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12 de Apr de 2021

América

El narco que murió dos veces

Una mentira oficial acuerpada por los principales estamentos de seguridad puso en entredicho la credibilidad institucional.

Tal vez no exista nada mejor para un narco que el hecho de que lo declaren muerto y disfrutarlo en vida. Más extraordinario es aún que quien lo dé por muerto sea la misma autoridad que lo está buscando. 


Así le ocurrió a Nazario Moreno alias ‘El Chayo’, quien probablemente se reía a carcajadas al ver por televisión cómo Alejandro Poiré, vocero de Seguridad Nacional, anunciaba con bombos y platillos que había caído abatido el líder de la ‘Familia Michoacana’, y prácticamente que ante la muerte de Nazario, desaparecería el cartel de tierra caliente del estado de Michoacán. 


Bendito entre los malditos, al narco le cayó del cielo un velo de impunidad que le permitió operar sin que nadie le respirara en el cuello amenazando su vida, a pesar de que con los meses, su nombre renació cuando se pronunciaba por las esquinas del pueblo. 


México vivía momentos de violencia sin precedentes y el gobierno de Felipe Calderón libraba una guerra con el narcotráfico. Tan era así, que la baja de Nazario Moreno, el terror de Michoacán, representaba un trofeo en la trastabillada y sangrienta lucha que ha dejado a su paso, como mínimo, más de 25 mil muertes. 


Lo curioso en el caso de Nazario fue que el triunfo anunciado no venía acompañado de un cadáver que corroborara la estatuilla. Pero en boca del presidente Felipe Calderón y los representantes de estamentos de seguridad, fue una oración que muchos medios de comunicación repetían con el mismo fervor y daban por desaparecido al fundador del cartel de ‘La Familia’. 


Pero hubo quienes no tragaron tan a la ligera la versión gubernamental sobre la muerte de ‘El Chayo’ porque sencillamente estaba acéfala de evidencias que ratificaran el hecho. El periodista mexicano Marco Lara Klahr, reportero judicial con una gran experiencia, investigador nato, reflexionó en forma distinta ante los comunicados gubernamentales y, como era de esperarse, puso manos a la obra. 


Producto de aquellas pesquisas escribió un libro titulado ‘Cosas de familia’, en el que expone testimonios de los residentes de Michoacán que aseguraban haber visto a ‘El Chayo’. Con esta premisa, solicitó a distintas entidades mexicanas las evidencias de las que el gobierno presumía. 


Las pruebas nunca llegaron. 


LA PRIMERA MUERTE 


En diciembre 10 de 2010, Alejandro Poiré, secretario del Gabinete de Seguridad de Felipe Calderón, habló a los medios sobre un operativo que había iniciado cuatro días antes producto de una denuncia ciudadana sobre la presencia de hombres armados que irrumpían en el municipio de Apatzingán por tierra y por aire, tropas federales, sumados al Ejército y la Marina armada, quienes buscaban ‘al más loco’, como también se le conocía a Nazario Moreno, por los delitos de delincuencia organizada, contra la salud, privación ilegal de la libertad, secuestro agravado, homicidio calificado y robo calificado. 


En aquel momento, la acción armada dejó un saldo de muertes de lado y lado, y producto de los enfrentamientos las autoridades anunciaron que se había dado por muerto a ‘El Chayo’. 


Sin embargo, por más indicios que hubiera recogido la autoridad en su conjunto, no había forma de verificar legalmente la muerte del narco. Todo se basó en inferencias, indicios y una buena propaganda de lo que los políticos querían hacer creer a la ciudadanía y, la información sin masticar que tragaban los periodistas. 


No había cadáver ni huellas digitales, tampoco fotos que evidenciaran la heroica hazaña policial. Solo versiones de altas autoridades con mando y jurisdicción que al correr del tiempo, cuando verdaderamente se abatió a Moreno, tuvieron que tragarse sus palabras. Guillermo Valdés, exdirector del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) se justificó diciendo que no hubo mala fe o intención de engañar a la ciudadanía en aquel entonces, sino que la gran cantidad de trabajo les impidió verificar la muerte del hombre. 


