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23 de Nov de 2020

Cultura

Asco infinito

Un aventura, dirán ustedes. Pues sí, y me llevé a mi hijo pequeño, catorce años tiene el colega, y la energía de la adolescencia.

La pasada semana estuve en Calante, en cuya escuela me hicieron el honor de nombrarme madrina del concurso que celebra la Semana del Libro. (Aprovecho para agradecer el apoyo y las donaciones a la sinagoga Kol Shearith, al INAC y a la empresa Durex).

Calante, para los que no lo sepan, (yo tampoco sabía que existía), está en la Comarca Ngäbe-Buglé. Llegas por carretera hasta Chiriquí Grande, allí embarcas, cruzas parte de la bahía y subes, río Manantí arriba, unas dos horas hasta Kuíte. En ese punto hay que bajar y empezar a caminar, durante una hora y media. Con barro hasta las rodillas en algunos puntos, cruzando quebradas a pie mojado o por puentes de madera a los que les faltan pedazos, y por un tramo de río de unos cuatrocientos metros. El agua, cuando nosotros pasamos, nos llegaba por media pantorrilla, pero en cualquier momento aumenta su caudal con cabezas de agua traicioneras.

Un aventura, dirán ustedes. Pues sí, y me llevé a mi hijo pequeño, catorce años tiene el colega, y la energía de la adolescencia. Allá se iba, hablando con el maestro Salvador, mientras yo avanzaba trabajosamente atrás:

‘¿Y este es el camino más rápido para llegar a la escuela?'.

‘Este es el único camino', le contestó Salva.

La escuela de Calante recibe a niños de primaria, premedia y media de Odobate, Quebrada Grande, Solaite, Piedra Ancha, Kuíte, Cerro Ñeque, Dudori, Drigarí, Alto Mono y Paraíso. Háganme ustedes un favor, ahí donde están, cómodos y seguros, piensen por un momento que son ustedes unos padres de Cerro Ñeque, ¿ya? Piensen que sus hijos, de once o doce años, (esos a los que ahora no dejan ir a la tienda solos), tienen que coger todos los días una lancha que los suba río arriba y que les cobra un dólar de ida y otro de vuelta. Luego, tienen que caminar solos, durante más de una hora, por esas trochas. Expuestos a caídas, picaduras de bichos (sí, su hijo irá descalzo, los zapatos de la escuela, si los tiene, los lleva en la mochila o en la chácara, para no dañarlos), o a ahogarse con la crecida del río.

¿Les agrada esa sensación? Pues puede ser peor, puede que ustedes no tengan dinero para pagarles dos dólares diarios para que vayan y vengan en lancha y entonces, los niños deberán caminar tres horas, o más. ¿Tienen claro el panorama? ¿Sí? ¿Les gusta lo que sienten en estos momentos? ¿No? Pues supongo que a los padres de esos niños tampoco les gusta. Y no piensen que esta historia es la única de este tipo. Hay muchas más, en muchos otros Calantes a lo largo y ancho del país.

Hay muchos padres y muchos niños enfrentándose a verdaderos retos para aprender a leer, a sumar y a restar. Para aprender que el mundo que los rodea es hostil y lejano, los aparta y los expulsa. O se les cae encima, como en Cerro Colorado.

Señores representantes, señora cacica, viceministro de asuntos indígenas, señor diputado correspondiente, todo aquel que tenga algo que ver en la perpetuación de estas situaciones, desde el Presidente y su Señora para abajo, sepan ustedes, me dan asco. Mucho. Que no conozcan estas situaciones demuestra su desinterés. Que las conozcan y no hagan nada demuestra su mala calaña.

Eso sí, la escuela de Calante es una escuela digna, de bloques y zinc, y tiene delante un hermoso campo donde aterrizar el helicóptero en el que bajarán los que llegan, sonrisa falsa en ristre, a felicitarse efusivamente porque los niños no estudian en un rancho. ¡Já!

COLUMNISTA