Una angustia justificada: frente a la firma de los tratados del Canal de Panamá (II)
- 29/08/2026 00:00
La reunión. Para sorpresa de todos, en la madrugada del 14 de septiembre el rector Salas llamó a Olimpo y lo sorprendió con una noticia: el general Torrijos nos recibiría ese mismo día, a las 9:00 de la mañana, en el Hotel Holiday Inn, ubicado entonces en Punta Paitilla.
Ese día se desarrolló una Asamblea General para decidir si acudíamos o no. Había aprensiones, dudas y posiciones encontradas. Lo que plantearíamos ante Torrijos, era muy concreto: que regresaran todos los exiliados y que se abrieran espacios en todos los medios de comunicación (radio, televisión y periódicos) para que todos los sectores pudieran expresar libremente sus posiciones frente a los tratados.
Finalmente, la Asamblea aprobó acudir a la reunión. La Asamblea tomó varias horas. Por eso, aunque la reunión estaba fijada para las 9:00 de la mañana, llegamos al hotel aproximadamente unas tres horas después. Al llegar, encontramos al general Torrijos, quien había tenido que esperarnos. Al recibirnos nos dijo: “Buenas Noches”. Era una manera de hacernos notar el largo tiempo que había tenido que esperar. La escena aún permanece en mi memoria. Sabíamos que aquella reunión podía ser utilizada políticamente. Por ello, cometimos lo que hoy consideramos un error estratégico: pedimos la salida de todos los periodistas y la reunión quedo sin cobertura de prensa.
Olimpo asumió el liderazgo de la conversación. Y la reunión se desarrolló con respeto, pero también con firmeza y dignidad. Cuando Olimpo planteó el regreso de todos los exiliados, Torrijos preguntó: ¿Y Arnulfo Arias también? La respuesta de Olimpo fue magistral: Él también es panameño. Todos tenemos derecho a estar en nuestra patria y a opinar.
Otro dirigente, Erasto Reyes, planteó el regreso de Miguel Antonio Bernal. Nuestra posición fue clara: “Vienen todos o no viene ninguno” Torrijos quedó de responder. Nunca lo hizo. En ese punto no conseguimos nuestro objetivo. Pero conseguimos algo que para nosotros resultaría histórico: Se abrieron espacios en todos los medios de comunicación para que pudiéramos expresar nuestras posiciones frente a los Tratados Torrijos-Carter, sin censura de ninguna naturaleza.
En determinado momento, el general Torrijos nos preguntó si nosotros podíamos llevar adelante toda aquella tarea. La respuesta fue una sola: “Ese problema es nuestro. Si no podemos hacerlo, aparecerán los espacios en blanco.” Aquella frase resumía nuestra posición. Nosotros habíamos exigido la oportunidad. La responsabilidad de utilizarla era nuestra.
Aquella reunión, concebida por el dirigente natural de nuestra Facultad, Olimpo Sáez, por Jorge “Fulito” Flores y por mí, y que contó con la intermediación del Rector Eligio Salas, fue el inicio de lo que posteriormente llamaron “el veranillo democrático”. Y nunca nadie podrá escamotearnos ese hecho. Porque ocurrió. Los espacios se abrieron. Pudimos hablar. Pudimos disentir y expresar públicamente nuestras razones y dimos oportunidad para que otros sectores como el Movimiento de Abogados Independientes pudieran expresarse. Entiéndase Carlos Iván Zúñiga, Julio Linares, Miguel J. Moreno, Fabián Echevers, Mario Galindo, Diógenes Arosemena, Carlos Bolívar Pedreschi, entre otros. Y aquello, en un país donde los partidos políticos estaban proscritos y donde los medios de comunicación no ofrecían espacios a quienes cuestionábamos al régimen, tuvo una enorme significación.
Recuerdo las caras de dignidad de quienes estuvieron allí. Además de nosotros, se encontraban Guillermo Ríos, Nela Fernández, Erasto Reyes, Blanca Vanegas y Jaime Jácome, Víctor Castillo, Rolando Marcos Hermoso, Rafael Zúñiga y otros 60 estudiantes, representantes de una muchachada que supo estar a la altura de aquella circunstancia patriótica.
En aquella lucha había muchos “NO”. Estaban los que decían NO porque eran “gringueros”. Estaban los que defendían los privilegios que les permitían comprar en los comisariatos de la Zona del Canal. Estaban también los acomplejados que afirmaban que, si Estados Unidos se marchaba, el Canal terminaría convertido en una piscina sucia. Pero ninguno de aquellos “no” era el nuestro. El nuestro era un no patriótico. Nosotros dudábamos. Temíamos. No queríamos que la recuperación del Canal se convirtiera en una nueva frustración para Panamá. Hoy, casi medio siglo después, podemos decirlo con serenidad: nuestros peores temores no se concretaron.
El general Omar Torrijos Herrera y su equipo negociador, (porque no lo sabía todo y nunca estuvo solo y no lo quería, su mayor acierto), culminaron una lucha generacional que había comenzado mucho antes. Pero esa victoria no nació en 1977. Fue el resultado de muchas luchas y de muchas generaciones. Fue la lucha de quienes protagonizaron la Operación Soberanía de mayo de 1958, la Siembra de Banderas en noviembre de 1959. Fue la lucha de los institutores que, en aquel heroico enero de 1964, que caminaron hacia la Escuela Superior de Balboa y de los universitarios representados por la Unión de Estudiantes Universitarios (UEU), que después fueron en su auxilio, allí se encontraba quien luego fue, uno de los negociadores de ese tratado, el Dr. Adolfo Ahumada, junto a Cesar (Tuto) Arosemena, Eligio Salas, Cesar Carrasquilla, Humberto Harris y Floyd y Federico Britton.
Fue la lucha del pueblo panameño, orientado por los universitarios en las calles, que puso sus muertos, sus heridos y su sangre en defensa de la dignidad nacional. Fue también la lucha de muchas generaciones que, durante décadas, se negaron a aceptar como permanente una situación que consideraban injusta. Sin aquellas luchas anteriores, el resultado final difícilmente habría sido posible. Y sin la negociación que finalmente condujo a los Tratados Torrijos-Carter, tampoco habría sido posible cerrar aquel capítulo histórico.
Por eso escribo estas líneas. No para reivindicar nuestra lucha y esfuerzo. No para ocultar nuestras dudas. No para borrar nuestros errores. Mucho menos para apropiarnos de una lucha que pertenece a todo un pueblo.
Las escribo para dejar constancia de que, en aquellos días, hubo jóvenes panameños que tuvieron miedo, que desconfiaron, que se opusieron y que, aun así, decidieron luchar para que su voz pudiera ser escuchada. Nuestra angustia era justificada. Y nuestro “no” también fue parte de aquella historia. Porque una nación no construye su democracia solamente con los que dicen “sí”. También la construye con quienes, desde la convicción patriótica, tienen el valor de decir “NO”, exigir respuestas y reclamar el derecho a ser escuchados.
Hoy, cuando miramos hacia atrás, podemos hacerlo sin rencores y sin renunciar a nuestras convicciones. Porque aquella muchachada de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá (con sus aciertos y sus errores) supo entender algo fundamental: el Canal no era solamente una obra de ingeniería. Era una cuestión de dignidad nacional. Y esa dignidad no comenzó en 1977. Venía de mucho antes. La heredamos de quienes lucharon antes que nosotros y tenemos la obligación de entregársela, intacta a las generaciones que vienen.