Sálvese quien pueda
- 26/07/2026 00:00
Panamá es, relativamente, una ciudad pequeña, si la comparamos con algunas otras capitales de nuestro continente, y tiene la peculiaridad de haber crecido en forma que parece un chorizo. Esto, dado por el hecho de que tenemos la suerte de vivir frente al mar por un lado y, por el otro, tenemos el majestuoso canal que ha servido para unir al mundo.
Esta situación provocó que Panamá tuviera pocas “vías principales”, entre las que mencionamos la Ave. Balboa, la Vía Central España, la Vía Transístmica, la Tumba Muerto y, más reciente, los dos corredores conocidos como Norte y Sur.
De igual manera, según los más recientes informes de la Asociación de Distribuidores de Automóviles de Panamá (ADAP), en todo el país se venden entre 50,000 y 65,000 autos anualmente.
Si bien es cierto, desde el establecimiento de la “segunda ciudad” en lo que hoy conocemos como el Casco Antiguo (o Casco Viejo), el desarrollo urbanístico guardó una proporción con la población existente, recientemente, ante el crecimiento poblacional, la migración de nacionales desde el interior del país buscando mejores posibilidades de empleo o de extranjeros que buscaban una mejor calidad de vida (y esto podían lograrlo en un paraíso, como se nos considera), han hecho que el crecimiento de la población se haya desarrollado de una manera exponencialmente casi que inmanejable.
Pero regresemos a la ciudad capital por unos momentos. El crecimiento desmesurado tanto de la población como de los vehículos que la transitan, un servicio de transporte público deficiente, así como el desarrollo de áreas residenciales en las afueras de la metrópoli han hecho que muchos consideren que hay más autos que gente en ella.
Los gobiernos se han visto rebasados por el crecimiento de nuevas barriadas en las áreas perimetrales de Panamá Norte (léase Las Cumbres y alrededores), Panamá Este (24 de Diciembre, Torrijos Carter, etc.) y de Panamá Oeste donde, el desarrollo de ciudades como Arraiján y Chorrera y las espectaculares áreas residenciales que se han desarrollado en sus alrededores, así como el Área de Panamá Pacífico, puerta de entrada a la nueva provincia, pero con particularidades que las más lujosas áreas de la capital podrían envidiar.
La ampliación de la Transístmica, así como el Metro, han ayudado a que el tráfico mejore hacia el norte, pero no lo suficiente. Que una persona demore dos horas entre que sale de su oficina en el área bancaria y demore 2 horas en llegar a su casa en La Cabima es un sufrimiento que no debería darse. Igual sucede cuando alguien debe levantarse a las 3:30 de la madrugada en La Chorrera para poder llegar a las 8 u 8:30 a su puesto de empleo en San Francisco. ¡Esto es inhumano!
Si a esto le sumamos que, en las horas que son más necesarios, no hay ni un solo policía de tránsito ni agentes de la ATTT en las calles ayudando a que el movimiento vehicular fluya de manera más ordenada, lo cual ha permitido que se fortalezca el “juega vivo” ya tradicional en Panamá, sumado al “mientras no me cojan es legal”.
Los semáforos no están sincronizados, no hay policías, los conductores se detienen donde mejor se les plazca (después de que enciendan las luces de emergencia, mal llamadas de parqueo), el celular es “su mejor compañero” y, mientras más grande y caro sea su vehículo, más derechos piensan tener.
Y en este artículo no he mencionado dos de los grandes cánceres con los que debemos convivir: los taxis y las motos, que han hecho de las calles de la capital su patio trasero, donde no se respeta nada.
Debemos todos, gobierno y quienes utilizamos las vías, hacer nuestra parte. Mientras no se reprogramen los semáforos, nombremos a directores de la ATTT y de Tránsito de la Policía honrados y con ganas de hacer las cosas bien, no de hacer negocios, supervisemos las escuelas de manejo, seleccionemos policías y agentes de tránsito que quieran hacer su trabajo (esconderles los celulares, así los ayudamos) y nosotros mismos leer y cumplir el reglamento del tránsito, seguiremos viviendo en una “Sodoma y Gomorra” vehicular, donde es “sálvese quien pueda”.