Un individuo que merodea las calles
- 04/11/2026 00:00
La enorme puerta se movilizaba por una de las principales arterias del corregimiento de Ancón, rumbo al vecino sector de Curundú. Con dificultad, la pieza avanzaba de manera fantasmal. Sin embargo, al pasar junto a ella, se apreciaba a una mujer diminuta que apenas podía con la carga y que se asemejaba a una silueta impresa en el inmenso objeto que llevaba a cuestas.
Más adelante, la escena adquiría una mayor explicación, pues un hombre de facciones también apocadas, arrastraba otras dos puertas. Al parecer ambos venían de los inmuebles que se están desalojando en la parte trasera de la Terminal del Metro, donde se derrumban viejas instalaciones de diferentes instituciones situadas en la zona y donde se procurará edificar una nueva área de negocios.
Escenas parecidas se aprecian en un amplio perímetro de la ciudad capital y en los veintiséis corregimientos que la conforman: individuos menesterosos que deambulan para hacerse de cualquier objeto, mobiliario o instrumento que puedan vender para conseguir dinero que les permita alimentarse o drogarse, y así seguir en sus faenas acostumbradas.
Algunos han levantado campamentos con cartones, telas, carpas y otros implementos recuperados por doquier. A veces en la mañana, la Alcaldía las desarma y los retira, los alimenta y brinda atención; pero en la tarde, los ingenieros marginales vuelven a edificar sus tiendas habitacionales.
Se trata de vagabundos, personas sin hogar, “piedreros”, como les llaman algunos, y que ahora se les denomina con el eufemismo de “habitantes de la calle”. Por lo general, dependen de lo que consigan durante la jornada para comer y seguir en sus andanzas. Aunque su presencia se extiende a todas las provincias, hay una mayor cantidad que pululan en la urbe capitalina.
De acuerdo a cifras que maneja la Alcaldía de Panamá, alrededor de “1,050 (personas) viven en condición de calle en los 26 corregimientos de la ciudad de Panamá” y San Miguelito, “lo que representa un desafío social y estructural en aumento”. Hay que destacar que esta cantidad está en constante incremento y se aprecia en los puentes, en los sectores cercanos a la Asamblea Nacional y en una amplia franja de la falda del cerro Ancón.
Los turistas que suben a este último, en ocasiones se encuentran con personas que salen de entre los árboles y piden limosnas o se les divisa en ciertos lugares tratando de encender sus cigarrillos o pipas. Ellos caminan entre las casas y hurtan lo que vean mal puesto y tratan de hacerse de cualquier tipo de cables con la finalidad de quemar sus revestimientos de caucho para recuperar el cobre o metal y venderlo en los negocios de reciclaje.
A menudo se encuentran manchones negruzcos, producto de la quema de cableado en esa faja que va desde el costado del área protegida de Cerro Ancón hasta la grama frente al edificio del Instituto Smithsonian en Ancón, que se ha visto obligado a instalar una amplia cerca y a cerrar la antigua entrada frontal para que estos individuos no invadan sus instalaciones.
De acuerdo con algunas fuentes, el perfil demográfico establece que entre un 90 y 93 % de estos habitantes de la calle corresponde a hombres y cuyas edades oscilan entre 36 y 58 años de edad; es decir, que están en capacidad productiva. Por lo general, lucen demacrados y sudorosos, y se aprecia en ellos los rigores de su situación.
Según los datos del Ministerio de Desarrollo Social y organizaciones de asistencia, entre las causas principales del estado deplorable de estas personas, están “el consumo de drogas y alcohol, problemas de salud mental (como esquizofrenia o trastorno bipolar), la pobreza, el desempleo y el abandono familiar o social”. Tres ámbitos: el económico, el social y el de salud, constituyen los escenarios concretos.
¿Qué instituciones deben involucrarse en este problema complejo? ¿De quién depende la búsqueda de soluciones? Es necesario atender de manera integral este cuadro humano y no en forma asistencial, porque con estas buenas acciones, solo se resuelve aisladamente y aumentan los afectados, los olvidados de los programas de desarrollo del Estado.