Temas Especiales

29 de Jun de 2022

Nacional

La pesca de los sueños rotos

PANAMÁ. Eran muy jóvenes para conocer el amor, pero sin embargo, sí tuvieron tiempo para vivir en carne propia la maldad del mundo. Y ...

PANAMÁ. Eran muy jóvenes para conocer el amor, pero sin embargo, sí tuvieron tiempo para vivir en carne propia la maldad del mundo. Y la maldad, en este caso, viste de policía.

Dagoberto y Rigoberto Pérez encontraron la muerte en altamar, el 20 de mayo, a manos de una patrulla policial que los atacó a sangre y fuego mientras regresaban de la pesca hacia Playa Leona, la comunidad donde crecieron. Los investigadores no descartan un tumbe de drogas desafortunado. Pero, ¿quiénes eran los Pérez?, ¿qué soñaban? ¿qué fue lo pasó esa noche maldita en la que perdieron la vida?

ALTAMAR

Ese martes de 19 de mayo, sería un día inolvidable. Los cinco pescadores se sentían desbordados por la alegría: habían realizado la mejor pesca de sus vidas: 1000 libras de camarones. Era tanto lo que habían conseguido que la capacidad de almacenamiento de la embarcación había sido sobrepasada. Unas 300 libras quedaron por fuera de la hielera de la embarcación.

Cuando comenzó a caer el sol y en vista de la gran pesca que habían logrado, decidieron regresar cuanto antes a sus casas en Playa Leona, en La Chorrera. Querían celebrar con sus familias, contarles las buenas nuevas. Entre el vaivén de las olas crecía la alegría. Había una razón: con esa pesca podrían hacer un aporte para bajar la deuda de 6500 dólares que habían adquirido para comprar la embarcación. No por nada se llamaba “Niña Evi”: era un agradecimiento a la madre de los Pérez, de nombre Evidelia.

Todo era felicidad, hasta que llegó la noche y con ella las sorpresas. Los cinco amigos dejaron de contar chistes porque escucharon un ruido raro, una lancha acercándose. A medida que el sonido crecía las caras de risas se desdibujaron. Sin darse cuenta se refugiaron en el silencio: se miraban sorprendidos pero no decían nada. ¿Serían narcos, turistas, policías? De repente se dieron cuenta que tenían una lancha atrás, aunque ni les daba voz de alto, ni los saludaba, nada, solo el negro de la noche en medio del mar, con la silueta de Panamá Viejo dibujándose en la costa.

Dagoberto y Rigoberto Pérez buscaron las linternas y comenzaron a alumbrar. Vieron una lancha, pero sin gente ni identificación.

Fue entonces cuando sonaron las primeras detonaciones. Las balas retumbaban en los oídos de los jóvenes pescadores que gritaban de desesperación, mientras se escondían como podían. El primero en caer fue Rigoberto Pérez, de 18 años, también conocido como "Pepito" porque era muy bueno contando chistes. Pepito recibió cinco impactos de bala en su anatomía. Su hermano menor, Dagoberto de 16, a su lado, fue el segundo en caer. Le decían “Didi”. Recibió dos disparos.

Los dos hermanos cayeron heridos de muerte. En el piso, llegaron a tomarse de la mano. Fue lo último que hicieron. Domingo Ábrego, Manuel Ábrego (alcanzado por un impacto de bala en su pie) y Daniel Aroliga, que también iba en la embarcación, corrieron a auxiliar a sus primos, sus amigos, más que eso: habían crecido juntos y se sentían familia. Le hablaron a los Pérez, pero no escucharon respuesta. Fue en ese momento en que uno de los policías entró en la embarcación Niña Evi, armado hasta los dientes.

Al tiempo que golpeaba a los pescadores vivos, la primera e insistente pregunta del uniformado fue: “¿dónde está la droga, dónde está...?”. Detrás suyo subían más policías. Se pusieron como locos a revisar la lancha. Sólo había camarones. “¿Dónde está, donde está la droga?” gritaban y golpeaban, todo a la vez. Los tres jóvenes lloraban de miedo, lloraban por sus amigos, solo lloraban. Tenían miedo de morir también.

“Nos equivocamos, estos no eran”, dijo uno de ellos. Arriba de la lancha habían dos muertos y un joven herido. Los policías dudaron un rato mientras la lancha flotaba a la deriva. Finalmente, prendieron los motores y todos se dirigieron hacia Panamá Viejo.

