El mejor de los imperios

En Japón durante el período Edo (1603-1868) en el shogunato de Tokugawa se censuraban las críticas al gobierno, el cristianismo y a cualquier material que se rebelara contra el estado. Cedida
Pasada la Segunda Guerra Mundial, en la Constitución impuesta por EE.UU., el artículo 21 garantizaba la libertad de expresión. Cedida
A finales de la década de los 50 surge la nueva ola del cine Japonés en el que destacaron cineastas como Shohei Imamura, Hiroshi Teshigahara y por supuesto, Nagisa Oshima (1932-2013). Cedida
  • 01/03/2026 00:00

En nuestro país existía una Junta de Censura encargada, entre otras funciones, de regular el acceso de los ciudadanos a materiales adecuados

La definición de moral según la RAE es: «...las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva.» La moral no pertenece a una religión y menos a una nación, lo cual conlleva tanto entuertos, pues mientras que situaciones cotidianas como robar o matar se considera que van en contra de «la moral» global, acciones tan sencillas como qué vestir, comer o ver, dependen del lugar en que se habite.

Un poco de historia

En nuestro país, antes de la invasión de 1989, existía una Junta de Censura encargada, entre otras funciones, de regular el acceso de los ciudadanos a materiales adecuados, es decir, censuraban lo que no consideraban apropiado, en especial en el cine.

En Japón durante el período Edo (1603-1868) en el shogunato de Tokugawa se censuraban las críticas al gobierno, el cristianismo y a cualquier material que se rebelara contra el estado. Durante los siguiente setenta años se añadieron otras acciones como la pornografía y finalmente, en 1907 el código penal formuló el artículo 175 en que se penaba la distribución o exhibición de «objetos obscenos». Pasada la Segunda Guerra Mundial, en la Constitución impuesta por EE.UU., el artículo 21 garantizaba la libertad de expresión: «No se mantendrá ninguna censura ni se violará el secreto de ningún medio de comunicación.», lo cual evidentemente chocaba con el artículo 175.

Para la década de los cincuenta con la traducción de la novela francesa «El amante de Lady Chatterley», en Japón la Corte Suprema dictaminó que la forma de saber si algún producto entraba en la categoría de obsceno era respondiendo si el mismo: «1. Despierta y estimula el deseo sexual, 2. Ofende el sentido común de modestia o vergüenza, y 3. Viola conceptos apropiados de moralidad sexual». No obstante, a pesar de la existencia de la Eiga Rinri Kiko —Organización de clasificación de películas— las productoras japonesas se auto-censuraron para evitar violar la ley, que entre otros trajo como resultado las barras negras o el pixelado sobre los genitales.

La nueva Ola

A finales de la década de los 50 surge la nueva ola del cine Japonés en el que destacaron cineastas como Shohei Imamura, Hiroshi Teshigahara y por supuesto, Nagisa Oshima (1932-2013), a quien —como buen artista— le importaba poco si sus películas eran admiradas o no, Oshima se desenvolvía en el medio haciendo lo que él quería sin importar las reglas. Tal vez por eso al ser contactado por el cineasta francés Anatole Dauman (1925-1998), quien le propuso hacer una película pornográfica y lanzarla al mercado internacional, no se lo pensó dos veces.

Ai no Koriida (1976) —El imperio de los sentidos— clasificada en la actualidad como «arte erótico» provocó un terremoto a nivel mundial. Se basada en la historia de Abe Sada, quien en 1936 asesinó a su amante. Oshima atacaba el statu quo y expresaba su disconformidad con el orden político imperante, lo que en El imperio de los sentidos se muestra sutilmente en dos secuencias —las pocas que se aprecian fuera de la alcoba—, en la primera unos niños atosigando a un pordiosero tirándole bolas de nieve y varios de ellos picándolo con las astas de sus banderas Kyokujitsu-ki —sol naciente—; en la otra, el protagonista camina e ignora a unos soldados que marchan en dirección contraria mientras que el público los aplaude y saluda, ambas, sutil denuncia y su opinión sobre la guerra Sino-Japonesa (1937-1945).

El imperio de los sentidos vio la luz gracias a que era una coproducción Franco-Japonesa, pero le costó al director que el gobierno levantase cargos de obscenidad contra él y que entre el juicio y las apelaciones pasaran seis años para que el tribunal Superior de Tokyo lo declarara «no culpable» en 1982.

En la actualidad

Pero, ¿comó se considera El imperio de los sentidos en la actualidad? A casi cincuenta años de su creación el título de pornografía que se le impuso no se sostiene, podría ser considerada una película explícita o morbosa con fetichismos; lo cierto es que ni la crítica norteamericana ni la soviética de la época le dieron mayor importancia, así que la caracterizaron como pornografía. En una entrevista realizada por Ruth McCormick, Oshima expresó: «Jean-François Davy dijo que cuando es para la burguesía, es erotismo, y cuando es para el proletariado, es pornografía. En Japón ha habido casos de libros, películas y obras de teatro sobre el sexo defendidos legalmente como arte y como arte no pornográfico. Me opongo a esa forma de pensar ¿Qué tiene de malo la pornografía?»

Como la mayor parte de la filmografía de Oshima, El imperio de los sentidos es una película de obligado visionado, pues el problema real es el contexto de la época en que se creó. La película se reveló en Francia y se listó como producto francés, de otro modo probablemente no habría salido al ruedo de los festivales, tan es así que en el Festival de Cine de Nueva York fue prohibida, al igual que en Alemania, Australia y partes del territorio canadiense. En Inglaterra solo podía mostrarse en eventos privados; ¿y qué decir de su Japón natal?, la misma sufrió cortes, difuminado digital de los genitales, parches negros y así fue como se vio hasta el año 2000; a partir de esa fecha salió al mercado una versión completa de 108 minutos, pero con los genitales pixelados. En ese mismo año se vendió en formato de video por primera vez a nivel mundial.

A pesar de que en la mayoría de sus películas, Nagisa Oshima nos acostumbró a finales que estaban lejos de ser felices y más bien eran una oda a la muerte, la desgracia o la derrota, Carlos Giménez Sori la rescató al dar una vuelta para bien en su análisis de la película: «Su definitiva obediencia ante los designios de Sada le cuesta la vida a Kichi, no obstante, es una sumisión voluntariamente aceptada de la que no se arrepiente porque previamente ha ofrecido la totalidad de su persona. Del mismo modo, Sada no lamenta la muerte de Kichi ya que ha sido llevada a cabo en forma de entrega sexual.»

Han pasado casi cincuenta años, pero mencionar Ai no Koriida a los japoneses sigue generando la impresión de que continúa siendo un tema tabú.

Rolando José Rodríguez De León es Doctor en Comunicación Audiovisual y Vicedecano de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de Panamá.