La Estrella de Panamá
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14 de Oct de 2019

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Ramón Fonseca Moraopinion@laestrella.com.pa

Columnistas

'¡No se olvide de mi puesto, 'chif'!'

“¡No se olvide de mi puesto, “chif”!”. Si hurgamos en lo más hondo de la política panameña, nos encontramos que esta frase resume casi todo lo relacionado a la política nacional.

“¡No se olvide de mi puesto, “chif”!”. Si hurgamos en lo más hondo de la política panameña, nos encontramos que esta frase resume casi todo lo relacionado a la política nacional. Lo digo por experiencia propia, después de gastar suelas por más de diez años en toda la República.

No me gusta la política. Algunos que leen esto me catalogarán de mentiroso, pues me vieron metido en ella de cabeza, con entusiasmo y fuerza. Lo que sí me gusta es ayudar al país, como hice por muchos años como miembro del Club de Leones de Panamá; Comisión de Valores Cívicos y Morales, enfrentados a la dictadura; Cruzada Civilista; miembro fundador de Mi Banco; miembro de la Junta Directiva de Transparencia Internacional; director de la ARI, defendiendo lo que pertenece a todos los panameños; patrono/director del Hospital del Niño por 10 años, etc. En ninguno de estos puestos recibí un real del Estado, salvo los viáticos de la ARI que endosaba a un albergue de monjitas. Pero un día mi padre, miembro fundador de la Democracia Cristiana, durante una discusión política me dijo que era muy fácil “criticar al torero desde la barrera. ¡Hay que meterse al ruedo!”. Esto me dejó pensando.

Un tiempo después fui invitado por un colega de una firma prestigiosa a una reunión con Guillermo “Cuchungo” Endara, nuestro primer presidente después de la dictadura. Quería lanzarse a correr como presidente de nuevo. Tuvo aciertos y errores, pero es bien recordado por la mayoría de los panameños. Me acordé de la frase de mi papá y decidí apoyarlo. No me gusta hacer las cosas a medias y me lancé con fuerza a la batalla. Perdimos. Entonces decidimos formar un nuevo partido “Vanguardia Moral de la Patria”, del cual fui su primer vicepresidente. Las cosas no funcionaron por razones que no vienen al caso, y un grupo grande nos apartamos y nos dedicamos a buscar otra casa. Nos reunimos con varios partidos y al final nos decidimos por el Panameñismo, en la facción de Juan Carlos Varela. El Panameñismo tuvo su origen en un movimiento cívico: Acción Comunal, fundado por mi abuelo y otros en su clínica dental en 1923.

Desde que comenzamos a formar VMP, comencé a ver en nuestro pueblo una tendencia a preguntarnos qué les ofrecíamos si ganábamos. En esa primera etapa no era grave —Cuchungo arrastraba pueblo—, pero ya en la época del Panameñismo esto aumentó. Comencé a darme cuenta, entonces, de que la política “se trabaja”; es decir, se reúnen grupos alrededor de líderes, que son peones de otros líderes con mejor posición, hasta llegar al jefe supremo. Se hacen pactos de qué pasará con el botín del Estado si se ganan las elecciones, principalmente en posiciones y contratos. Quedan las personas, entonces, seguras de que si ganan algo aprovecharán. No es “¡Qué puedo hacer yo por Panamá”, sino: “¡Qué Panamá puede hacer por mí!”. Y esto sucede a todos los niveles. Y mientras más se sube en la escala de la importancia, más jugosos son los premios. Entonces, un hombre o mujer bien preparado, dispuesto a sacrificase por su país, no llega a primera base si no tiene bajo él/ella una estructura bien armada de “¿Qué hay pa' mí?”. Pero otro, vulgar y corto de mente, pero ágil en el juegavivo, corona.

Estoy leyendo los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, en donde narra en forma novelada la política española del Siglo XIX, que comenzaba, en forma tardía, a deshacerse del sistema feudal y monárquico absolutista, en el que el rey o reina mandaban, y nadie más. Cuando este sistema comenzó a desmoronarse, gracias a la influencia, entre otros, de la Revolución francesa, se crearon las Cortes (Asamblea), y con ellas las “facciones”, que poco a poco se convirtieron en partidos políticos. Enseguida se unieron hombres y mujeres que deseaban el poder con cualquier excusa “... no me gusta Fernando VII”; “la reina regente no funciona”; “Isabel II es una puta”; etc., y empezaron entonces las matanzas. La mayoría de los combatientes, gente de campo y arrabales de Madrid y otras ciudades, no comprendían muy bien por qué estaban luchando, pero lo hacían por seguir a un líder, por un pedazo de pan, por inercia y, por supuesto, por el “¿qué hay pa' mí?”. Con esto se terminó de desangrar España —venía ya de dedicar sus fortunas de América a templos y guerras, y no a la Revolución Industrial—, y por eso hoy la vemos como una potencia de tercera categoría. Pero todos esos grupos que batallaban estaban seguros —a todo nivel— de que si ganaban obtendrían algún buen “destino” (lo que llamamos “puestos” hoy). España es nuestra Madre Patria y de ella heredamos cosas buenas, pero también (muy) malas.

Si queremos avanzar como país, debemos acabar con este sistema político eliminando la forma en que se forman estos caudillos partidistas (diputados circuitales) y formando un Estado eficiente y con funcionarios de carrera, incluyendo al Órgano Judicial. Gracias a Dios ya los conflictos entre “facciones” no se resuelven a punta de espada y cañones, pero estamos lejos todavía de alcanzar el ideal. Yo, en lo personal, he decidido salirme de la política para no tener que escuchar más: “¡No se olvide de mi puesto, “chif”!”, que hiere mi tímpano y roba mi alegría. Fracasé... Perdona, papá, donde quiera que te encuentres. Me cornearon algunos toretes y he decidido salirme del ruedo.

Escritor