09 de Dic de 2022

Nacional

La lucha de un hija

PANAMÁ. Portugal nació en Calobre, Veraguas, en 1934. Aprendió linotipo en el Artes y Oficios en la capital. Laboró en imprentas y pe...

PANAMÁ. Portugal nació en Calobre, Veraguas, en 1934. Aprendió linotipo en el Artes y Oficios en la capital. Laboró en imprentas y periódicos, pero nunca duró mucho en ningún trabajo. Era impulsivo y muy inconforme con las cosas en Panamá que, según él, tenía a los obreros y campesinos abandonados.

Fue miembro del Sindicato de Tipógrafos y participó en la lucha laboral de los años 50 y 60. Otro izquierdista que lo conocía calificó su lucha como perdida. “Lo único que ganaron los obreros en la lucha sindical era palo, carcel, y hambre.” Portugal luchó de todos modos.

“Combatió a los gobiernos,” me dijo su conocido, quien no quiso ser identificado. “No se juntó a los grupos ideológicos. Siempre tenía un plan de acción inmediata. Era muy callado pero impetuoso. Hacía las vainas sin miedo. Por eso era influyente con los grupos estudiantiles y sindicales.”

En los años 60 Portugal se juntó con Graciela de León. Tuvieron dos hijos, Patria y Franklin. El último nació en junio de 1969. La Guardia estaba en el poder; Portugal estaba en la Modelo. El primer recuerdo que Patria tiene de su padre, es del día que acompañó a su madre, a verlo. Llevaban a Franklin para que su padre le conociera. Ella tenía cinco años. “Lo vi en la cárcel,” dijo, “pero sabía que no era delincuente.”

Después de esta visita Graciela y sus hijos fueron a vivir en La Pintada. Cuando soltaron a Portugal, él consiguió trabajo en Panamá y visitaba su familia cuando podía. En enero del 1970 murió la madre de Graciela. Fue en el entierro de su abuela que Patria vio a su padre por la última vez.

“Lo que más recuerdo,” dijo Patria, “me llevaba en los hombros por todas partes. Una vez, en una cantina, me sentó en la barra mientras peleaba con otro hombre. Me solía preguntar, ‘Si me muero, ¿que haces tú?' Yo le contestaba: Llorar.”

De niña lloró mucho por la ausencia de su padre. De adolescente, estaba molesta. Gente de los ideales de él no deben casarse y tener familias. Consideraba que su padre era irresponsable. También pensaba a veces que su padre iba a regresar. Lo que más le dolía era su desaparición. ¿Como podía una persona desaparecer sin que nadie hiciera nada?

Luego tenía pesadillas. Gente le decía que habían visto a su padre. Ella tenía que encontrarle. Buscaba y buscaba y si hallarlo. En 1989 tuvo una pesadilla. Veía una procesión y la gente le decía: “Tu papá estaba por allí.” Vio un barranco y al fondo, un hombre y cinco perros que ladraban furiosos. Miró al hombre y preguntó, “¿Eres tú?” Los perros se calmaron. Patria insistió, “¿Porque me abandonaste?” “Voy a volver,” dijo el hombre. “¿Cuándo?” pregunto ella. “Pronto.” Con ese sueño las pesadillas acabaron.

Al caer la dictadura, Patria denunció la desaparición de su padre en el Ministerio Público. Lo único que hizo el fiscal fue pedir sobreseimiento pues habían pasado 20 años. Nueve años después Ramón Fonseca Mora, buscando a su propio costo el cadáver del Padre Héctor Gallego, encontró restos humanos en la antiguo base de Tocumen. La prueba de ADN reveló que los restos no eran de Gallego, Patria pidió al Ministerio Público hacer una prueba para ver si eran de Portugal. Le dijeron que no había plata.

Fonseca Mora mostró su generosidad y su amor a la verdad. Envió una muestra de ADN tomado del hermano de Heliodoro Portugal al Laboratorio Reliagene en Estados Unidos. La prueba resulto positiva.

La noticia llenó a Patria de alegría y dolor. Fue a la fiscalía con el reporte del laboratorio y pidió los restos. Ella no quiso verlos, pero su hermano Franklin sí los vio 30 años después de la desaparición. Los enterraron en Coclé. En septiembre del 2001, sin embargo, oficiales de la procuraduría informaron a Patria que pruebas realizados por el laboratorio reconocido por ellos habían confirmado que los restos no eran de su padre.

“¡Querían desaparecer a mi papá de nuevo!”

Explicar porqué requiere unos párrafos. A parte de quitar los periódicos a la familia Arias, Omar Torrijos no robó a los panameños individualmente, sino del crédito del país, buscando doble y triple financiamiento para cada proyecto y repartiendo lo que sobraba entre sus cómplices, con y sin uniforme. Sus sucesores seguían este sabio ejemplo. Por Panamá pasó un chorro continuo de dinero prestado —lo estamos pagando todavía— que salpicó a las clases políticas y comerciales. Por esto, ellas estaban contentísimas con la dictadura. Con pocas excepciones, sus miembros colaboraron activa o pasivamente con los militares, y como no resistieron, no sentían la brutalidad del régimen, hasta que, en 1988, las maromas de Manuel Noriega provocaron al gobierno de los Estados Unidos imponer sanciones económicas.

Al caer los militares, estos colaboradores inventaron un mito para esconder, más bien de si mismos, la culpa y vergüenza que los mancha. Había, dice el mito, dos dictaduras. La segunda, que vino con Noriega era mala. La primera era cariñosa.

¡Ojala que cada uno de los que perpetúan este mito pudieran gozar un poco del cariño que recibió Encarnación González Santizo en Tocumen!

Negando que los restos eran de Portugal, los de la procuraduría defendían el mito. Si los restos eran de él, tendrían que reabrir el caso y procesar los culpables y recordar al país la brutal verdad. Manuel Noriega, quien sufre aún por los pecados de los torrijistas tanto como por los suyos, definió honestamente el programa de gobierno que heredó de su mentor, Omar Torrijos: “Plata para los amigos. Palo para los indecisos. Plomo para los enemigos.”

Por tercera vez Fonseca Mora vino al rescate. El día 27 de septiembre él y Patria se encontraron en el Pentágono en Washington, en el laboratorio de ADN del Departamento de Defensa, el de más prestigio del mundo en la materia. Estaba sumamente ocupado con los restos de las víctimas del atentado del 11 de septiembre, pero confirmó el resultado.

“Es su padre”, le dijo a Patria el coronel encargado. “Si tenemos que ir a la corte, iremos”.