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13 de Oct de 2019

Nacional

Grilletes de la educación

Siempre que se habla de calidad de la educación, los expertos y gobernantes de turno presentan las mismas propuestas: buenos planes de estudio, prestigiosas escuelas y universidades de primer mundo

María Celestina H. tiene muchos años de haberse ido de la avenida Ancón, Santa Ana. Cuenta la edad con sus temblorosos dedos —cada uno es una década— y no veo que le sobre ni el meñique. ‘Tina' está clarita y arde en deseos de hablar de la antigua educación hogareña.

‘A mi Facundo le gustaba ponerse un lápiz en la oreja, yo prefiero una flor de papo', comenta, con una risa apagada, pero con ojos sinceros. Rememora los tiempos de ‘Ramoncito', un policía napoleónico, pesadilla de la chiquillada que llenaba el legendario teatro Ancón.

Trabajaba en Bella Vista, donde nunca aceptó aquel raro requisito laboral: ‘se necesita empleada para dormir'. Llegaba a casa a las 5 de la tarde. A lo lejos, en la boca del oscuro zaguán, divisaba las figuras de sus hijos: Dimas, Mirta, Donna y Fernando; todos en escalerilla en edad.

Mientras cocinaba revisaba las tareas. Su fórmula era: ‘deberes cumplidos, comida caliente y duros de leche agria como postre'.

Después un poco de televisión (Jim de la Selva, Pedro Vargas, Bat Masterson, El Investigador Submarino, Viruta y Capulina, Pájaros de Acero, Guillermo Tell, Laramie, Bonanza, el Show de Blanquita Amaro, el carismático ‘Lalo' Herrera y su sarao sabatino, El Show de la Una).

Su esposo Facundo hacía ‘camarones' (rebuscas) en una compañía de mudanzas. Los fines de semana, el sacerdote de la casa jugaba pelota con Dimas y Fernando en el campo de Santa Rita. Las muchachas caminaban los baratillos de la Central, en una excursión parecida a los malls de hoy.

Era una familia sana, pobre y feliz. María Celestina y Facundo lograron graduar a sus cuatro hijos, todos profesionales. No había beca universal ni internet, mucho menos la alcahuetería del celular. Pero tenían amor, tiempo y educación en el hogar.

AFANES DEL DÍA A DÍA

Hoy todo es diferente. La ciudad de Panamá y algunas cabeceras de provincia se han convertido en ojos de agua del estrés, fortalezas de torres de cemento y vidrio, calles hostiles, largas colas de carros, un infernal estruendo de bocinas, ruido y violencia.

Así lo expresa, con cierta benignidad, Álvaro Orozco Sierra, pequeño empresario de reparación de línea blanca.

Según él, siempre que se habla de calidad de la educación los expertos y gobernantes de turno presentan las mismas propuestas: buenos planes de estudio, prestigiosas escuelas y universidades de primer mundo. ‘Es lo ideal para los que pueden pagarlo'.

Pero pocos mencionan las limitaciones de estudio de las familias pobres y de la clase profesional, que lleva a cuestas —como el mítico Atlas— la pesada cruz de la comida cara, desempleo, pago de tributos, deficientes servicios públicos, cuotas escolares y medicinas por las nubes.

Por ejemplo, en ciudades como Panamá, San Miguelito Arraiján y La Chorrera, el tranque vehicular se roba todo: tiempo, paciencia, la paz; se volatiza el presupuesto de gasolina. ¿Y qué decir de los daños a la piel por estar expuestos al sol tanto tiempo detrás del volante?

Hay gente de estas regiones que sale a las 4 de la mañana de su casa y regresa a las 10 de la noche. Por la ausencia de sus padres (no les queda opción) muchos estudiantes –hombres y mujeres— viven al garete, expuestos a violadores, mercaderes pornográficos y a los vicios.

Los que tienen automóvil propio sufren, cierto, pero nada comparable con los pasajeros que viajan en bus, como si fueran embutidos. En ese forcejeo por irse en el viaje, muchos son víctimas de robos e irrespetos. ‘Después de la lenta peregrinación automotriz cotidiana, llegan a la casa de mal humor a cocinar lo poco de la despensa, a recoger ropa. ¿Qué tiempo queda para revisar tareas; si llegamos arrastrando los pies para descansar un par de horas y pararnos otra vez de madrugada? Una rutina canalla, en la que uno existe pero no vive'.

