Retos democráticos, indiferencia y correctivos
- 27/04/2026 00:00
Hay un espeso halo de indiferencia ciudadana que no ayuda mucho al perfeccionamiento de la democracia. Eso, sumado a un débil e imperfecto sistema de justicia. La capacidad de asombrarnos se ha perdido. Ya nada es un escándalo y esperamos pacientemente a que un nuevo tema salga al tapete para reafirmar lo que somos una sociedad en gran medida corrupta y, en algunas esperas, sin vergüenza. Pero por lo menos en los últimos días, varios ex funcionarios electos han sido detenidos por “irregularidades y por la presunta comisión del delito de peculado agravado en perjuicio del Estado”. Algunas ideas de este artículo han sido publicadas anteriormente con el interés de provocar la reflexión sobre el Estado y la realidad sociopolítica.
Eso de que la democracia ‘es una forma de organización social que atribuye la titularidad del poder al conjunto de la sociedad’ o que ‘...es un sistema que permite organizar un conjunto de individuos, en el cual el poder no radica en una sola persona sino que se distribuye entre todos los ciudadanos’ o que se refiere ‘al conjunto de reglas que determinan la conducta para una convivencia ordenada política y socialmente’... suena bien; pero por alguna razón no funciona en Panamá y desde hace mucho tiempo.
Lo que muchos entienden por democracia aquí ha resultado oneroso para la mayoría. Es un arma de doble filo, digamos: una tijera que corta bien para los menos; y para los muchos, el óxido de su borde gastado es una toxina que nos viene envenenando poco a poco.
Es culpa nuestra, son las cosas de la democracia. Nosotros los elegimos. Los diputados, por ejemplo, tienen muy claro que su puesto y poder se lo deben a sus electores. Tienen bien clara aquella máxima que subrayan en la política de los Estados Unidos de que ‘toda actividad política es local’ (‘All politics is local’): allí es donde están los votos y de allí es donde salen.
Dominan muy bien lo del clientelismo. Tú me das tu voto y yo te doy un salve, los sacos de cemento o para el tanque de gas, por ejemplo. Discusiones sobre tratados de libre comercio, legislaciones sobre asuntos financieros y económicos, el sistema educativo y otras cuestiones de cierta complejidad, no son de la atención de un diputado salido de los círculos más necesitados en donde el alcance de esos temas es nulo. Su partido político no lo apoya con asesoramiento técnico y los problemas puntuales de su comunidad son otros. De allí continúan trabajando para seguir asegurando votos en sus circuitos electorales.
Es el efecto del bumerang sociocultural. Como sociedad, cada gobierno, en las últimas décadas, ha descuidado gravemente la modernización del proceso educativo. Los colegios oficiales se apoyan en programas educativos de poca calidad y a estas alturas es limitado el esfuerzo por corregirlo, sabiendo lo critico y urgente de esta necesidad para el país. Gran parte de estos funcionarios electos salen de ese círculo sociocultural y de ese sistema educativo en donde la supervivencia se da sobre la base del juega vivo.
Los mejores educados de nuestras comunidades, los que respetan los límites y las leyes; los que cuidan su nombre y apellido, no quieren participar. No tienen las ‘espuelas’ para enfrentarse a candidatos que ven cualquier acto, por vergonzoso que sea, como válido para ganar los favores de una comunidad, sabiendo que a la hora de la hora se convierten en votos.
Con ese alejamiento de los sectores mejor preparados de cada comunidad (algo así como que ‘‘tiramos la toalla”) le hemos dejado la cancha abierta a los más populares, pero menos competentes porque la democracia es así, no le pone límites ni le exige mayores virtudes o capacidades al participante. Cuando acá se paran en su curul, prenden el micrófono y abren la boca, a ellos no les importa qué sale; ni vergüenza les da y. desafortunadamente, ya no nos asombrarnos.
Lo que estamos viviendo es el efecto de un pobre sistema político; pero, ante todo, de un perverso sistema educativo. Los partidos políticos también han sido negligentes y descuidados en su responsabilidad de formación sociopolítica y cultural. No son individuos con formación ideológica y que valoren el servicio público. Para pelear poder y espacios debemos hacerlo con líderes respetables y bien educados. La democracia real está en peligro y será difícil de alcanzar si no respetamos a nuestros representantes y si ellos no entienden que su deber es respetar al electorado y la comunidad y trabajar incansablemente en el fortalecimiento de la democracia.