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03 de Jun de 2020

Cultura

Bajo asedio inmobiliario

En unas cuantas frases, Charo Vásquez, residente de Panamá Viejo, resume el problema que afronta este antiguo barrio: ‘La comunidad y lo...

En unas cuantas frases, Charo Vásquez, residente de Panamá Viejo, resume el problema que afronta este antiguo barrio: ‘La comunidad y los monumentos está abandonados; los desalojos para satisfacer la necesidad inmobiliaria de Costa del Este ya han empezado y dudo que la comunidad dure más de un año aquí. Y va a hacer violencia’, advierte.

Panamá Viejo, el gemelo que comparte con el Casco Antiguo la designación de la UNESCO, posee una población de unas 11 mil personas, cifra cercana a la de la primera colonia que se estableció en la zona.

Con el nombramiento patrimonial en 1997 desaparecieron las actividades alrededor de los monumentos, ‘se eliminó las demostraciones de danza, encuentros folclóricos y musicales... mataron la cultura del barrio’.

Hace diez años los pobladores comenzaron un proceso de titulación de las tierras promovido por el Estado, pero en 2004 una nueva ley congeló los trámites. Actualmente muchas familias se encuentran en un limbo legal. ‘Yo antes de irme lucharía’, segura Elsie Othón, que reside en el barrio hace medio siglo. ‘Justo no es que nos paguen lo que vale la casa o que nos indemnicen por los años que llevamos aquí; justo es que nos dejen quedarnos. No es cuestión de dinero, es cuestión de dignidad’.

Vásquez apoya las tesis asegurando que las indemnizaciones apenas llegan a los $30 mil dólares. Considera que en realidad no se trata más que de una compensación por medio de un contrato de ‘compra-venta’, en el que los dueños originales pierden su derecho a reclamar. La comunidad, colindante a las 28 hectáreas del sitio protegido, queda fuera del trabajo y responsabilidad del Patronato de Panamá Viejo. Ajenos a su labor, los moradores han visto como antes de que este organismo existiera se tiraron restos de ruinas a las playas y cómo durante la edificación de San Francisco algunas piedras monumentales terminaron en sus paredes.

‘Queremos cuidar el barrio e integrarlo, somos parte de él. Nosotros luchamos contra el mar... y a pesar de las inclemencias del tiempo, la naturaleza nos ha respetado. Ahora son otros los que nos quieren echar de aquí’, dice Vásquez. Me voy con los pies mojados llenos de barro y con una pregunta que uno de los residentes me repite : ‘¿Por qué no vinieron cuando esto era puro charco y barro?