Veterinario, el médico que muchos no ven, pero todos necesitamos

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  • 05/10/2026 11:43

Cuando un panameño se sienta a la mesa, rara vez piensa en quién cuidó que ese plato fuera seguro. No piensa en el médico veterinario que revisó el hato, vigiló la planta procesadora o certificó el cargamento en el puerto. Su trabajo consiste en que no pase nada. Y cuando todo funciona, nadie lo nota.

El 4 de octubre, de cada año, se celebra el Día del Médico Veterinario, un buen momento para mirar a quienes cargan en silencio con buena parte de lo que damos por sentado. El veterinario cura animales, sí, pero también protege la salud de las personas, la producción nacional, seguridad alimentaria y sí, la economía del país.

Está en las fincas y en los aeropuertos, en las fronteras y en los laboratorios. Vigila la rabia, la brucelosis, la tuberculosis, la influenza aviar, la encefalitis equina. Gracias a esa labor, Panamá se ha mantenido libre de males devastadores como la fiebre aftosa o la peste porcina africana, cuya llegada traería pérdidas millonarias, exportaciones frenadas y familias campesinas arruinadas. Hoy, bajo el enfoque de “Una Sola Salud”, el mundo entiende lo que ellos saben desde hace décadas: la salud humana, la animal y la del ambiente son un mismo tejido.

Aun así, la profesión sigue luchando por ser vista como lo que es. Con frecuencia se le reduce a la imagen de quien atiende mascotas y se olvida su papel estratégico en la protección del país. Las recientes declaraciones sobre la edad y la remuneración de los veterinarios que sirven al Estado abrieron una herida, y la respuesta fue firme: no son un gasto, son una inversión estratégica. Tienen razón. Se ha advertido también que las destituciones en el sector público y la pérdida de especialistas en fauna silvestre y marina debilitan la capacidad del país para prevenir zoonosis y responder a enfermedades emergentes.

Las cifras son elocuentes: alrededor del 5.5 % del personal agropecuario estatal carga con responsabilidades sanitarias de enorme impacto nacional. Son pocos para tanto. Creer que la experiencia es un lastre es olvidar que la vigilancia epidemiológica no se improvisa. Quien ha visto un brote reconoce sus primeros signos; quien ha pasado años en una frontera sabe dónde mirar. Ese saber debe formar a los jóvenes y no ser descartado. Experiencia y juventud no compiten: se complementan, y juntas garantizan el relevo que el país necesita.

Por eso este día debe ser más que flores y discursos. Es un llamado a contar con profesionales suficientes, bien capacitados y justamente remunerados, y a reconocer su labor sin importar la edad. Es un llamado a cuidar a quienes vienen detrás: los estudiantes que hoy llenan las aulas y mañana serán la primera línea de defensa de nuestra salud.

El lema de este año, «Ciencia que transforma, medicina veterinaria que inspira», es una exigencia, más que una frase bonita. La ciencia cobra sentido cuando se vuelve bienestar para la gente. Que este 4 de octubre nos recuerde que cuidar a quienes cuidan lo invisible es cuidar a Panamá.

* La autora es presidenta de la Asociación Panameña de Médicos Veterinarios (APMV)