Temas Especiales

07 de Mar de 2021

Cultura

En la escuela del Subcomandante

PALABRA. Llegué a Chiapas con la esperanza de observar los principios de libertad que guían a los zapatistas, que el pasado primero de e...

PALABRA. Llegué a Chiapas con la esperanza de observar los principios de libertad que guían a los zapatistas, que el pasado primero de enero celebraron 20 años de la revolución que estremeció no solo al sur de México, sino también al resto del mundo. Ahí, entre la espesura de la selva lacandona, los zapatistas continúan siendo un referente ideológico, cuyo proyecto parece a distancia una utopía, pero que en la cercanía es profundamente humano, con plena con plena conciencia de su potencial emancipatorio.

A través de los años he mantenido vínculos a distancia con los liderados por el mítico Sub Comandante Marcos, como simpatizante y admirador de su proyecto e ideales, y el lograr una invitación a la escuelita zapatista representaba -como politólogo, estudioso y apasionado por el tema de la democracia y las distintas formas de gobierno- una oportunidad de conocer de primera mano cómo estaban gobernándose los zapatistas y cómo funcionaba su modelo de democracia participativa.

La escuelita zapatista nace como un proyecto político y pedagógico para compartir el conocimiento de esos 20 años de autonomía y resistencia con los miles de simpatizantes de los zapatistas alrededor del mundo, para que podamos comprobar en la convivencia cotidiana como la filosofía zapatista del ‘Mandar Obedeciendo‘ encierra un mundo de prácticas con el potencial para cambiar la forma como pensamos y vivimos la realidad.

‘EL MAL GOBIERNO’

‘Está usted en territorio zapatista en rebeldía en donde manda el pueblo y el gobierno obedece’, reza la leyenda del letrero que nos da la bienvenida al llegar al poblado 20 de febrero en el Municipio Autónomo San Manuel en el Caracol de la Garrucha ‘Hacia un Nuevo Amanecer’, al igual que en la entrada a todas las comunidades autónomas zapatistas. Esta es la comunidad que me acogió durante la escuelita, donde empecé a aprender lo que significa la libertad para ellos, y como esta va más allá de una mera abstracción, para convertirse en una forma de vida.

Arribé al estado Mexicano de Chiapas el 1 de enero, al aeropuerto de su capital, Tuxtla, desde donde me transporté hasta la arquetípica ciudad del sur mexicano, San Cristóbal de las Casas.

El territorio bajo el control zapatista está dividido en 5 ‘caracoles’ esparcidos alrededor de la Selva Lacandona, con los más conocidos siendo Oventik y la Realidad, pero estando igualmente La Garrucha, Morelia y Roberto Barrios. Cada ‘caracol’ abarca un número plural de Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ), y cada municipio está integrado por una multitud de poblados o comunidades.

Estas tierras son gobernadas enteramente por los zapatistas, las cuales incluyen territorios recuperados a latifundistas. En este territorio no hay ningún tipo de presencia del gobierno oficial de México, al que llaman el ‘Mal Gobierno’.

Mientras esperaba que saliera mi grupo, pude identificar a varios zapatistas, a quienes se les reconoce por la capucha negra, la cual se convirtió accidentalmente en el símbolo del movimiento, y que en algún momento derivó en la campaña ‘Todos somos Marcos’, la cual enviaba el mensaje que no importaba quien era el subcomandante Marcos, porque todos somos iguales y estamos juntos en nuestra causa.

El viaje hacia el ‘caracol’ de la Garrucha fue largo y pesado: aproximadamente unas ocho horas a pie en el atiborrado vagón del pickup bajo un clima inesperadamente frío, pero que era compensado por la entretenida compañía de los demás alumnos y alumnas.

Era ya cerca de la medianoche cuando arribamos. Fuimos recibidos por una eufórica comitiva zapatista. Estaban distribuidos en tres filas: una de mujeres y otra de hombres, que eran los y las guardianes, y otra mixta, quienes, cada vez que se bajaba y acercaban los pasajeros de uno de los camiones, aplaudían y coreaban: ‘¡Vivan los maestros y maestros, vivan los estudiantes y estudiantes, viva la escuelita zapatista!’.

