Reparar lo que se quebró desde adentro: el arte de volver a empezar
- 23/10/2026 00:00
Hay estructuras que se levantan con cemento y acero; otras necesitan tiempo, amor y manos capaces de reconstruir lo que el dolor ha derrumbado.
El reloj marcaba las 12:56 de la mañana de aquel 9 de octubre. Me encontraba trabajando, aunque físicamente no atravesaba mi mejor momento, cuando percibí un movimiento súbito, violento, de la tierra. Por unos segundos, la realidad pareció perder sus cimientos.
Salimos corriendo, con las pocas pertenencias que pudimos sostener, llevando en el rostro el asombro, la incredulidad y ese terror que no necesita palabras para hacerse visible. Caminamos por pisos que parecían flotar bajo nuestros pies y descendimos por escaleras zigzagueantes, con una pregunta silenciosa acompañándonos en cada paso: ¿lograríamos salir ilesos?
No sabíamos si el suelo se abriria bajo nosotros, si el edificio resistiría o si volveríamos a abrazar a nuestros familiares. En esos instantes, la incertidumbre nos recordó cuán frágil puede ser aquello que consideramos seguro.
Pronto, las noticias recorrieron el país y traspasaron nuestras fronteras. Las réplicas nos mantuvieron atentos a cada movimiento, recordándonos que la confianza en la estabilidad de nuestro suelo no está atada a la piedra. A veces basta un instante para comprender que la vida puede cambiar sin pedir permiso.
Sin embargo, más allá del acontecimiento telúrico, de las estructuras afectadas y de las imágenes que revelaban las huellas de aquel movimiento, hay algo que merece nuestra admiración y respeto: la labor de quienes, con conocimientos, vocación y compromiso, se dedican a evaluar, reparar y devolver seguridad a los espacios que habitamos.
Ingenieros y arquitectos se convierten entonces en mucho más que profesionales. Son personas capaces de poner su talento al servicio de otros, incluso de manera voluntaria, para ayudar a quienes no cuentan con los recursos necesarios para recuperar sus viviendas o reparar los daños sufridos. En sus manos, el conocimiento se transforma en solidaridad; y su trabajo, en una forma de esperanza. Es admirable quien utiliza lo que sabe para aliviar la carga ajena. Porque el verdadero legado no siempre se mide por las obras que llevan nuestro nombre, sino por las vidas que conseguimos proteger, las manos que tendemos y la seguridad que ayudamos a devolver.
Precisamente, una conversación con un arquitecto amigo me llevó a otra reflexión. Después de compartir conmigo imágenes de las reparaciones ocasionadas por aquel evento, surgió una pregunta que trascendía el concreto, las vigas y las paredes: ¿cómo se repara una estructura que ha sido quebrantada desde adentro?
Su respuesta fue sencilla, aunque profunda: “No es fácil, pero no es imposible”.
Y pensé en cuántas personas caminan por el mundo con grietas invisibles. Seres humanos que han sufrido pérdidas, decepciones, abandonos, traiciones o circunstancias que debilitaron sus cimientos emocionales. Personas que sonríen mientras intentan sostener lo que queda de sí mismas, como edificios que, vistos desde afuera, parecen intactos, pero necesitan una evaluación cuidadosa para descubrir los daños que nadie percibe.
Así como una estructura requiere manos expertas, paciencia y un diagnóstico acertado, el alma también necesita encontrar, en su entorno, a las personas idóneas para acompañar su reconstrucción. A veces será un profesional; otras, un amigo leal, un familiar, una palabra oportuna o alguien que sepa escuchar sin juzgar. No se trata de borrar las heridas, sino de aprender a vivir sin que estas gobiernen nuestra existencia.
Reparar exige tesón, respeto por los tiempos, reconocer las debilidades y no confundir la apariencia de fortaleza con la ausencia de dolor. También exige lealtad: permanecer cuando otros se marchan, acompañar sin invadir. Es el significado que doy a ser resiliente.
La resiliencia no consiste en negar que algo nos quebró. Consiste en reconocer el daño, buscar ayuda, aceptar nuestras fragilidades y atrevernos a reconstruirnos, aun cuando el proceso parezca interminable.
Quizá no podamos impedir todos los terremotos de la vida. No siempre elegimos aquello que nos sacude, las pérdidas que nos visitan ni las personas que dejan fisuras en nuestro interior. Pero podemos elegir qué hacemos después: si abandonamos los escombros o si, poco a poco, comenzamos a recuperar lo que todavía puede sostenernos.
A los ingenieros y arquitectos que ponen su conocimiento al servicio de los demás, mi admiración y respeto. Su labor nos recuerda que reconstruir es también un acto de humanidad. Y a quienes llevan una estructura debilitada en el corazón, les diría que no teman reconocer sus grietas. Pedir ayuda no es rendirse; es comprender que hasta los cimientos más fuertes necesitan cuidados.
Porque una vida puede cambiar en un minuto, pero también puede encontrar un nuevo rumbo en el siguiente. Mientras haya vida, habrá posibilidades; mientras exista voluntad, podremos buscar ayuda; y mientras seamos capaces de tender una mano, siempre habrá esperanza.
Las estructuras pueden volver a levantarse. Las almas pueden volver a confiar y de esto sí sé. Y nosotros, aun después de los movimientos más violentos, podemos volver a empezar.