Sajonia-Anhalt: un mensaje para Alemania y Bruselas

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  • 22/09/2026 00:00

La reciente victoria electoral del partido político AfD en Sajonia-Anhalt, no es un accidente electoral sino un mensaje contundente para Alemania, para la CDU del Canciller Friedrich Merz y para la Unión Europea de Ursula von der Leyen. Con el 43,8% de los votos y 39 escaños, AfD quedó a solo tres diputados de la mayoría absoluta. La CDU, reducida al 17,2% y 15 escaños, recibió una señal devastadora: el partido que, durante décadas, fue la gran referencia del conservadurismo alemán ha dejado de representar a una parte decisiva de su electorado.

AfD ha ocupado el espacio que la CDU abandonó, siendo una fuerza conservadora que defiende fronteras protegidas, control migratorio, soberanía nacional, reducción de impuestos, libertad económica, seguridad y recuperación de la capacidad productiva alemana. Sus adversarios la califican de nazi, antisemita, discriminatoria, antifeminista u homófoba, pero esa caracterización resulta difícil de sostener cuando, por ejemplo, su presidenta, Alice Weidel, es abiertamente lesbiana y unida a una migrante de Sri Lanka adoptada en Suiza, o cuando, AfD apoya a Israel, reconoce el Holocausto y declara combatir el antisemitismo.

El resultado obtenido en Sajonia-Anhalt confirma una tendencia más amplia. AfD ha pasado de ser una protesta contra el euro, a convertirse en la principal referencia de un electorado abandonado por las élites de la CDU y el SPD. No se trata solamente de que AfD crezca, sino de que la democristiana CDU se encoge allí donde debería ser la alternativa natural al socialismo del SPD y al progresismo, más comunista, de los Verdes. Merz puede repetir que nunca negociará con AfD, pero un “cordón sanitario” no resolverá el malestar ni devolverá a la CDU los votantes que perdió.

La responsabilidad política de lo que acontece en Alemania, -e incluso en Europa-, conduce, inevitablemente, a Angela Merkel. Durante sus gobiernos, la CDU se desplazó hacia el centroizquierda y desdibujó principios demócrata-cristianos básicos sobre economía social de mercado, responsabilidad fiscal, defensa de la empresa, derechos individuales, autoridad del Estado o de relaciones firmes con Estados Unidos, -confundiendo moderación con renuncia ideológica-, para competir con el SPD, adoptando buena parte de su agenda y dejando sin representación a millones de votantes conservadores.

La crisis migratoria fue un ejemplo claro. Merkel convirtió la acogida de decenas de miles de migrantes ilegales, principalmente musulmanes, en una política europea. El acuerdo entre la UE y Turquía redujo los cruces irregulares entonces y confirmó que Bruselas había externalizado el control de sus fronteras, y que la política alemana condicionaba al conjunto de la Unión. Irónicamente, quienes advertían sobre integración, seguridad, vivienda y cohesión social fueron tratados como insolidarios, y sin embargo, hoy, cada vez más ciudadanos exigen fronteras eficaces, expulsión de ilegales, y prioridad para la seguridad y la identidad europeas.

La energía ofrece otro ejemplo del fracaso estratégico de la visión europea de Merkel. Su gobierno defendió la compra de gas y petróleo a Rusia, como fuente energética barata, pese a las advertencias de Polonia o los países bálticos. La consecuencia fue una dependencia que debilitó a toda Europa, cuya industria pagó con energía cara, pérdida de competitividad, cierres y deslocalizaciones, a costa de una decisión política presentada como pragmatismo económico.

El resultado en Sajonia-Anhalt es un mensaje más, después del rechazo islandés a reabrir las negociaciones de adhesión a la UE, y forma parte de un paisaje electoral europeo en transformación. Así, en Italia, Giorgia Meloni gobierna al frente de una coalición de centro-derecha; en Suecia, los Demócratas Suecos son determinantes para la mayoría conservadora; y en Países Bajos, el PVV de Geert Wilders demostró que la inmigración y la soberanía pueden reorganizar el sistema de partidos. En Francia, Reagrupamiento Nacional continúa siendo una fuerza central, en Portugal Chega ha crecido y en España, Vox condiciona gobiernos regionales obligando al Partido Popular a debatir asuntos que antes evitaba. Por otra parte, en Dinamarca se muestra otra variante en la que los socialdemócratas conservaron el primer lugar en 2026, pero con un resultado bajo, mientras las derechas mantienen un peso considerable. Los resultados no siempre producen un gobierno conservador, pero desplazan el debate hacia fronteras, seguridad, soberanía, energía o competitividad, algo que Bruselas pretende ignorar.

La Unión Europea no puede interpretar estos resultados como simples brotes de nacionalismo irracional. Ese voto conservador nace también de un modelo impulsado por Von der Leyen, -cuya candidatura estuvo vinculada a Merkel-, de más centralización, menos soberanía de los Estados, impuestos elevados, salarios presionados, vivienda inaccesible, servicios saturados, energía costosa y mal diseñada, normas interminables, o una industria que ha perdido productividad y posiciones frente a Estados Unidos y China.

Al final, Merz en Berlín y von der Leyen en Bruselas deberían entender que la integración europea necesita límites y que la soberanía de los Estados no es una enfermedad. En Alemania, la CDU solo recuperará a los conservadores si baja impuestos, reduce burocracia, protege la industria, controla las fronteras o devuelve poder de decisión al Parlamento alemán. Por su parte, Bruselas debe revisar su modelo socialdemócrata, su obsesión reguladora y su tendencia a imponer políticas inconsultas desde arriba. Lo que vemos hoy en Sajonia-Anhalt es un aviso para Alemania y para Europa: el conservadurismo vuelve a crecer donde las élites actuales de la democracia cristiana y la socialdemocracia, -autodeclaradas progresistas-, persiguen un colectivismo social, que se considera moralmente superior, a costa de la libertad individual.

* El autor es excanciller de la República de Panamá