‘EL BUEN GOBIERNO’

La mañana siguiente, tras un desayuno de café, tortilla y frijoles -el plato por excelencia de la jornada- nos acomodamos para el inicio de clases, que fue dictada por aproximadamente 30 maestros y maestras zapatistas, quienes se alternaban entre sí mientras iban desarrollando los múltiples puntos de cada uno de los tres temas principales, que eran: el gobierno autónomo, resistencia autónoma y la participación de las mujeres en el gobierno autónomo.

Una vez finalizada la clase, junto a nuestros guardianes subimos nuevamente a los camiones para dirigirnos a las comunidades, adonde estaríamos el resto de la escuelita hasta el día final, 7 de enero.

Aquella noche nos dormimos temprano, en unas lonas sobre el suelo dentro de la escuelita de la comunidad, ya que al próximo día nos esperaba la primera jornada de trabajo colectivo. El aprendizaje se daba combinando lo práctico con lo teórico.

UN MUNDO PARALELO

La primera jornada de trabajo colectivo fue en las parcelas de la familia de mi guardián, donde ordeñamos las vacas y recogimos café. El trabajo colectivo de los zapatistas está organizado a nivel familiar, del poblado, municipio y de la zona, en otras palabras, de acuerdo a las instancias de gobierno.

El último día trabajamos en la parcela colectiva, donde cosechamos maíz, lo cual incluyó una muy trabajosa subida por un cerro con un saco de maíz a la espalda que puso a prueba mis condiciones físicas. Después de la jornada de trabajo, regresamos a la comunidad, antes habiendo tomado una taza de Pozol, una bebida de maíz fermentado, similar a la avena, que se utiliza para mantener fuerzas durante el trabajo de campo.

En las tardes después de culminar las jornadas de trabajo, nos dedicábamos a estudiar los textos, que estaban organizados según los testimonios de autoridades que habían participado en alguna instancia de gobierno.

Esto permitía palpar como la construcción de la autonomía zapatista era un proyecto vivo, de ensayo y error y experimentación permanente para encontrar las soluciones más eficaces y democráticas a las situaciones que surgían.

El poseer normas, leyes y formas de gobierno que respondan a las necesidades reales de los pueblos es una de las principales justificaciones de los zapatistas para su sistema de gobierno. Por eso, las decisiones son tomadas siempre mediante asambleas democráticas participativas, para que sean los propios pueblos quienes decidan que quieren y necesitan. Las asambleas se realizan desde el nivel local, pasando por el municipal, hasta la Junta de Buen Gobierno, cuya asamblea reúne a las autoridades locales y municipales de toda la zona, quienes no reciben salario por su trabajo, ya que los zapatistas identifican el salario de autoridades como una fuente de corrupción propia del mal gobierno.

Si las autoridades no cumplen con su mandato pueden ser removidos por la asamblea del pueblo, pero a su vez, los zapatistas han creado una serie de comisiones de vigilancia, con sus miembros designados rotativamente desde las bases zapatistas, quienes se encargan de asegurarse que las autoridades estén cumpliendo con sus responsabilidades y utilizando bien los fondos.

La última noche en el poblado 20 de febrero, tuvimos una cena y fiesta con baile. Todos cantamos el himno de México y el himno zapatista, y escuchamos las palabras de cierre de parte de la Junta de Buen Gobierno, antes de, nuevamente, un último baile, por lo que sostengo, que esa alegría zapatista, constituye sin duda una valerosa forma de resistencia.

Durante los últimos días de mi viaje tomé conciencia que el gobierno oficial ataca a los zapatistas porque les temen, porque los zapatistas se han atrevido a ser verdaderamente libres en un mundo donde el poder ha impuesto una servidumbre que no tolera la libertad, y ningún poder opresivo puede sobrevivir ahí donde los pueblos toman la decisión de asumir libremente el gobierno sobre sus propias vidas.