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24 de Jan de 2021

Cultura

Oídos sordos a la crisis

Me cuenta mi amiga Xiaofei que una conocida suya estuvo ahorrando dos años para comprar un bolso auténtico de Louis Vuitton.

Me cuenta mi amiga Xiaofei que una conocida suya estuvo ahorrando dos años para comprar un bolso auténtico de Louis Vuitton.

Otro me explica cómo su profesora lo hizo durante un año para irse sólo dos días de vacaciones a uno de los mejores hoteles de Singapur. Los nuevos chinos sienten auténtica pasión por el lujo, y los que amasan dinero seguirán practicando con fruición el consumismo ostentoso. Las clases medias tienen pequeños lujos a los que difícilmente renunciarán aunque les vengan mal dadas, si es que la crisis llega hasta China. Uno es el banquete familiar, las grandes comilonas con las que se homenajean unos a otros siempre que pueden. La filosofía implícita es la de que un banquete no es tal si al terminar no se queda la mitad de la comida sobre la mesa giratoria. Otra pasión es la de cantar. China ama la música, tal vez porque Confucio la consideraba una parte fundamental del alma humana hacia la armonía social. Y practicar esa afición hoy en Pekín pasa por alquilar una habitación privada con un grupo de amigos en un karaoke. A cantar en compañía y a emborracharse al runrún de la música nunca renunciará un chino que se precie. Los franceses, a pesar de la crisis, siguen siendo fieles seguidores del lujo, tanto en el sentido estricto del término como en el figurado. Se otorgan pequeños placeres cotidianos, como una cena con amigos en un restaurante, desplazarse en taxi, tener asistenta en casa o ir a la peluquería. Sin contar la compra de productos de alta gama, independientemente de que se sea rico, pobre o de clase media. En realidad, nadie quiere privarse de nada. ©El PAÍS INTERNACIONAL.SC