Revoluciones modernas
- 22/08/2026 00:00
Se ha dicho tantas veces, la revolución, como Cronos, devora a sus propios hijos. Algunos piensan que hacen una revolución y esos cambios generan un nuevo orden duradero. Una revolución, un orden, el nuevo orden. ¿O será que la modernidad es el tiempo de las revoluciones?
La revolución industrial fue posible gracias a la revolución política, inseparable de la conjetura filosófica de consecuencias prácticas. El mundo estaba cambiando y John Locke, un hombre estudioso y taciturno, incapaz de defender alguna cosa en público, lo percibió con claridad y por eso acometió la escritura de Dos ensayos sobre el gobierno civil para explicarlo. Los escribió en el exilio holandés, entre 1679 y1683, junto a otros perseguidos por el monarca inglés de la casa de los Estuardos.
En los años subsiguientes, cuando el grupo político al que pertenecía regresó, victorioso, a la isla, John Locke decidió publicarlos, pero en forma anónima (1689), pues si la Revolución Gloriosa no se sostenía, podría costarle la vida ser el autor de escritos que se habían vuelto tan populares. Cerca de veinte años después, en medio ya de la fama y la riqueza, y el nuevo régimen consolidado, los hizo publicar con su nombre y de allí en adelante vinieron muchas ediciones y traducciones de la gran obra. En el siglo siguiente todo pensador ilustrado se jactaba de leer a John Locke. Los derechos naturales, como límites al poder del gobierno, fue la frase que prendió la llama en los corazones revolucionarios del siglo XVIII.
Los cambios políticos operados en Inglaterra permitieron que los ingleses avanzaran más rápido en el proceso de industrialización que sus pares en el continente europeo. Los colonos en el nuevo mundo aprendieron a recitar de memoria las obras de John Locke como si hubiese sido escrita para ellos. En los debates que sostuvieron para acordar la Constitución de los Estados Unidos, uno de los textos más citados era el Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil. El liberalismo, como movimiento político contra las monarquías llegó después.
Cuando, cien años más tarde, los franceses experimentaban problemas económicos producto de regulaciones que obstaculizaban el desarrollo del comercio y la agricultura, el lenguaje de la política había cambiado, en parte gracias al movimiento enciclopedista que apostó por el conocimiento como motor del progreso, y en parte también debido a la popularidad de las obras de un escritor brillante, cuyas ideas no pueden subsumirse cómodamente bajo la etiqueta de la Ilustración.
Ese escritor genial era Jean Jacques Rousseau, que había fallecido, sin amigos, 11 años antes que se produjeran los hechos de la toma de la Bastilla, ese evento icónico que dio inicio a lo que después llamaríamos la Revolución Francesa. Rousseau introdujo en el lenguaje de los actores políticos una serie de innovaciones sin las cuales el proceso revolucionario no habría sido igual. La preocupación por la desigualdad social, el pueblo soberano como el protagonista de la política, el contrato social como ideal normativo de todo Estado, por mencionar las más conocidas. La semilla de la revolución comenzaba a germinar en todo el continente.
Entonces un joven filósofo alemán comenzó a mezclarlo todo, análisis que utilizaban la emergente economía política inglesa, las proclamas y las luchas del socialismo francés, las reflexiones profundas del idealismo alemán y sacó conclusiones que estremecerían la tierra. Si bien el capitalismo era una forma superior de producir, y las revoluciones liberales garantizaban la expansión capitalista, serían los proletarios los que tomarían las riendas del conocimiento y el progreso. A medida que el trabajo asalariado se multiplicaba en cada territorio, la revolución socialista se presentaba como una necesidad histórica. El triunfo final del proletariado era la abolición de las clases sociales. Ciertamente, habría que pasar por una breve fase transitoria, Marx le llamó la “dictadura del proletariado”, evocando la institución de la antigua república romana.
Hannah Arendt siempre vio a Marx como un optimista de la política. La creencia del alemán que el liberalismo venía acompañado de ciencia y progreso, le pareció que no estaba justificada. La idea de que la próxima revolución sería el resultado de las leyes de la historia, reflejaba una escasa comprensión de qué es la acción política en el mundo real. Para la pensadora judío-alemana, las revoluciones de finales del siglo XVIII habían fracasado en su misión de comunicar a las siguientes generaciones cómo y por qué se lucha por una revolución. Sin la pasión por lo nuevo, la atención a las nuevas condiciones sociales, no hay espíritu revolucionario. Las “revoluciones” del siglo XX, la rusa de 1917 y la alemana de 1918, a la larga habían cubierto el mundo con su manto de “tiempos oscuros”, expresión que, dicho sea de paso, Arendt la toma de Bertold Brecht.
Jurgen Habermas presenció la ola de cambios que sacudieron la Europa Oriental a partir de la caída del muro de Berlín ocurrida el 9 de noviembre de 1989. Habermas le llamó la “revolución recuperadora”, pues, según su visión, se trataba de que los Estados que durante medio siglo estuvieron detrás de la “cortina de hierro” retomaran el proyecto de la ilustración: el Estado ha de fundarse en el respeto a los derechos de las personas. No es una tarea que se puede lograr ni un año, ni en diez. Se trata más bien de un proyecto, un compromiso permanente.