La Estrella de Panamá
Panamá,25º

12 de Nov de 2019

Mónica Miguel Francomonicamiguelfranco@hotmail.com

Cultura

Gritar y ganar

Lo de los cierres de calles es el cuento de nunca acabar. Y al parecer no hay forma de hacerles entender eso a los que deciden protestar exigiendo cosas y causas legítimas y ciertas, pero que no se pelean en las calles sino en las mentes.

Empecemos por el principio: las reformas constitucionales. A ver, enfoquemos correctamente el problema: la Constitución actual no parece satisfacer las necesidades actuales de la sociedad panameña ya que, desde que aquella se aprobó, la sociedad ha avanzado y cambiado con los nuevos tiempos. Bien, entonces hay que desempolvar la carta magna.

Veamos ahora el punto de partida, el punto de partida que tenemos es una democracia participativa en la que el votante delega en un tercero elegido su voz en la Asamblea. Una persona, un voto. Mayoría de votos, un legislador. Mayoría de legisladores, una ley. Este es un croquis muy sintetizado, para ver si tenemos claro el panorama principal.

Pues bien, todas las personas nacen iguales ante la ley. Y el voto es universal para todos los panameños a partir de la mayoría de edad. ¿La mayoría de los panameños votan por aquellos que piensan, tras una meditación sesuda, que pueden legislar lo mejor para el país, en consonancia con los derechos y aspiraciones de todos los grupos y colectivos, aspirando a que todos lleguemos a gozar de los mismos derechos, obligaciones y podamos disfrutar de los mismos? La respuesta es (ya siento tener que ser yo la que los baje de sus nubes narcóticas donde triscan unicornios y angelitos regordetes con alas de arcoíris les dicen los listos y guapos que son) que no. La respuesta es no. No votan pensando en eso. Me duele haber sido yo la que les dijera esto, si es que ustedes aún dormían de ese lado de la cama, pueden irse despertando.

La mayoría de los panameños, la masa, la plebe, el populacho, el proletariado, qué sé yo, llámenlos como deseen y mejor se ajuste a sus convicciones, ellos, digo, el vulgo, votan con las tripas. Votan por el que habla su mismo idioma, votan por el que les da pintas en Carnavales, pavo en Navidad y un colchón cuando la casa se les quema o se les inunda. Ellos, para los que Roma tenía pan y circo, siguen votando por el que les ofrece fútbol y arroz.

Ellos no quieren hablar de revolución social, porque no les interesa que las cosas cambien, imagínense que uno de sus hijos tenga la dicha de llegar adonde hoy están los que mandan, ¿van ellos a truncarle las esperanzas de poner a vivir a toda la familia solo porque alguien les trata de comer la oreja con imágenes de futuros pajaritos preñados cultos y respetuosos de las leyes? ¡¡Tas loco!! Ellos también tienen derecho a pelechar.

Pues eso, que da igual lo mucho que cierren calles y griten, mientras no cambien la mente de los que votan, nada va a cambiar. Y siento, una vez más, ser yo la que les diga que no se cambia la mente de nadie cerrando calles, vandalizando y quemando palmeras.

Forzar las cosas para imponer unas reformas es cometer el mismo error de los que las quieren retirar porque 'ellos piensan de otro modo'. El cambio social se da desde la convicción personal, y eso no se pelea ni en la calle ni en las redes.

El problema es de base, y mientras no ataquemos el fanatismo, la mala educación, las falencias intelectuales, mientras los que votan no voten a conciencia y no por interés, nada va a cambiar.

Columnista