Un Panamá liberal-conservador para afrontar el futuro

Roberto Barrios | La Estrella de Panamá
  • 02/02/2026 00:00

Soy un convencido que Panamá no es un país pobre. No falta talento, ni posición geográfica privilegiada, ni recursos naturales, ni capacidad de trabajo. Lo que sí ha sobrado es populismo, endeudamiento fácil, clientelismo y una peligrosa cultura del “no importa, el Estado paga”.

Durante años, el país ha vivido una “fiesta de los millones” en el sector público. Amparados en el grado de inversión y en la ilusión del crédito barato, gobiernos de distinto signo han emitido deuda y firmado préstamos por miles de millones, como si fuera un recurso inagotable. Después de todo ese endeudamiento, la pregunta es si, hoy, se cuenta con una mejor educación pública, una red hospitalaria sólida, o una pobreza rural reducida. La respuesta honesta sería que la deuda “SÍ” creció pero la transformación estructural, “NO”.

Panamá debe vivir dentro de sus posibilidades y ello empieza por reducir, de verdad, el tamaño del Estado. No es serio sostener una planilla pública sobredimensionada, llena de cargos políticos y, a la vez, lamentar el déficit. Se debe pensar en un Estado más pequeño y menos costoso, que no compita con el sector privado, que cierre o fusione instituciones innecesarias y que se concentre en funciones claras. Ese Estado debe financiarse con una estructura tributaria simple y predecible, con impuestos moderados que premien el trabajo, el ahorro y la inversión, sin castigar al que produce.

En este modelo, la actividad privada es el verdadero motor de la economía. Son las empresas, emprendedores y productores los que generan riqueza, empleo e innovación. El Estado no puede seguir creyéndose protagonista económico ni empresario omnipresente. Su papel es el de facilitador: reglas estables, seguridad jurídica, e infraestructuras modernas.

Panamá está llamado a ser una plataforma de comercio exterior, servicios logísticos y financieros de primer nivel, libre de trabas y discrecionalidad. En esa lógica, el desarrollo económico no puede sacrificarse en nombre de un “wokismo” que demoniza toda actividad productiva acabando con una parte significativa de su PIB. Panamá debe aprovechar responsablemente las riquezas naturales, -incluidas las minerales-, la industria, la pesca y el campo, de la mano del sector privado. No basta con anunciar programas cada cinco años; hay que asegurar infraestructura de verdad, energía confiable, acceso a crédito y, sobre todo, seguridad jurídica y física. Proteger al productor y al emprendedor es proteger el empleo, la mesa de las familias y la cohesión social. Se necesita un país en el que se defienda al que produce, no al que vive eternamente de subsidios.

La defensa del territorio y la seguridad nacional, tampoco son temas teóricos. El drama humano y la inseguridad asociada al tráfico masivo de migrantes y a las redes criminales han demostrado que la ausencia de una política seria en esta materia tiene consecuencias muy concretas. Es responsabilidad del Estado panameño controlar su frontera, contener y desmantelar redes ilegales, y proteger tanto a las comunidades locales como a la integridad del país, con instituciones profesionales, coordinadas y sujetas a la ley.

Sobre pilares materiales como estos, se levanta una visión cultural y política más profunda. Panamá es, en su inmensa mayoría, una nación de raíz judeocristiana, donde esta tradición, junto a la presencia de comunidades protestantes, judías, ortodoxas y musulmanas, entre otras, han enriquecido nuestra cultura y nuestra vida social, dando forma a nuestra idea de dignidad humana, justicia y bien común, en una suerte de multiculturalismo integrador diverso, tolerante, y dialogante.

Lo que hay que rechazar hoy, y de cara al futuro, es el “multiculturalismo” ideologizado que intenta importar al país batallas ajenas para dividir la sociedad. Se debe defender nuestra pertenencia a la civilización occidental y, al mismo tiempo, respetar las raíces culturales locales y las foráneas, la libertad religiosa, la igualdad ante la ley y la dignidad de cada persona. En este marco aparece el punto central: la libertad individual debe pesar más que la imposición de ideas colectivistas que prometen derechos ilimitados sin esfuerzo ni responsabilidad. Se trata de afirmar que el bienestar auténtico nace del trabajo, la familia, la comunidad y la sociedad civil, y no de una maquinaria estatal que convierte a los ciudadanos en clientes cautivos.

Es por eso que creo en un Panamá de futuro donde el Estado se conciba como un instrumento limitado, austero y eficaz, y una sociedad de ciudadanos libres y responsables, donde la propiedad privada se respeta, el que trabaja y emprende es protegido, y el sector público se concentra en lo que solo él puede hacer: seguridad, justicia, estabilidad macroeconómica y servicios esenciales de calidad. Un Panamá en el que la educación vuelva a ser el gran ascensor social, formando criterio, carácter y amor por la nación y no un laboratorio de ideologías, botín sindical o un sistema de desigualdades y mediocridad.

Panamá debe rescatar lo mejor de su tradición para construir un futuro más libre, ordenado y justo. Un Panamá que viva dentro de sus posibilidades; que respete al que trabaja, ahorra y emprende; que coloque a la persona y su libertad por encima de las modas colectivistas; que aproveche, responsablemente, sus recursos naturales; que cuide sus fronteras y su seguridad nacional; que asuma, con seriedad su identidad occidental, judeocristiana y multicultural; y que eduque a sus hijos para ser ciudadanos y no súbditos. Ese es, en esencia, el Panamá liberal-conservador en el que, al menos yo, creo.

*El autor es excanciller de la República de Panamá