Cientos de familiares y amigos se congregaron en la explanada donde se celebró el Festival Nova, lugar de la mayor masacre dentro de la oleada de ataques...
El terremoto de magnitud 7,5 que sacudió Panamá el pasado 9 de octubre dejó pueblos heridos, viviendas destruidas y familias que todavía intentan recuperar algo de lo perdido. En Macaracas, una pared cayó sobre Elena Barría, de 68 años. Su hijo y los vecinos lograron sacarla con vida de los escombros. Pero sobrevivir al derrumbe no fue suficiente. Después comenzó otro calvario: el recorrido por hospitales del interior donde, según su familia, no recibió la atención que necesitaba. Murió cinco días después, en la capital. Durante días, Panamá celebró el alivio de no contar víctimas fatales. Entretanto, en Azuero había familias durmiendo a la intemperie, viviendas inhabitables y una angustia que las cifras oficiales apenas conseguían explicar. La muerte de Elena nos recuerda que las consecuencias de una tragedia no terminan cuando cesan las sacudidas. No sabemos si una atención distinta habría cambiado su destino. Pero resulta inadmisible que las dificultades denunciadas por su familia queden sin esclarecer. ¿Qué ocurrió durante aquellos traslados? ¿Qué recursos faltaron? La respuesta sanitaria en el interior merece una revisión que vaya mucho más allá de este caso. Porque vivir lejos de la capital no debería significar mayores dificultades para recibir atención especializada cuando la vida corre peligro. Panamá perdió a una panameña, a una madre interiorana. A sus hijos, esposo y a toda su familia, nuestras condolencias más sinceras.