La Estrella de Panamá
Panamá,25º

15 de Oct de 2019

Víctor Paz

Columnistas

La causa de nuestro desequilibrio

Existen dos formas de delatores, el que lo hace en complicidad y el que no.

Existen dos formas de delatores, el que lo hace en complicidad y el que no. El delator cómplice es aquel que, siendo parte de la acción se exterioriza a la misma y acusa a sus otrora compinches de algo que él mismo practicó. El delator que no es cómplice, muchas veces delata para no serlo precisamente. Nuestra sociedad castiga de igual forma (moral y legalmente) a ambos tipos, ¿pero acaso es justo tratar de ‘soplón' a quien intenta sencillamente no corromperse? ¿Habrá verdadera enmienda en un delincuente que para ‘reformarse' delata a sus cómplices, y luego continúa como si nada?

Cuando uno rompe negativamente el orden social, debe ser castigado. Tal concepto, no solo lo practica la ley, sino la religión también. Lo cual es fácil y ancestralmente demostrable en el antiquísimo concepto de ‘la penitencia', posterior a la confesión. ¿Y qué es una confesión?, nada más que otra forma de delación. Aquella en la que uno se delata a sí mismo, frente a la autoridad, ya no legal, sino religiosa. Luego de lo cual, el sacerdote pondrá (a su criterio) una penitencia. ¿Pero para qué, y por qué la penitencia? Para que el individuo sienta la consecuencia de sus actos, y, mediante el sufrimiento personal, reconozca el dolor ajeno, se arrepienta y aprenda a no dañar a los demás. Ahora bien, cabría preguntarse si puede o no, haber expiación sin sufrimiento…

En la vida todo es equilibrio, y el equilibrio (orden) se basa en la oposición de fuerzas. Al romper un equilibrio usted sentirá inmediatamente la consecuencia de haberlo hecho, porque las fuerzas que lo mantenían (contrapuestas) actuarán sobre usted por haberlo roto. Ese actuar de fuerzas sobre usted mismo se da por dos razones: la primera corresponde a mantener el equilibrio original, la segunda es crear uno nuevo o abonarse a otro preexistente. Por ejemplo, observe las aspas de un abanico girando en equilibrio dinámico, ahora interponga su mano tratando de detenerlas (rompiendo el equilibrio) y vea lo que le pasa. En la naturaleza, la restauración o recreación de todo equilibrio toma un tiempo. Sin embargo, el comportamiento humano a veces no es tan ‘natural'... En Panamá, y muchas partes del mundo, algunas personas que se consideran ‘poderosas' alteran nuestro equilibrio u orden social, y evitan a toda costa sentir sobre sí mismos el efecto compensador resultante. Luego, se lo descargan al Estado como si el pueblo fuera su contacto a tierra, o ‘ground' personal.

Si las personas no empiezan a sufrir las consecuencias de sus actos, por más que delaten a otros, el orden social jamás será restablecido. Si los tramposos y delincuentes continúan ‘pactando' con la justicia panameña, por más que delaten, no resarcirán el daño que le han hecho al Estado. Cuando el orden social se fractura de semejante forma, una venda jurídica no servirá de mucho. Mientras el delator cómplice no sufra plenamente las consecuencias de haber roto el orden social, viviremos en un país profundamente desequilibrado. Observe los casos de violencia, delincuencial o doméstica, que han venido ocurriendo. Analice la estadística más reciente, en función al consumo de alcohol, suicidios, etc. Compare la actitud generalizada del panameño hacia el Estado (desinterés, poco importa, indolencia, evasión) versus el furor del efecto ‘catarsis' en las redes sociales o su alienación en trivialidades.

Vivir en un sistema desequilibrado, recalentado por el escandaloso concubinato entre delincuentes y autoridades no es sano. Peor aún, entendiendo que los sistemas desequilibrados suelen tener corta vida y un final realmente traumático, que casi siempre implica la restauración social hacia cualquier forma de orden más primitivo, rígido y doloroso. Lecciones ya vividas, aunque no aprendidas, de aquel mal pasado que nos trajo más muertos que entendimiento. De cuando la justicia pactaba con la corrupción, firmando acuerdos con sangre de inocentes, en la finca de algún patrón de antaño o en la intimidad de los cuarteles.

INGENIERO EN SISTEMAS.