¿Y ahora qué?

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  • 12/09/2026 00:00

La mentalidad de algunas personas nunca deja de sorprender. Cuando una persona no se siente bien de salud, es costumbre pedir consejo a quienes han estudiado sobre el tema. Igualmente, cuando se construye una casa, los diseños los realiza alguien que ha estudiado arquitectura y estructuras.

Pero cuando una persona que ha dedicado años al estudio del clima advierte sobre el calentamiento global y los riesgos que representa no solo para nuestra forma de vida, sino también para nuestro futuro como especie, preferimos escuchar la opinión de economistas, políticos e industriales que no conocen, no han estudiado o no les interesa el tema ambiental.

Los desastres naturales, como el alud catastrófico de Nepal producido por el colapso de un glacial en días pasados, los incendios forestales y los cambios en los patrones climáticos que hemos observado en distintas partes del mundo no son necesariamente hechos aislados ni completamente ajenos a los cambios que está experimentando el clima del planeta. Por años se ha advertido que los glaciares están desapareciendo y que el aumento de las temperaturas está provocando transformaciones importantes en los ecosistemas.

En Panamá tampoco somos ajenos a esta realidad. Cada vez escuchamos más sobre las sequías, las bajas lluvias en la cuenca del Canal, la necesidad de buscar nuevas fuentes de agua y construir embalses, las inundaciones en varias partes de nuestra geografía y el aumento del nivel del mar amenazando especialmente Guna Yala. Son problemas que dejan de ser una discusión exclusivamente científica cuando afectan nuestra economía, nuestras viviendas, nuestra agricultura o nuestra disponibilidad de agua.

Sin embargo, a pesar de la evidencia, algunos gobiernos y sectores económicos prefieren hacer caso omiso, burlarse o desprestigiar los estudios y a las personas que están detrás de ellos. Modificar determinadas prácticas industriales o buscar alternativas más amigables con el medio ambiente puede significar costos económicos y afectar intereses establecidos.

A esto se suma una cultura del negacionismo impulsada, en algunos casos, por influencers, políticos y figuras públicas. La crítica, el acoso y el odio hacia científicos que estudian y comunican el cambio climático se han desbordado en las redes sociales. Hemos llegado al punto en que la voz de un experto puede ser opacada por alguien con millones de seguidores que, después de ver un video en YouTube, asegura haber descubierto una conspiración mundial.

Parece que hemos confundido popularidad con autoridad.

Se utilizan términos como terroristas, nazis, izquierdistas y otros epítetos para desacreditar a quienes intentan crear conciencia sobre asuntos que deberían ser básicos: que la tala indiscriminada afecta al medio ambiente, que contaminar los ríos está mal, que la quema descontrolada de combustibles deteriora la calidad del aire y que arrojar basura en las calles tiene consecuencias.

Es entendible que no nos guste escuchar malas noticias. Es agradable pensar que todo está bien y que no hay nada de qué preocuparse. También es normal querer ignorar las advertencias sobre un futuro desalentador. Sin embargo, nos preocupamos cuando el cambio climático afecta nuestro bolsillo, nuestra casa, nuestra comida o nuestra seguridad. Mientras sus consecuencias parecen lejanas, lo tratamos como un problema ajeno.

Como humanidad, somos nosotros los afectados, pero seguimos sin tomar conciencia.

Comprendo que el precio de un carro eléctrico puede ser prohibitivo y que no podemos dejar de depender del petróleo de la noche a la mañana. Pero eso no significa que debamos permanecer inmóviles. Somos nosotros, como sociedad, quienes debemos exigir a políticos y empresarios posturas más realistas para enfrentar el reto que tenemos por delante.

Es necesario exigir a las empresas una reducción de sus emisiones y el desarrollo de tecnologías más limpias; a los gobiernos, políticas de adaptación, protección ambiental e infraestructura adecuada; y a nosotros, como ciudadanos, un consumo más responsable, la reducción de desperdicios y el reciclaje.

Ninguna de estas medidas es descabellada ni producto de una mente fanática. Son acciones básicas y necesarias para enfrentar un problema que, nos guste o no, ya forma parte de nuestra realidad.

No se trata de darse golpes en el pecho, tirarle pintura a un cuadro o pegarse las manos con pegamento a una pared como hacen algunos ambientalistas. Se trata de entender que el cambio climático requiere algo muchísimo más difícil: un cambio de mentalidad.

La pregunta ya no es ¿qué haremos cuando el calentamiento global se intensifique?, sino ¿cómo nos estamos preparando como humanidad para enfrentarlo?.

* El autor es comunicador social y estudiante de Derecho