LA CIUDAD DE LA ANARQUÍA

En una entrevista concedida a Canal 2, la psiquiatra Melina Mancuso dijo que el tráfico pesado genera ira y ansiedad, produce síntomas mentales y corporales que deben ser tomados en serio, ya que ‘pueden producir fallas en las habilidades cognitivas como atención, concentración, memoria, lo que tiene que ver con la capacidad de organizar una actividad y no ejecutarla'.

Aparte del tiempo que se pierde en el tranque, agrega, la sociedad se enfrenta a otras consecuencias, como ‘el insomnio y la estructura diaria de una persona que se levanta a las 4:00 a.m. (algunos más temprano) y llega a su casa a las 12:00 medianoche y se acuesta a la 1:00 a.m. Prácticamente no duerme; el sueño limpia la mente'.

Marco A. Gandásegui, sociólogo investigador de la Universidad de Panamá, afirma que los problemas de la ciudad de Panamá se remontan a la colonia española —pasando por la Revolución Industrial— por su condición de centro mercantil de intercambio comercial. ‘La ciudad del siglo XXI es un espacio donde convergen todos los problemas acumulados. No somos ciudadanos a la griega antigua. Vivimos enajenados (separados) de nuestro ambiente'.

‘Somos prisioneros de usureros, patrones y rentistas. La urbe moderna es una ratonera donde todos corremos y competimos contra los demás', afirma.

La falta de una identidad social del individuo se diluye y se deshacen los lazos de solidaridad. Entonces la ciudad se convierte en una masa de personas que no identifican su grupo social, se produce un caos que afecta a la educación, medios y comunidad en general.

Para tener un buen clima educacional es necesario que la ciudad, la comunidad y la familia actúen en forma conjunta y armoniosa. Lo que sucede ahora es que cada quien trata de sobrevivir al laberinto a su manera; falta darle un sentido colectivo a la convivencia. ‘Los ciudadanos aún carecemos de esa base de identidad solidaria para convertir a la ciudad en un espacio (con espacio para la creatividad y el aprendizaje) que podemos llamar nuestro y que podamos legar a nuestros hijos', destacó el sociólogo.

FRUSTRACIÓN

Preguntamos a Maicol C.A., un vendedor de empanadas y chicha de naranja, ¿cómo haces para educar a tus hijos? Sudaba hasta por los bigotes cuando respondió: ‘¡Alabado! Panamá es caro; tengo que trabajar todo el día para comprar un par de cuadernos'.

No le pregunté por libros de primaria de hasta 50 dólares. Preferí dejarlo con su esperanza y fe: ‘Nos queda Dios… también tenemos hermanos aquí, suramericanos y centroamericanos luchando duro por sobrevivir'.

La ciudad se ha convertido en una selva; los psicólogos recomiendan mucha paciencia y control para resistir y salir adelante.

Geraldine Emiliani, psicóloga clínica, señala que el tranque vehicular, la falta de trabajo, y la pobreza son ‘males de nunca acabar y hay que aprender a manejarlos sin que nos hagan daño'.

Aconseja desechar la queja y armarse de valor. ‘Hay maneras de enfrentar la situación, una de ellas es tener calma. Donde esto se pierde le agregas un problema más a la crisis'.

El desempleo y sus consecuencias angustiosas para la familia son condiciones de vida frustrantes; una frustración mal manejada puede llevar a un trauma psicológico de por vida. Las personas viven estresadas; hay que sobreponerse a la adversidad para lograr una buena educación. ‘Por diversas causas, la familia está en peligro todos los días. Es por eso que es imprescindible, desde un comienzo, un buen plan familiar donde la afectividad y la tolerancia sean parte de la convivencia diaria; manejar los problemas con madurez y equilibrio emocional'.

Termino con un consejo de Joselito Badillo, darienita-colombiano, cuando preparaba a su hijo mayor, Atilio, para que fuera a la escuela. ‘Tillo, llévate unos plátanos con pescado frito; la clase entra mejor con el estómago lleno'.