EL DOLOR DE UN PUEBLO

Playa Leona es una comunidad de pescadores ubicada a 30 minutos del distrito de La Chorrera y a 40 kilómetros de la capital. Virgilio Pérez, tío de las víctimas, escuchó la noticia de la muerte de dos pescadores en altamar a las 2:00 de la madrugada del 19. Sin saber por qué, pensó en sus sobrinos. Tuvo un mal presentimiento, no lo puede explicar bien. Saltó de la cama y se fue corriendo a la playa. Cuando no vio la embarcación se preocupó. Tendrían que haber vuelto a medianoche. Sabía que avisarle a la familia no serviría de nada, quizá solo era una demora. Se acostó, pero no pudo pegar un ojo.

Evidelia Rivera, madre de los fallecidos, se enteró por televisión de la muerte de dos de sus cuatro hijos. Sólo ella puede saber la profundidad del golpe y el dolor de la pérdida. Los pelaos la idolatraban. Y ella les daba más de lo que podía. Eran sus hijos mayores, los que la habían ayudado a soportar la partida paterna, cuando eran bien chiquitos. A los 12, comenzaron con lo de la pesca y ahora que el mayor había cumplido los 18, ella los ayudó pidiendo el préstamo para la lancha. Está tan quebrada que ni siquiera puede hablar bien. Sólo pide justicia.

Elba, tía de los muchachos, recuerda a Rigoberto como el chico del carácter risueño conocido como Pepito. “A él todo lo que se le decía, le causaba risa, era todo alegría”, lo recuerda. Después susurra que por allí habían algunas muchachas rondándolo, pero que no tenía novia formal.

Dagoberto, sigue Elba, “era más serio, más brabuconcito. El creía que era el hombre de la casa, el que limpiaba el monte y arreglaba cualquier cosa de la casa”. Una amiga de la infancia dice que era muy divertido verlos jugar en la playa, “hacían lucha libre en la arena. A ellos les encantaba estar en el agua, se demoraban uno o dos días en tierra y luego zarpaban para trabajar”. En el pueblo no se encuentra a nadie que hable mal de los Pérez. “No eran groseros, nunca tuvieron pelea con nadie. Siempre estuvieron con su mamá en la lucha”, explica otro amigo. Y después dice que tenían un sueño, que se iban al mar porque tenían una idea fija: construir la casa de bloques a su madre. Pepito llegó hasta sexto grado. Didi hasta quinto. Para ayudar a su madre en el sustento del hogar, desde los 12 años, se dedicaron a la pesca. Así lo hicieron hasta la noche fatal en la que se cruzaron con representantes de la Fuerza Pública panameña.

EL FINAL

Sumergida en su dolor, Evidelia junto a otros familiares, el miercoles 20, salió de Playa Leona a la capital para reclamar los cuerpos de sus hijos.

Los 6 mil residentes de Playa Leona, no terminan de creer lo que pasó. Pasan los días, las semanas y y siguen como sonámbulos, buscando alguna respuesta, presos el desconcierto, el dolor y la impotencia de vivir una injusticia.

Moviendo la cabeza de lado a lado, frunciendo el ceño y arrugando la boca, Elvira, vecina del lugar, dice “queremos que se haga justicia a esos niños. Yo los vi crecer, eran muy buenos, todos en el pueblo los queríamos”.

Después de seis días finalmente los cuerpos de los hermanos Pérez llegaron a Playa Leona. Los ataudes fueron velados en la casa de su madre, una humilde residencia forrada de zinc donde iban llegando las personas que los acompañarían hasta la última morada.

Evidelia recibía el pésame constantemente. Entre ratos se acercaba a los féretros, miraba fijamente el rostro de sus dos hijos y en medio del llanto de desconsuelo una y otra vez repetía sin creer: “hay Dios mío, murieron mis hijos más grandes”. La misa fue en la Iglesia Evangélica. La pastora que llevó adelante el sermón estaba al borde de las lágrimas: “Ellos fueron los primeros que deshierbaron el monte que estaba justo debajo de esta iglesia. Contribuyeron a poner la primera piedra”.

A la salida de la iglesia, Manuel y Daniel, sobrevivientes de la tragedia, piden justicia. Viven de la pesca y no saben cómo hacer dinero de otra manera, sin embargo, ya no quieren volver al mar. El miedo por lo vivido los consume y solo piden justicia.

- Si hubiese la posibilidad de volver a los últimos minutos de vida de sus primos ¿qué le dirían?

-“Muchas cosas.. le diríamos que los queremos mucho”.