Una noble mentira, o una verdad infame
- 17/10/2026 00:00
Uno de los primeros libros que compré en la librería de la Universidad de Sussex, al iniciar mis estudios de filosofía política, fue The Noble Lie. The British Constitution and the rule of law (1986). Sus autores eran dos juristas que se habían propuesto demostrar que la “Constitución Británica” y el “Estado de derecho” eran dos conceptos que no resistían un examen crítico. Se trataba más bien de un sistema político que privilegiaba la opacidad (secrecy) y el ejercicio irresponsable (unaccountable) de las funciones del gobierno, según los análisis de Ian Harden y Norman Lewis.
Los autores dedicaban una buena parte de su obra a proponer reformas que hicieran al sistema más transparente y a sus líderes más responsables ante la ciudadanía. No voy a discutir aquí cuánto ha avanzado el Reino Unido de la Gran Bretaña en esta agenda desde entonces. Me interesa recordarle al lector que se trata de un problema de largas raíces que afecta a todos los Estados y que sigue estando en la agenda de las prioridades de las sociedades democráticas.
La “noble mentira” es una alusión a una frase que se encuentra en el Libro III de la República de Platón. En la conversación con Adimanto y Glaucón, Sócrates critica a los poetas, entre estos a Homero, porque las historias que narran presentan a dioses que engañan a los hombres y, según el maestro, la divinidad está unida a la verdad y nunca se sirve del engaño. No podría un guardián de la ciudad honrar al dios si se sospechara que el Dios miente, y no podría, en consecuencia, desempeñar bien su función, si no honrara a los dioses.
Hay más tela que cortar que este dialogo platónico, pero antes hagamos una pausa breve para traer estos conceptos a nuestro tiempo secular. Mucho se ha escrito sobre cómo los gobiernos democráticos han cometido errores y traicionado a las mayorías que los llevaron al sitial del poder. Es una historia que se repite aquí y allá, una y otra vez. No obstante, cada torneo electoral nos obliga a creer en “la verdad” implícita en el ejercicio de escuchar las propuestas, debatirlas, escoger la mejor, y creer que, bueno, no todos, pero sí quizás una gran mayoría, estamos enfocados en el mismo ejercicio. ¿Estaríamos mejor si no creyéramos en “la verdad” de este ejercicio?
¿Qué ocurriría si asumimos que la mayoría decisiva no cree en nada de esto? Si todos partimos de la premisa que toda promesa busca solo engañar y no representa ningún compromiso al momento de ejercer el poder político, el tejido social se adelgaza, la paz y la seguridad se ponen en riesgo, y el futuro se vuelve incierto. Esta disolución de todo proyecto de sociedad preconiza el deterioro social y político a gran escala. No es y no puede ser “la verdad”. El ciudadano responsable no puede comportarse de acuerdo con la premisa de que todos los funcionarios mienten todo el tiempo, y que toda campaña electoral y todo escrutinio es un fraude, por más que haya comprobado que le han mentido con demasiada frecuencia.
Volvamos a Platón. Luego de establecer la importancia de la verdad y de la veneración de la verdad en la ciudad, el filósofo debe enfrentar la realidad de las desigualdades en el acceso al poder. Entonces propone un relato según el cual todos los seres humanos provienen de la tierra, pero están hechos de diferentes metales. Como todos se deben a la madre tierra se crean vínculos de fraternidad y se favorece la unidad en defensa de la polis. La diversidad de metales significa que sus desigualdades sociales tienen un origen natural. Como Platón se propone revocar toda justificación a la plutocracia, hace ver que los hijos no heredarán necesariamente las cualidades de los padres, lo que introduce movilidad en las posiciones que ocupan los ciudadanos en las estructuras políticas.
En el diálogo Sócrates está consciente que este relato es una ficción, pero su propósito es noble, pues se trata de dotar de paz, armonía y un sentido de justicia a la ciudad. Incluso lo compara con la medicina que solo un médico puede administrar bien. Al ser este relato compartido por todos, generación tras generación, se convierte en una de las tradiciones de la ciudad y su finalidad queda garantizada.
