Un diálogo de saberes 534 años después

  • 07/10/2026 15:27

El 12 de octubre de 1492 es una fecha histórica que rememora el encuentro de dos mundos que no se conocían: las culturas europeas y las culturas indígenas del continente Abya Yala, también conocido como América. Este día quedó marcado por los subsiguientes conflictos que se sucedieron entre diferentes ordenes sociales, y los choques entre diversos conocimientos y saberes. Fruto de este encuentro se produjeron mezclas de saberes, prácticas, y conocimientos, pero también se puso fin a saberes ancestrales, se invisibilizaron conocimientos y se solaparon prácticas, prevaleciendo las culturas europeas sobre las culturas indígenas. Pero el crucial legado de las culturas indígenas presentes en el continente Abya Yala no desapareció, constituyendo un importante acervo de saberes, conocimientos e incluso prácticas, que no sólo forman parte fundamental de la cultura americana, sino que son conocimientos que dan solución a problemas prácticos y cotidianos de las comunidades, y cada vez más, se erigen como alternativa ante problemas de impacto global como la crisis ecológica.

Esta doble condición, cultura y práctica, es la que permite sostener que los Pueblos Indígenas no son solamente sujetos de necesidad, es decir, poblaciones que enfrentan carencias y déficits estructurales, sino también sujetos necesarios para la sostenibilidad de la vida. La evidencia disponible respalda esta idea: los Pueblos Indígenas gestionan o tienen derechos sobre territorios que acogen una gran diversidad y que dan cobijo a una gran cantidad de especies animales, estos parajes incluyen un tercio de los paisajes forestales intactos del planeta. A su vez, el declive de la biodiversidad es mucho menor que en otros lugares, y la probabilidad de que estos territorios se dediquen a la agricultura intensiva (mucho más agresiva con el medio ecológico) es mucho más baja, al igual que cuentan con menores focos de deforestación. Estos indicadores muestran que la relación de los Pueblos Indígenas con el ambiente no es incidental, sino un factor determinante para la sostenibilidad global.

Este carácter necesario ha ido ganando un reconocimiento institucional progresivo. En un primer nivel, discursivo: instituciones como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura ⁠(Unesco, por sus siglas en inglés) han reconocido los sistemas de conocimiento indígena como fundamentales para la seguridad alimentaria y nutricional mundial, la conservación de la biodiversidad y el diálogo intercultural. En segundo nivel, ese reconocimiento ha empezado a traducirse en mecanismos concretos de protección e integración: la Organización Mundial de la Salud (OMS), por medio de su Centro Mundial de Medicina Tradicional, valida de manera formal el aporte de la medicina natural e indígena, promoviendo el intercambio respetuoso de saberes y la protección de su propiedad intelectual frente al mercado farmacéutico, mientras que la Plataforma Intergubernamental sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) incorpora los saberes indígenas en el diseño de políticas de conservación ecológica. Y en un tercer nivel, el reconocimiento se ha extendido hacia la participación política: el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), vigente desde 1993, creó un órgano subsidiario que otorga a los Pueblos Indígenas voz directa en la gobernanza de la biodiversidad mundial, participación que se refuerza en las sucesivas Conferencia de las Partes (COP), y que fue reafirmada en el Foro de los Países de América Latina y el Caribe sobre el Desarrollo Sostenible, organizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, Santiago de Chile, 2026). Sus conclusiones plantearon la necesidad de integrar los conocimientos y los saberes indígenas, así como las prácticas culturales, sociales y ambientales.

Sin embargo, este reconocimiento institucional convive con una paradoja de fondo: la relación entre los saberes indígenas y la ciencia sigue atravesada por una injusticia epistémica que se manifiesta en una destacada falta de reconocimiento efectivo por parte de la comunidad científica, y un extractivismo epistémico que despoja a las comunidades indígenas de sus propios saberes. Se trata de la apropiación y explotación sistemática de prácticas medicinales, arte o tecnologías ancestrales por parte de actores externos (corporaciones, investigadores, etc.) sin su consentimiento, ni compensación equitativa, un fenómeno que en sus formas más extremas ha llegado a los tribunales bajo la figura de la biopiratería. El caso de la patente sobre el Frijol Enola, cuestionada durante años ante la justicia estadounidense por apropiarse de una variedad tradicionalmente cultivada en México, es quizás el ejemplo más citado. A él se suman casos como intentos de patentamiento de la Ayahuasca, el árbol de Neem o la maca peruana. Solo la Comisión Nacional contra la Biopiratería (CNB) de Perú, presidida por el Indecopi, ha logrado evitar 180 casos de biopiratería en sistemas de patentes a nivel mundial en los últimos 20 años.

Con vistas de posibilitar el encuentro entre los saberes ancestrales y el conocimiento científico, Panamá será el anfitrión del primer seminario “Diálogo de Saberes: 534 años después”, un evento sin parangón en la región. Durante los días 12 y 13 de octubre de 2026, en el Centro de Convenciones de la Ciudad del Saber el seminario permitirá a personas interesadas en la temática junto a comunidades indígenas, académicos/as, investigadores/as, personal de ONGs, organismos multilaterales, y tomadores/as de decisión reflexionar sobre el pluralismo epistémico y sus aportes a soluciones y alternativas concretas.