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14 de Apr de 2021

Cultura

Dos patriotas, una llama

Mirada penetrante, cabello cenizo, una piel morena sobre la que danza el reflejo de una llama que nunca se apaga. Es la primera vez en a...

Mirada penetrante, cabello cenizo, una piel morena sobre la que danza el reflejo de una llama que nunca se apaga. Es la primera vez en aproximadamente ocho años que Ezequiel González Núñez visita el monumento que alberga el Centro de Capacitación Ascanio Arosemena. El mismo fue erigido en homenaje a los mártires de la gesta patriótica del 9 de enero de 1964, fecha en la que un grupo de estudiantes istmeños intentó izar una bandera panameña junto a la estadounidense en la Escuela Superior de Balboa, justamente donde hoy en día se levanta el edificio que lleva el nombre de uno de los jóvenes patriotas que fallecieron aquel día a consecuencia de una serie de enfrentamientos con el ejército estadounidense acantonado en la Zona del Canal.

Cuarenta seis años después de aquellos sucesos, el pastor luterano camina entre las columnas en cuyas superficies están inscritos los nombres de aquellos que dieron su vida en defensa de la soberanía panameña. Nos cuenta que antes que llegáramos al lugar conversó con un hombre de raza indígena que se encarga del mantenimiento, de que esta lumbre patriótica se mantenga encendida de forma perenne. Mientras avanza va leyendo los nombres de los mártires hasta detenerse frente a una columna sobe la que se puede leer: ‘Ezequiel González’.

Bien podría tratarse de nuestro interlocutor, ya que asegura haber estado expuesto a los ráfagas de las ametralladoras norteamericanas durante el 9 de enero de 1964. Afortunadamente para él, ése no fue el caso. El estudiante del colegio José Dolores Moscote sobreviviría a la represión de las fuerzas armadas ‘zonians’ y crecería para convertirse en un hombre de Dios y en padre de tres hijos. Nos explica que el nombre hace referencia a Ezequiel González Meneses, un colegial oriundo de la provincia de Coclé.

EL LLAMADO DE LA PATRIA

A ambos se les puede apreciar en una fotografía de la época, junto a otros estudiantes: a la derecha, se observa a un desgarbado y juvenil Ezequiel González Núñez, a la izquierda aparece un Ezequiel González Meneses que aparenta más madurez, que muestra la entereza de quienes están destinados a confrontar su destino a temprana edad. ‘Ezequiel Meneses y yo quedamos de encontrarnos en el Palacio Legislativo el nueve de enero de 1964. Ese día él llegó casi como la 1:30 p.m., mientras que yo arribé después’, rememora quien estudió teología en México y se desempeñó como pastor en la Iglesia Luterana ‘El redentor’, ubicada en Balboa.

Cinco años antes, los dos Ezequiel habían compartido, por espacio aproximado de un mes y medio, una celda en una cárcel ‘zonian’ que se encontraba al lado de donde actualmente se levanta el edificio de la Asociación de Jóvenes Cristianos (YMCA, por sus siglas en inglés), en la entrada de la Calzada de Amador. Allá habían sido llevados por la policía canalera el tres de noviembre de 1959. ‘Todo empezó con la siembra de banderas en el año de 1958, después caímos presos en el ’59, y luego vino el nueve de enero de 1964. Esos tres movimientos fueron la antesala a la segunda liberación de nuestro país, que tuvo lugar cuando se firmó el Tratado Torrijos Carter’, recalca quien estudió sociología en la Universidad Santa María La Antigua (USMA).

Los dos Ezequiel se conocieron durante un partido de fútbol disputado en el sector de Santa Rita. Ambos formaban parte del movimiento estudiantil que estaba integrado por grupos como la Unión de Estudiantes Universitarios (UEU) y la Federación de Estudiantes Panameños (FEP). Ezequiel Gonzélez Núñez, que en ese momento tenía 16 años, recuerda que el tres de noviembre de 1959 la marcha estudiantil en la que participaban fue interceptada por efectivos de las seguridad canalera. ‘El momento más crítico fue cuando me puse a forcejear con un policía de origen puertorriqueño frente al Palacio Legislativo. Fue entonces cuando me dije a mi mismo: ’me van a matar’’, relata el ex repartidor de periódicos.

Después de los disturbios, ambos fueron encarcelados. A través de una colecta a nivel nacional organizada por el colegio José Dolores Moscote se logró reunir los 200 dólares de multa que las autoridades ‘zonians’ les habían impuesto a cada uno. Es más, un juez estadounidense les prohibió volver a ingresar en la Zona del Canal.

EL EJEMPLO DE WASHINGTON

No obstante, y siguiendo el ejemplo del prócer de la independencia estadounidense George Washington, a quien la cárcel no logró disuadir de su empeño de confrontar a los ingleses, los dos estudiantes retornaron a la Zona del Canal el nueve de enero de 1964. ‘Yo le dije a Meneses: ’Esto no es como en el ’59. Ahora hay que tener cuidado, no andan en radio patrullas, sino en tanques’. Era una manera de sugestionar a uno, como queriendo decir ’estamos listos para acabarlos’. Pero gracias a dios el pueblo panameño es muy valeroso’, señala.

Cuando los soldados estadounidenses comenzaron a disparar contra los panameños, Ezequiel González Núñez se separó de Ezequiel González Meneses y buscó refugio del fuego de las ametralladoras, que estaban apostadas en el Hotel Tivoli. Nunca volvería a ver a su compañero de lucha, quien fallecería en un hospital después de ser alcanzado por una bala. ‘Ezequiel y yo nos parecíamos en nuestro amor a la patria. Creo que ese entusiasmo ya se perdió. El fervor patriótico debe ser perpetuado a través de las clases de historia y educación cívica’, expresa antes que lo interrumpa el rugido del motor de una avioneta que se prepara para aterrizar en el cercano aeropuerto de Albrook, un sector que, desde que las fuerzas armadas estadounidenses se retiraron a finales de los noventas ha sufrido una drástica transformación. ‘Aquí tienen casa políticos y extranjeros. Ninguno de ellos murió o luchó por esto. En todo caso yo debería estar viviendo aquí. Pero no, resido, con mucho orgullo, en el sector 4B de Samaria’, asegura.

Aún así, reconoce que décadas atrás para los panameños ‘era impensable caminar alegremente’ por el área. Y mucho menos que se construyera un monumento dedicado a la memoria de los mártires, del cual se ocupa un indígena que cobra 2.90 dólares la hora. ‘Después de todo, valió la pena’, aduce, reconfortándose a si mismo.