Seguimos aquí
- 18/02/2026 00:00
En la política, lo simbólico no es un mero adorno estético; es una herramienta de poder que permite construir significados compartidos, legitimar estructuras y, sobre todo, catalizar cambios sociales profundos al apelar a las emociones y la identidad de las personas.
Según el sociólogo Pierre Bourdieu, el poder simbólico es la capacidad de imponer una visión del mundo que otros aceptan como “natural”. Este poder no requiere fuerza física porque se ejerce a través de la comunicación y el conocimiento, logrando que las personas se adhieran a ciertas normas de manera casi inconsciente.
Lo simbólico funciona como un lenguaje que conecta instituciones con emociones, permitiendo la cohesión de movimientos sociales. Un símbolo bien utilizado puede simplificar mensajes complejos y movilizar a la ciudadanía hacia la resistencia o la unidad.
Por ejemplo, Nelson Mandela utilizó el deporte como una herramienta de reconciliación nacional tras el fin del apartheid. Al aparecer en la final con la camiseta de los Springboks (históricamente un símbolo de la minoría blanca y la opresión racial), realizó un gesto simbólico que derribó barreras de odio y unió a una nación dividida. Este acto no fue solo deportivo, sino una declaración política de inclusión que ayudó a prevenir un conflicto civil mayor.
Otro ejemplo lo fue el muro de Berlín, el símbolo máximo de la Guerra Fría y la división del mundo en dos bloques. Su caída, impulsada por movimientos sociales y protestas masivas, simbolizó el fin de una era y la victoria de la libertad individual sobre el control estatal. Este acto simbólico de destrucción física fue el detonante psicológico y político necesario para la reunificación de Alemania y la democratización de Europa del Este.
Confieso que no me gusta el reguetón, menos aún la música y las letras de las canciones de Bad Bunny, pero, en el corazón mismo del evento deportivo más importante de los EE.UU. el Super Bowl, el artista clavó banderas con un fuerte mensaje político, sin atacar, ofender o agredir.
Haber comenzado con la afirmación “Qué rico es ser latino” y si la enmarcamos en un contexto donde por ser latino en los EE.UU. se es sospechoso, por el color de piel o por el acento, fue una declaración de que ser latino no es una vergüenza sino al contrario, es un orgullo.
El escenario, lleno de trabajadores en un campo de caña de azúcar, era una clara alusión a los cientos de miles de trabajadores latinos que trabajan en los campos agrícolas estadounidenses.
Frente a la narrativa de los migrantes como criminales, el show presentó una distinta, de trabajo digno, de productividad, representada por elementos como pequeños puestos de cocos, de uñas, venta de piraguas (raspado de hielo con jarabe de frutas), de tacos, venta de oro y plata, los cuales fueron una clara representación de la economía informal, del autoempleo, de oficios, de trabajos cotidianos que a diario realizan millones de migrantes.
En otro segmento de la presentación, el artista dice: “Baila, baila sin miedo, ama sin miedo” y en el ambiente que se vive en ese país, de redadas, detenciones y deportaciones masivas, esa frase fue un grito de desobediencia emocional, de resistencia política.
Para terminar Benito le dice al estadio y al mundo “God bless América”, pero no a América de Estados Unidos, sino que menciona a todos los países del continente, y en paralelo en la pantalla del estadio aparece la frase: “Lo único más poderoso que el odio, es el amor” y, para rematar, enseña a la cámara un balón que tiene escrito en ingles la frase “Juntos somos América” y grita: “Seguimos aquí” lo cual es un rugido de permanencia y resistencia política.
Así que, sin nombrar al presidente Trump, ni al ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), eligió utilizar símbolos que representan a los latinos en ese país, y que lugar ocupan en la vida social del mismo.
Los símbolos tienen un fuerte impacto emocional sobre las personas y hace que su sentido común los lleve a ser contestatarios ante las injusticias del poder, y aquí, comienza este a perder fuerza y terreno, frente a la sociedad.
En la era de la información, los símbolos permiten que una noticia sea entendida de manera rápida y completa, lo que acelera los procesos de movilización social.
Un cambio político real a menudo requiere una legitimación simbólica previa; la gente necesita creer en el nuevo orden antes de que este se consolide legalmente.
Lo que ha hecho Benito Antonio Martínez Ocasio en el Super Bowld, no se puede comparar con Mandela o el muro de Berlín, pero seguramente despertará a una sociedad y tendrán la valentía de enfrentar las injusticias.