), o buscar la forma de irme quedando (obligado lento cambio burocrático de estatus residencial de por medio).

Ya para entonces había escrito, durante once meses consecutivos, bajo el tutelaje crítico de los muy destacados escritores mexicanos Juan Rulfo y Salvador Elizondo, los 40 cuentos que formaron parte de la primera edición de mi obra más reconocida internacionalmente: “Duplicaciones” (Joaquín Mortiz, México, 1973); cabe señalar, por cierto, que la quinta y más reciente edición sería iniciativa del consagrado poeta nacional Manuel Orestes Nieto, estando él a cargo de la editorial de la Universidad Especializada de las Américas (UDELAS), aquí mismo en Panamá.

Pero hete aquí que en aquel momento de mi estancia mexicana, detenido en el tiempo por la incertidumbre de no saber qué hacer, se me presentan de pronto dos oportunidades consecutivas para yo poder alargar mi estancia en aquel generoso país. Y ni tardo ni perezoso, decido...

La primera de dichas oportunidades la aproveché durante cuatro años seguidos: sobrevivir publicando simultáneamente en diversos suplementos culturales dominicales de cuatro importantes periódicos mexicanos de la época: ”Excélsior”, “Novedades”; “El Nacional” y “El Heraldo de México”, tanto cuentos y poemas de mi propia autoría, como también a ratos reseñas de libros ajenos recientes y también entrevistas a jóvenes autores mexicanos... Eso que comúnmente se llama “periodismo cultural”. En mi caso muy particular, así nació esa nueva chispa creativa y ahí se fue nutriendo...

Lo nuevo y estimulante que había en ello era que me pagaban puntualmente a la semana siguiente por mis colaboraciones. Algo, por cierto, aún hoy impensable en Panamá si uno no labora de antemano para el medio. Claro que sin duda eran otros tiempos y que un joven soltero de 25 años que compartía la renta de un modesto apartamento con otros estudiantes podía sobrevivir modestamente.

La segunda oportunidad surgiría pocos después, cuando se abre una nueva entidad estatal: la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), con amplias sucursales en Xochimilco, Iztapalapa y Azcapotzalco. En 1976, un año después de su apertura, tuve la suerte de ser contratado en el área de Iztapalapa como profesor titular, y ahí laboré tiempo completo hasta finales de 1982, cuando acepté regresar a Panamá para dirigir el Departamento de Letras del Instituto Nacional de Cultura (INAC), antecedente del actual Ministerio de Cultura.

En la UAM (Iztapalapa) conocí y trabé amistad con la poeta panameña Diana Morán (1932-1987), quien ya impartía clases en esa recién inaugurada institución, tras ser exiliada junto con un pequeño grupo de escritores nacionales de extrema izquierda, obligados por la cerrazón ideológica de la primera época de la dictadura de Omar Torrijos.

¡Cómo olvidar que uno de los primeros libros que publiqué como editor de autores panameños –labor que por cierto continuó ejerciendo hasta el momento en que esto escribo– fue el hermoso poemario de Diana titulado “Reflexiones junto a tu piel” (1982). ¡Qué gran satisfacción, tanto por quién ella era en nuestra letras, como por la calidad lírica del poemario! Y recuerdo que ese mismo año también publicaría el poemario de José Manuel Bayard Lerma, otro de los exiliados, titulado ”Los días del incendio”, autor que pasando el tiempo habría de quedarse a vivir en México.

Estas y otras remembranzas del México de aquellos tiempos seguirán vigentes mientras me quede memoria; y formarán parte esencial del libro, mucho más nutrido de recuerdos muy diversos que empiezo a pergeñar como: “Retrospecciones: Memorias de ida y vuelta”.

La memoria, por más certera que pretenda ser en sus manifestaciones, es harto frágil y sin duda perecedera. Rescatar a tiempo lo mejor de ella, tomar nota de sus momentos tensos pero también de las vivencias estelares no sólo es un valor agregado sino, sobre todo, una obligación moral conmigo mismo y con quienes me estiman.

* El autor es escritor, profesor jubilado, promotor cultural y editor