Son muchos los lectores de Platón que aquí han visto una paradoja completa: la necesidad de creer en una verdad lleva a la justificación de una mentira. Es la ambigüedad que corroe al uso multipropósito de la ideología, por ejemplo. Si la ciencia puede establecer que la no-ciencia es ideología, entonces basta con que los líderes políticos sigan a los que dicen qué es la ciencia. Esto los habilita para administrar las creencias de los que no son científicos. Igual que Platón, los líderes políticos que levantan la bandera de la opresión ideológica terminan justificando las mentiras que generan paz y armonía en la comunidad bajo su poder. No creo que Marx sea víctima de esta paradoja; sin embargo, los contemporáneos que irreflexivamente la promueven emplean a Marx, como lo hizo Platón con Sócrates.
De regreso a nuestra problemática: ¿Son la Constitución y las leyes la noble mentira de las sociedades modernas? ¿Es la promesa de igualdad y libertad que albergan un engaño? Los que con entusiasmo responden que sí porque piensan que están destruyendo la legitimidad de un poder político que adversan, no reflexionan sobre la renuncia tácita al ejercicio del poder que dicha posición implica. Al renunciar a competir por el poder, refuerzan las relaciones de poder que dicen combatir.
¿Cuál es la alternativa? Hannah Arendt es una de las pensadoras que con mayor acierto ha investigado la tensión profunda entre verdad y política. En un ensayo publicado inicialmente en alemán en 1964, a raíz de la controversia sobre Eichmann en Jerusalén, Arendt advierte que “nada se ganará mediante la simplificación o la denuncia moral”. Su análisis histórico explica que la problemática en la antigua Grecia consistió en la emergencia de dos formas de vida diametralmente opuestas, la vida del filósofo y la vida del político.
Para Hannah Arendt la expresión “noble mentira” que se lee en Platón es el producto de una mala traducción, pues nunca la cuestión fue plantear que los filósofos engañaban exprofeso a los habitantes de la polis. Más que mentira, de lo que se trata es de una invención, una especie de mito, o cuento fenicio, expresión que encontramos en los cantos homéricos. El propósito era educar a los jóvenes de una manera no muy distinta de lo que se hace actualmente.
El problema que confrontamos hoy no tiene que ver con la persistencia de los mitos antiguos. El recurrir a ellos no es más que una estratagema para desviar la atención sobre algo decisivo del mundo actual. La llamada verdad factual está “más allá de acuerdos y consensos, y ningún debate -ningún intercambio de opinión basado en información correcta” logrará establecer los hechos verdaderos. Ese es el poder de la información que cada vez se revela con nueva fuerza en nuestros días. Es un poder antipolítico. No negocia.
Los hechos pueden resultar, y a menudo resultan, incómodos para el ejercicio del poder del Estado. La información sobre los hechos, en cambio, convive con la pluralidad de opiniones políticas, siempre que estas opiniones no aspiren a convertirse en una ficción como la de los cuentos fenicios que conocieron los griegos antiguos y que se imponía a todos.
Para Hannah Arendt la verdad del filósofo siempre será derrotada por la política y los políticos no tienen que temerle. Otra cosa ocurre con las verdades factuales. La manera como la tiranía se enfrenta a las verdades factuales tiene que ver con la manipulación masiva de la información, eso que hoy se denomina “posverdad”. Por eso, el poder tiránico encuentra en la psicología de masas, en el marketing, y en la propaganda sus aliados. En otro momento analizaremos la inserción de las tecno-corporaciones en el conflicto entre verdad y política.
La fabricación sistemática de mentiras no consiste en que estas sean tomadas por verdades. Más bien su objetivo es el destruir la capacidad de distinguir entre verdad y mentira, el hacer intrascendente la búsqueda de la verdad. Así, anula la capacidad de las personas de orientarse en el mundo real. Dice Hannah Arendt que para este problema no hay remedio: “La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad, pero no pueden reemplazarla”. Más adelante concluye su ensayo con la siguiente definición de verdad: “aquello que no podemos cambiar; en términos metafóricos, es el terreno que pisamos y el cielo que se extiende sobre nuestras cabezas.”
Es decir, es el mundo común, aunque no nos favorezca. Aunque sea una verdad infame.