Un verdadero cantor

  • 13/09/2026 00:00

Pocas veces tiene uno la oportunidad de dejar para la posteridad un escrito sobre alguien a quien más que ser un ídolo por derecho propio, se convirtió en un ícono de la nacionalidad panameña. Una persona genuina, sincera, abierta y sobre todo un buen amigo. Una de esas pocas personas que el Todopoderoso te pone en el camino, para aprender, para escuchar y hasta para disfrutar de lo que el tenía que ofrecer.

A “Yin” Carrizo lo conocí de grande, pero bailé con su música desde mucho tiempo atrás. Cuando fui a estudiar fuera del país, no había “fiesta de panameños” donde Yin no hubiera estado presente. El orgullo con el que decíamos “esa canción es panameña” cuando las fiestas, de los latinos sonaba la famosa Julia, interpretada por el Gran Combo de Puerto Rico.

Cuando regresé al terruño, con un título debajo del brazo y muchas ganas de comerme al mundo, me encontré con muchas cosas que habían cambiado, aunque en mi mente seguían intactas como las había dejado años atrás. Una de ellas, era que “el típico había cruzado el puente” y ahora se bailaba sin moverse del mosaico donde teníamos los pies. Y comento esto pues los “capitalinos” bailábamos de todo, pero el típico se había bailado del “puente pa’ allá”, principalmente cuando viajábamos a visitar a la familia o en las inolvidables ferias, como por ejemplo la de Azuero.

Efectivamente ese hombrecito con del “sombrero a la pedrá’a” se había traído la tradicional música de bailes donde se “chifeaba el tag” como decía el también inolvidable Pedrito. Los capitalinos habíamos descubierto lo rico que se bailaba “pega’o y suavecito” sobre un mosaico. Lo curioso es que la mayoría, por no decir todos, pensábamos que Lucy era la esposa de Yin.

Cuando Lucy irrumpió en la ciudad capital, muchos descubrimos que la famosa canción no era dedicada a la esposa ni similar, sino que la misma inmortalizó el nombre de su hija mayor.

Finalmente, tuve el placer de conocer a uno de los más grandes, sino el más grande, de los folkloristas que esta tierra vio nacer, fueron otras circunstancias y escenarios. Como la vida es que como es, la familia Carrizo se unió con mi segunda familia y por ende era parte de mi familia también.

Era un placer ir a Ocú y “echar cuentos” con Carmen, Yin y sus hermanos ya fuera en su casa o en la de su yerno. Considero que a Yin se le quería por ser como era. Nunca le oí levantar la voz, ni siquiera para discutir. Era una de esas personas con las que daba gusto conversar de cualquier tema, desde sus orígenes como maestro de escuela, hasta la historia de algunas de sus canciones.

Una persona que amaba a Panamá, su país, pero adoraba esa tierrita que lo vio nacer: Ocú. Junto a su inseparable esposa Carmen, formaron un bello hogar con sus hijos, donde era obvio que reinaba el amor, el respeto y el cuidado de uno para los otros.

Los Carrizo son gente sencilla, fácil de querer, fácil de abrazar y un hogar donde se promueve la honestidad, la sinceridad y las ganas de trabajar y ver crecer a los hijos en ese Panamá que tanto amó Yin y al que tanto le cantó.

La voz de Yin, que era sinónimo de romanticismo, llevó nuestra bandera y nuestra identidad a todo el mundo. Junto a la también famosa Catita de Panamá, nos hicieron bailar, gozar y hasta de vez en cuando nos ayudaron a conocer a alguien especial.

La vida me puso a Yin en mi camino no solo para bailar, sino que para aprender, para disfrutar. En cada conversación se aprendía algo nuevo. Sus historias eran tan interesantes que uno se podía quedar escuchándolo 5 minutos o dos horas y nadie se aburría. Siempre que un ser querido se nos adelanta, sufrimos los que nos quedamos; sin embargo, estoy seguro de que su esposa e hijas saben que él está en un mejor lugar y que ni sufre ni le duele nada. Descansa en Paz Yin, acá nos quedaremos cantando y recordando tu “Viva Panamá”.