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03 de Jul de 2022

Mundo

El retorno de la historia

PANAMÁ. Grecia ha vuelto a los titulares esta semana, después de que su parlamento aprobara una nueva serie de medidas de austeridad eco...

PANAMÁ. Grecia ha vuelto a los titulares esta semana, después de que su parlamento aprobara una nueva serie de medidas de austeridad económica con el objetivo de salvar su maltrecha economía de la bancarrota. La nuevas medidas —principal condición para la aprobación de un nuevo paquete de rescate europeo (valorado en unos $171,000 millones)— provocaron protestas, enfrentamientos y vandalismo a gran escala en todo el país. Las imágenes de destrucción, violencia y desesperación en la cuna de la civilización occidental revivieron episodios (demasiado) recientes de la historia europea, y arrojan una tenebrosa luz sobre el futuro de un experimento de integración continental que hace sólo unos años era considerado la vanguardia del mundo civilizado.

LA TRAGEDIA GRIEGA

Los problemas de Grecia, de una manera muy general, se pueden resumir así: Atenas, por muchos años, ha gastado más dinero del que producía. Para entender por qué lo gastó debemos recordar que en gran parte de Europa existen los llamados ‘Estados de bienestar’, en la que el Estado provee ciertos servicios o garantías sociales (educación gratuita, seguridad social, pago por desempleo) a la totalidad de sus ciudadanos. Por naturaleza, este modelo involucra una extensa burocracia pública, impuestos altos y un grado variable de ineficiencia en el manejo del gasto público. En el caso griego, la burocracia y la ineficiencia eran extremadamente masivas.

La segunda pregunta es ¿de dónde sacó Atenas el dinero? La respuesta simple es que lo pidió prestado. Sin embargo, es de conocimiento general que la capacidad de endeudamiento de cualquier persona o entidad es proporcional a su capacidad de producción. En otras palabras, un millonario puede pedir más dinero prestado que un profesional con varios años de experiencia, y éste a su vez puede pedir más que un joven aún en sus primeros años de trabajo. Grecia, con su ineficiente gasto público, se asemeja a ese profesional recién salido de la universidad, por lo que su capacidad de endeudamiento debería haber sido muy limitada. No obstante, es aquí donde la crisis griega se vuelve un asunto internacional: Grecia obtuvo crédito en condiciones extremadamente favorables, e incongruentes con su rendimiento económico, porque su moneda era, y es, el euro.

Grecia entró a la eurozona en 2001. Hoy, es vox populi que Atenas falseó sus libros para entrar en el grupo del euro. Y como todo lo que sube debe bajar, once años después, Grecia se encuentra en una situación desesperada: no tiene el dinero para pagar lo que debe, y desde Frankfurt —sede del Banco Central Europeo— le dicen que la solución consiste en más medidas de austeridad —léase cortar más y más el gasto en educación, infraestructura, salud, etc.— e ir bajando la deuda.

¿LA UNIÓN HACE LA FUERZA?

El plan de Frankfurt, evidentemente, no está funcionando. Por un lado, los gobiernos europeos no confían en la capacidad griega para devolver ni éste ni ningún otro dinero. Por otro lado, los ciudadanos de los países ricos —Alemania, principalmente— no entienden por qué deben pagar por la irresponsabilidad griega. Y finalmente, los griegos no entienden por qué su gobierno debe tomar órdenes de Frankfurt o París, y mucho menos por qué el ineficiente manejo del dinero por parte del gobierno debe ser pagado con pobreza y miseria. En consecuencia, Grecia es hoy una olla a presión a punto de estallar definitivamente.

Ésta es la situación griega, y así planteada deja dos conclusiones evidentes. La primera es que la culpa es de Grecia por falsear sus libros y gastar el dinero ineficientemente. La segunda es que, en vista de lo anterior y de que, objetivamente, Grecia no va a poder pagar sus deudas, el país heleno merece ser abandonado a su suerte —o sea, en bancarrota— y ser expulsado de la eurozona.

