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24 de Nov de 2020

Nacional

A una india emberá se debe el Nobel de Literatura

n noviembre de 2008, el premio Nobel de Literatura dedicó la honrosa distinción que le prodigaban con este famoso premio a Elvira. ¿A qu...

n noviembre de 2008, el premio Nobel de Literatura dedicó la honrosa distinción que le prodigaban con este famoso premio a Elvira. ¿A quién? A Elvira, una indígena emberá.

Jean Marie Le Clézio se refería a una indígena de la etnia emberá que vivía en la selva del Darién, en donde él fue hechizado para quedarse varios períodos a lo largo de tres años durante la década de los setenta. Amerita reproducir textualmente un extracto de sus palabras, entresacando aquello que dedicó a Panamá, el mencionado premio Nobel: (…) Hace poco recibí —para mí, algo sorprendente— la noticia de que la Academia Sueca me premiaba con esta distinción. (…) El bosque es un mundo sin fronteras. Puedes perderte en la espesura de los árboles y la oscuridad impenetrable. (…) A ese bosque debo una de las más grandes emociones de mi vida adulta. Esto fue hace casi 30 años, en la región de Centroamérica conocida como El Tapón del Darién. (…) En esta región del istmo de Panamá, el bosque tropical es extremadamente denso, y la única manera de viajar es en una balsa río arriba. En ese bosque vive una población indígena, dividida en dos grupos, los Emberá y los Wounaans, ambos pertenecientes a la familia lingüística Ge-Pano-Carib. Aterricé allí por casualidad, y quedé tan fascinado por esta gente que permanecí durante varios periodos a lo largo de 3 años. Durante todo ese tiempo no hice otra cosa que vagar sin rumbo fijo de casa en casa —en ese tiempo la población se negaba a vivir en villas— y aprendí a vivir de acuerdo a un ritmo que era completamente distinto a cualquiera que hubiera experimentado hasta ese momento. Como todos los bosques verdaderos, este era particularmente hostil. Tuve que hacer una lista de todos los peligros potenciales y de todos los correspondientes recursos de sobrevivencia. Debo decir que los Emberá fueron muy pacientes conmigo. Estaban muy divertidos con mi falta de elegancia, y creo que hasta cierto punto yo estaba dispuesto a pagarles con entretenimiento lo que ellos me compartían en sabiduría. No escribí un gran tratado. (…) Una vez que asimilé el sistema de comunismo primitivo practicado por los indios americanos, así como su profundo disgusto por la autoridad y su tendencia hacia una natural anarquía, pude ver que el arte, como forma de expresión individual, no tiene nada qué hacer en el bosque. Por otro lado, estas personas no tenían nada que se asemejara a lo que llamamos arte en nuestras sociedades consumistas. En lugar de colgar pinturas en un muro, hombres y mujeres pintaban sus cuerpos, y en general se resistían a crear algo duradero. Luego tuve acceso a sus mitos. Cuando hablamos de mitos, en nuestro mundo de libros escritos, parece que nos referimos a algo que está muy lejos, en el tiempo o en el espacio. Yo también creía en tal distancia. Y de pronto los mitos estaban allí para que los escuchara, regularmente, casi cada noche. Cerca de las higueras que la gente construía en sus casas en un corazón de tres piedras, en medio de la danza de mosquitos y palomillas, la voz de los rapsodas —hombres y mujeres por igual— ponía en movimiento historias, leyendas, cuentos, como si estuvieran hablando de la realidad cotidiana. Los rapsodas cantaban en una voz aguda, expandiendo su pecho; su rostro mimetiza las expresiones y pasiones y miedos de los personajes. Eso podría ser un episodio de una novela, no un mito. Pero una noche, una joven mujer vino. Su nombre era Elvira. Ella era conocida a lo largo de todo el bosque de Emberá por sus habilidades para narrar. Ella era una aventurera y vivía sin un hombre, sin niños —la gente decía que ella era un poco borracha, un poco prostituta, pero yo no lo creí ni por un minuto— y ella iba de casa en casa para cantar, a cambio de carne, una botella de alcohol o unas monedas. Sin embargo, no tuve otro acceso a sus historias mas que por traducción —el lenguaje de Emberá tiene variantes literarias que lo hacen mucho más complejo que su forma cotidiana— rápidamente me di cuenta de que ella era una gran artista, en el mejor sentido del término. El timbre de su voz, el ritmo de sus manos golpeando contra su pecho, contra su collar de monedas plateadas, y encima de todo ese aire de posesión que iluminó su rostro y su mirada, una suerte de trance rítmico mesurado, ejercía un poder sobre todos aquellos que lo presenciaban. (…) Después dejé la región y no volví a ver a Elvira, o a cualquiera de los rapsodas del bosque de Darién. Me quedé con algo más que nostalgia (…) Es a ella, a Elvira, que dirijo este tributo —y a ella que dedico el premio que la Academia Sueca me ofrece’.