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24 de Jan de 2021

Economía

Las ‘Putinomics’ y el comercio internacional

Rusia está convencida de que, a pesar de todas las amenazas de ‘severas sanciones’, sus socios comerciales no modificarán sus planes

Lo que está ocurriendo en Ucrania, dice Fred Bergsten, del Peterson Institute, es una consecuencia indeseada de la globalización. El presidente ruso, Vladimir Putin, piensa que puede gozar de libertad política y militar al tratar con Ucrania, sin experimentar debilitantes costos económicos causados por las sanciones o por el traslado de empresas multinacionales fuera de Rusia.

Llamemos a esta postura Putinomics. Supone que los ‘socios comerciales e inversionistas [de Rusia] están tan comprometidos con sus propios intereses económicos que, a pesar de toda las conversaciones sobre sanciones severas, éstas no desbaratarán los planes en forma significativa’, expresa Bergsten. El comercio domina los intereses geopolíticos. Ese hecho brinda a Putin la oportunidad de perseguir ambos. En este torcido sistema, la interdependencia económica hace que las sanciones eficaces sean difíciles y, a menudo, imposibles.

Sin duda, Rusia ha sufrido económicamente por apoderarse de Crimea y amenazar Ucrania. La salida de capital ha aumentado: Los inversores se han desecho de acciones y bonos rusos, han convertido las ganancias en rublos a dólares o euros, y han sacado el dinero de Rusia. El economista Lubomir Mitov, del Institute of International Finance, un centro de investigaciones de la industria, dice que la fuga de capitales se elevó a una cifra récord de 70,000 millones de dólares en el primer trimestre de 2014 y podría llegar a los 170,000 millones de dólares para todo el año. El rublo se deprecia, lo que hace que las importaciones sean más caras y la inflación aumente.

El economista Anders Aslund, del Peterson Institute, experto en Rusia y Europa Oriental, predice una inflación del 6.5% para el año y piensa que la crisis ‘ha recortado un 2%’ del producto bruto interno (PBI), la producción económica. Esos indicadores señalarían una recesión. El crecimiento económico de Rusia el año pasado fue de un mero 1.3%, según informa la consultora internacional IHS. La incertidumbre y la fuga de capitales debilitarán los gastos del consumidor y las inversiones de las empresas, expresa IHS.

Pero Putin trata esos reveses —impulsados en su mayor parte por decisiones de mercado, no por sanciones gubernamentales— como costos a corto plazo empequeñecidos ante las ganancias a largo plazo de readquirir Crimea. Sus ambiciones para más adelante no son claras. ‘Mi opinión básica es que Putin tiene intenciones de obtener la mitad de Ucrania,’ dice Aslund. ‘La pregunta es cuándo’ —y si las sanciones agregadas podrían disuadirlo. Hasta el momento, las sanciones han sido modestas, principalmente relativas a congelamientos y restricciones de visas para algunos funcionarios rusos.

Apretar más las sanciones será difícil, tanto por razones de macro y micro economía. Comencemos con macro. Rusia se encuentra entre los principales productores de petróleo. Lógicamente, las sanciones severas obstaculizarían las ventas de petróleo, que proporcionan el grueso de las exportaciones de Rusia y de sus réditos públicos. Pero la reducción en las ventas rusas probablemente elevaría los precios del petróleo y debilitaría la frágil recuperación global. Una consecuencia no muy popular.

En cuanto al ámbito micro.

Entre las grandes empresas, el desagrado por las sanciones es tangible. A fines de marzo, Joe Kaeser, director ejecutivo de la empresa alemana gigante Siemens, voló a Moscú, se encontró con Putin y declaró que ‘apoyamos una relación de confianza con empresas rusas.’ Siemens vende trenes de alta velocidad a los Ferrocarriles Rusos. En 2011, ExxonMobil firmó un acuerdo de co-producción con Rosneft, la mayor empresa petrolera rusa. El director ejecutivo de ExxonMobil, Rex Tillerson, recientemente dijo que la cooperación estaba procediendo normalmente.

Como mucho, el historial de la eficacia de las sanciones es mixto. Un estudio de 204 casos entre 1914 y 2000, del Peterson Institute, consideró que dos tercios fracasaron. Las sanciones no causaron el colapso de la Cuba de Castro. No disuadieron a Corea del Norte de fabricar armas nucleares. Aunque quizás hayan empujado a Irán a negociaciones serias sobre su programa nuclear, no la han obligado aún a modificar su programa en forma significativa.

Las sanciones fracasan porque los países a los que van dirigidas creen que otros objetivos (entre ellos, la supervivencia) pesan más que los costos económicos. Las sanciones también se evaden. Para que tengan éxito, deben respetarse ampliamente. En 1980, después de que los rusos invadieran Afganistán, el presidente Jimmy Carter les limitó los envíos de granos. Liderados por Argentina, otros suministradores llenaron ese vacío. El gobierno de Reagan más tarde prohibió que Caterpillar vendiera maquinaria para instalación de tuberías a la Unión Soviética; el negocio pasó principalmente a la empresa Komatsu, de Japón.

La guerra económica a menudo es costosa para ambos bandos. La perspicacia de Putin es que el otro bando tiene aversión al riesgo. Aunque podrían fortalecerse las sanciones, es probable que eso no suceda. Muchos directores de empresas de Estados Unidos ven las sanciones como una propuesta que sólo acarrea pérdidas; las empresas norteamericanas pierden ventas en el exterior (‘lo etiquetan a uno como no-fiable’, expresa el ejecutivo de Caterpillar); y el gobierno norteamericano no logra sus objetivos políticos. Con vínculos más estrechos con Rusia, Europa tiene más reservas. También teme los efectos de un corte del gas natural de Rusia, aunque ese gas suministra sólo alrededor del 7% de la energía total de Europa.

La esencia de Putinomics es explotar esos temores. El comercio colectivo, que se suponía que debía silenciar la conducta belicosa, pierde gran parte de su poder de freno. A Bergsten le preocupa que China recurra un día a una agresión militar para lograr sus objetivos sobre la misma suposición de que sus socios económicos no pueden —o no quieren— tomar represalias. Es una idea perturbadora.

COLUMNISTA