EL MUERTO USURPADOR 


Los únicos que sabían la verdad sobre la condición de ‘El Chayo’ eran los moradores de la Sierra. 


Marco Lara lo recoge en su libro ‘Cosas de familia’ después de realizar numerosas entrevistas a quienes continuaban siendo extorsionados por el cartel. La diferencia en esta ocasión es que quien ejercía la violencia era un muerto. En esas circunstancias, poco cabían las denuncias ante la autoridad para reclamar justicia, más cuando ésta lo había declarado muerto un año antes. 


Poco espacio dejaba el hecho a la credibilidad en las instituciones judiciales cuando los afectados contrastaban los hechos. 


Un año después del anuncio gubernamental apareció Nazario Moreno, ‘arreglado como dandy, haciendo vibrar de júbilo a las decenas de seguidores’ que se reunieron con él en un caserío del pueblo. 


Lara recoge una versión sobre lo ocurrido aquel 10 de diciembre de 2010, cuando supuestamente murió ‘El Chayo’: ‘oiga viejo -refiriéndose a Nazario- estaría bien que se fuera, ya van cuatro avioncitos que pasan y eso no me gusta’, le dijo un correligionario. 


Empezó la balacera, los helicópteros tiraban bala, una cosa fea, y hubo decenas de muertos según el testimonio de uno de los sobrevivientes de aquel incidente. ‘La tarde del día siguiente Nazario Moreno (El Chayo) decidió marcharse. Cuando se dirigía a su camioneta Servando González, líder de Los Caballeros Templarios, le pidió que subiera a una vieja pick-up, dejando que su chofer se fuera solo para despistar al enemigo’. Las versiones indicaban que el chofer era muy parecido físicamente a Nazario. Cuando el ejército vio pasar a toda velocidad la camioneta de Nazario que conducía su chofer, le aventó los misiles y la hizo pedazos, pero el líder de la Familia iba en la vieja pick-up y huyó por el estado de Guerrero. 


Así se salvó quien aparentemente cargaba al diablo y a Dios en una misma alma. Se dibujaba a sí mismo como un fanático espiritual condescendiente con sus semejantes, pero al mismo tiempo de él emanaba crueldad sin límite y violencia descarnada como jefe de la banda. 


‘El Chayo’ era un hombre sanguinario, cobraba a los aguacateros de Michoacán una cuota semanal para permitir la venta de las cosechas del principal producto de exportación de la zona, traficaba drogas, armas y anfetaminas. 


‘No soy narcotraficante, soy jefe de una familia, mi territorio es sagrado’, se escucha en uno de los corridos que le dedicó Melissa Plancarte, mejor conocida como la Princesa de la Banda. Su padre Enrique era cabecilla de Los Caballeros Templarios, organización a la que perteneció Nazario después de haber sido declarado muerto. 


DOS VECES MUERTO 


Pero la impunidad también llegó a su fin. 


Esta vez la muerte sí era de verdad. Tres años después, soldados mexicanos lo localizaron amaneciendo un domingo, justo cuando Nazario volvía en horas de la madrugada de celebrar su cumpleaños con su novia. 


Y aunque los detalles sobre su muerte se resumen a un enfrentamiento con el ejército (10 de marzo 2014), cuando soldados ubicados en la comunidad de Tumbiscatío, Michoacán, le hicieron la señal de alto al auto donde viajaba Nazario, pero éste siguió de frente, acto seguido, las autoridades repelaron la agresión dando muerte al delincuente. 


En esta ocasión se concluyó como positiva la muerte del también fundador de ‘Los Caballeros Templarios’. 


No hubo verdad por inferencia, hubo un cuerpo y huellas digitales que, de paso, dejaron en un tremendo ridículo la primera versión oficial.