Una educación para nuestro tiempo
- 25/10/2026 00:00
En los Zettel escribía Wittgenstein que “una educación totalmente diferente de la nuestra debiera ser también fundamento para conceptos totalmente diferentes” (387). Al margen del contexto en que se escribió, la frase no deja de tener relevancia para nosotros en el siglo XXI.
Si nos atenemos a los resultados del último Censo Nacional de Población y Vivienda, los panameños actuales, en su mayoría, nacieron y fueron educados con estándares educativos del siglo pasado.
Apuntes, rotafolios, papelógrafos, láminas de acetatos para presentaciones, etc., eran parte del arsenal didáctico con el que se lidiaba en el día a día; curricularmente, planeamientos por objetivos, luego sustituidos por el “paradigma” de competencias, etc.; finalmente, el desarrollo tecnológico-digital se consolidó y se instaló en las instituciones educativas. Y a pesar de ello, ¿cambió para mejor la educación panameña?
En el año 2010, el Ministerio de Educación se abocó a lo que denominó transformación curricular, aventura que, salvo por la reducción de bachilleratos y la eliminación o reducción de asignaturas, no transformó nada. También en la educación superior se ha pretendido llevar a cabo transformaciones curriculares que, en la práctica, no transforman nada; es necesario plantearnos qué cambios requerimos.
En los últimos meses algunos funcionarios o autoridades se han referido a la posibilidad de reformar la Ley Orgánica de Educación, una estructura normativa de mediados de siglo pasado, adecuada posiblemente para las exigencias de entonces, pero cuyo sentido actual es bastante cuestionable.
Desde luego, es equivocado inferir que, porque algo es antiguo, es inadecuado (falacia ad antiquitatem). Asimismo, aunque actualizar o reformar la ley para adecuarla a las demandas reales es un paso importante, eso no garantiza que las cosas mejoren: las leyes en cuanto tales no cambian nada, siempre es necesario un marco institucional efectivo que lo haga posible.
Hablar de reformas es pertinente, sin lugar a duda. Al menos nos da (eso debiera) la oportunidad de discutir con seriedad. Hemos perdido el rumbo desde hace bastante tiempo, con una consecuencia nefasta: hay una asimetría manifiesta entre lo que la realidad socio-económica-cultural demanda y lo que la escuela ofrece.
Siguiendo a Wittgenstein, tendríamos que preguntarnos ¿cuáles serían esos conceptos en los que fundamentar una educación totalmente diferente de la recibida por la mayoría de la población panameña y que, aún hoy, sigue haciendo eco entre nosotros?
Las sociedades humanas suelen tener en distintos momentos distintas urgencias. Las actuales no son las necesidades que tenía la sociedad panameña hace setenta años; aunque en muchos casos pueda haber cierto aire de familia, la realidad es que las dinámicas sociales mutan, los juegos lingüísticos son otros: hoy hablamos de cosas distintas con las que no sabemos cómo lidiar.
Hace más de media centuria, científicos e ingenieros dieron los primeros pasos y sentaron las bases para lo que entonces parecía ser ciencia ficción: la inteligencia artificial, tecnología que hoy permea prácticamente todos los ámbitos de la vida (epistémico, cívico-político, socioeconómico, creativo, etc.). Asimismo, la “racionalidad tecnocientífica” hizo posible el desarrollo de la nanotecnología, la biotecnología, la neurociencia, entre otras tecnologías que, para bien o para mal, han impactado decididamente nuestras vidas. La pregunta es si en Panamá hemos respondido educativamente de manera sensata y razonable a esa realidad. Tal vez no.
Desde hace algunas décadas en el ámbito educativo se habla del modelo STEAM, un modelo que, tal vez, no nos ha dicho lo suficiente, pero que -en nuestro medio- deberíamos considerar su implementación efectiva. De la misma forma en que los medievales hablaban del trivium (gramática, lógica o dialéctica y retórica) y del quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía), el modelo STEAM podría ser nuestro «quinquivium»: ciencias, tecnología, ingeniería, artes y matemáticas; este modelo permitiría ir al grano, sería una especie de navaja de Ockham aplicada a la educación. Una educación sin tanto “cuento chino”.
Estos “cinco caminos”, sin embargo, no significan nada en sí mismos; no basta con declararlos o postularlos, requieren mucho más para -como dirían los juristas- su perfeccionamiento: formación de formadores, infraestructura, operatividad curricular, etc. Todo esto demanda recursos astronómicos y esfuerzos colosales, pues -al fin de cuentas- la construcción y sostenimiento de una educación a tono con el espíritu de la época cuesta, aunque seriamente llevada implicará retornos mayores.
Adicional, no es posible soslayar el componente crítico como parte transversal de ese proceso; este componente abocado a la comprensión y búsqueda de sentido es fundamental para cada decisión que se tome: evaluar opciones, considerar supuestos, identificar compromisos ideológicos y sesgos, entre otros, han de ser los orientadores irrenunciables en los que los “cinco caminos” estarían anclados.
No se trata de inventar la rueda ni de cuadrar el círculo; el modelo STEAM no supone ni lo uno ni lo otro, pero sí la base a partir de la cual diseñar e implementar un proceso de ingeniería conceptual en el cual se pongan en perspectiva conceptos como educación, institución educativa, enseñanza, aprendizaje, fines de la educación, roles del docente y del alumno, entre otros, en un contexto histórico que demanda cambios importantes: pobreza, desigualdad social, deterioro ambiental, conflictos políticos y -desde luego- desarrollo e innovación tecnológica.