Pero esto es sólo parte de la historia. Para empezar, es verdad que Grecia falseó sus libros, pero no lo es menos que los encargados de revisarlos hicieron la vista gorda. Para entender por qué, es necesario ver que la eurozona, como fase más avanzada de la integración europea, es esencialmente una zona libre para las exportaciones alemanas. Alemania, por sus condiciones geopolíticas, es una economía extremadamente eficiente, tanto que produce un excedente que debe ser exportado. Hoy por hoy, Alemania es el segundo exportador del mundo (hasta hace poco era el primero), y gran parte de sus exportaciones van a países europeos. Alemania, por ende, es el principal interesado en la existencia de la eurozona y de la Unión Europea.

Esta última idea nos lleva a la segunda de las conclusiones. ¿Por qué no se expulsa a Grecia de la eurozona? En realidad, una salida griega de la eurozona sería lo mejor para Atenas. Por un lado, una bancarrota le permitiría renegociar su deuda. Su moneda, el drachma, se devaluaría, lo que daría un empuje competitivo a sus productos de exportación. Además, el país recuperaría gran parte de la soberanía cedida a Frankfurt y Bruselas. Sería duro y extremadamente traumático, pero al menos habría una luz al final del túnel y, por encima de todo, sería una solución griega para problemas griegos.

La respuesta parece evidente: Grecia no ha salido de la eurozona —aunque se especula cada vez más con que su bancarrota ya es inevitable— porque a los grandes poderes europeos (Alemania y Francia) no les conviene. ¿Y por qué no les conviene? Más allá del efecto dominó que tendría en los bancos europeos, dejar salir a Grecia supondría crear un precedente extremadamente peligroso. ¿Qué mensaje le mandaría eso a Portugal, y por encima de todo, a España e Italia, que ya empezaron a recorrer el camino griego? La eurozona puede absorber con relativa facilidad la pérdida de Grecia, pero Madrid y Roma ya son palabras mayores. La salida de cualquiera de los dos dejaría el proyecto euro —y por extensión, el proyecto ‘Europa’ en general— a l borde del colapso.

LA CUESTIÓN ALEMANA

La situación es extremadamente compleja. Alemania, principal interesada en la preservación del euro, parece seguir empeñada en dar un ejemplo con Grecia. Sin embargo, cada vez más son los analistas que apuntan a que el ‘plan austeridad + rescates’ es contraproducente, ya que no hace nada por aumentar la demanda de productos alemanes (que al fin y al cabo es el motivo existencial de la eurozona). Por el contrario, permitir una bancarrota griega podría desencadenar un efecto dominó que destruiría décadas de integración económica y tendría consecuencias dramáticas para la economía mundial.

¿Y qué pasaría si fracaso el euro? Para responder a esa pregunta, conviene recordar los motivos que llevaron a la integración europea. El primero, y más superficial, fue estratégico: entre 1914 y 1945, Europa pasó de ser el centro del mundo a ser un continente en ruinas. En 1956, luego de la ‘derrota’ franco-británica en la crisis de Suez, el canciller alemán Konrad Adenauer dijo que sólo había una manera que Europa volviera a jugar un rol decisivo en el mundo: la unión. ‘Europa será nuestra venganza’, dijo, y un año después se firmó en Roma el tratado que establecía el mercado común.

El segundo motivo es mucho más profundo. La integración europea es la mejor respuesta posible a los problema geopolíticos más importante de Europa: su irregular geografía, que facilita la formación de numerosas naciones-estado en competencia —léase guerra— y, más recientemente, la existencia de Alemania, que desde su unificación en 1871, y debido a su extrema eficiencia económica e industrial, ha sufrido ciclos de crecimiento, expansión y destrucción que se han saldado con dos guerras mundiales.

En éstas circunstancias, es más fácil entender los fantasmas que sobrevuelan el colapso griego. La crisis económica europea es en realidad una crisis política. Europa, cuna del nacionalismo, está mostrando al mundo que no puede deshacerse de su propio Frankenstein, que asoma detrás de cada enmascarado griego, de cada molotov y de cada edificio en llamas. La ruptura del corsé europeo significa el retorno de la historia. Una historia que en el siglo XX casi acaba con el planeta entero.