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15 de Nov de 2019

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Por un Oriente Medio desnuclearizado

En los últimos meses, la controversia sobre la naturaleza y el propósito del programa nuclear desarrollado por Irán ha generado tensione...

En los últimos meses, la controversia sobre la naturaleza y el propósito del programa nuclear desarrollado por Irán ha generado tensiones cada vez mayores en la región de Oriente Medio. Cuando pondero los riesgos existentes, recuerdo las palabras del historiador británico Arnold Toynbee, quien advirtió que los peligros de una era nuclear constituían un ‘nudo gordiano que debe desanudarse con dedos pacientes en lugar de cortarse con la espada’.

Ante la creciente inquietud de que tales tensiones deriven en un conflicto armado, exhorto a los líderes políticos de los estados relacionados a reconocer que ahora es el momento de llamarse valerosamente a la compostura y de buscar un terreno en común sobre el que se pueda resolver lo que ahora parece un punto muerto. El empleo de la fuerza militar o de otras formas de poder duro no puede generar una solución duradera. Aunque pareciera posible suprimir una amenaza específica, lo que queda como corolario es un legado aun más mortífero de ira y de odio.

Existe una constante lamentable dentro de la política internacional según la cual, a medida que crecen las tensiones, crecen también las amenazas e invectivas que se dirigen desde uno y otro lado. Recordemos que cuando el presidente de EE.UU., John F. Kennedy, y el primer ministro soviético Nikita Khrushchev se reunieron en Viena en 1961, en momentos en que arreciaba la Crisis de Berlín, este último dijo: ‘Se enfrentará la fuerza con la fuerza. Si los Estados Unidos quieren la guerra, ese es su problema. Las calamidades de la conflagración serán compartidas igualitariamente’.

Pero no debemos perder de vista que, si estalla una guerra, será un número incalculable de ciudadanos comunes el que deberá soportar la mayor carga de sufrimiento. Eso es algo que las generaciones que vivieron a lo largo del siglo XX conocen por su penosa experiencia. Yo perdí a uno de mis hermanos mayores, que luchaba en el frente, y mi hogar fue incendiado dos veces. Recuerdo claramente haber corrido llevando a mi hermano más pequeño de la mano, cuando huíamos en medio de las bombas arrojadas en un ataque aéreo. Cualquier uso de armas de destrucción masiva tendría consecuencias irreparables y solo traería más muerte y caos a un grado inimaginable. Es necesario reconocer que las armas nucleares, en especial, son instrumentos que representan la inhumanidad más terrible.

Tanto en la Crisis de Berlín, como en la Crisis de los Misiles de Cuba de 1962, los dirigentes de las dos superpotencias dieron finalmente un paso atrás justo antes de que estallara el conflicto. Acuciados por las insoportables tensiones, sin duda entrevieron la devastación que iba a sobrevenir si no lograban distender la situación.

En las circunstancias de nuestro mundo actual, sabemos que un ataque militar contra las instalaciones nucleares de Irán provocaría una grave inestabilidad.

Las represalias serían inevitables, y es imposible predecir las repercusiones sobre una región que actualmente está atravesando dramáticos cambios políticos.

Si bien es cierto que una espiral de amenazas y desconfianza prevalece en la dinámica de la política internacional, no debemos ignorar las voces de innumerables personas de esa región que desean ver libre su tierra de armas nucleares. Eso se puede comprobar, por ejemplo, a partir de las investigaciones realizadas por el Instituto Brookings en diciembre pasado, que demostraron que uno de cada dos israelíes apoya la realización de un acuerdo que convierta Oriente Próximo en una zona libre de armas nucleares, incluidos Irán e Israel en ella.

La conferencia internacional por el establecimiento de una zona libre de armas de destrucción masiva en Medio Oriente, programada para este año, intenta responder a las aspiraciones de los pueblos de la región, por lo que hay que extremar esfuerzos para asegurar su éxito. La eliminación completa de las armas de destrucción masiva de la zona representa un camino hacia el logro de los intereses comunes de seguridad para Irán, Israel y la totalidad de Oriente Próximo. Los esfuerzos realizados por Finlandia para servir como sede de esa conferencia son dignos de elogio, y espero que el Japón, como país que ha experimentado los efectos de las armas nucleares en la guerra, desempeñe un rol positivo en la creación de las condiciones para el diálogo.

El presidente Kennedy, quien tuvo que lidiar con dos crisis potencialmente apocalípticas, declaró una vez: ‘Nuestras esperanzas deben fortalecerse con prudencia histórica’. Hasta la fecha, las aspiraciones por un mundo sin armas nucleares han sido forjadas y alimentadas por los esfuerzos inagotables de quienes han debido enfrentar y superar crisis y vicisitudes. El proceso que llevó al Tratado de Tlatelolco, que estableció la primera zona libre de armas nucleares en una región densamente poblada, por ejemplo, cobró urgencia debido a la Crisis de los Misiles de Cuba.

Quienes trabajaron por su negociación persistieron un su objetivo, pese a que muchos desestimaron cínicamente esos esfuerzos considerándolos una pérdida de tiempo y pensaron que jamás podría haber un acuerdo a partir de dicho tratado. Hoy, treinta y tres estados de Latinoamérica y del Caribe, como también los cinco estados declarados nucleares, son parte del Tratado de Tlatelolco.

Para resolver la crisis que hoy atraviesa Oriente Medio, es imprescindible que la sociedad internacional renueve su determinación a no abandonar jamás el diálogo y que fortalezca su convicción de que, lo que ahora parece imposible, puede, de hecho, llegar a ser posible. No importa cuán desalentadora sea la realidad actual o lo traicionero que se presente el camino; debemos recordar que la esperanza se fomenta a través de esfuerzos tenaces e incansables por la paz.

PRESIDENTE DE LA SOKA GAKKAI INTERNACIONAL (SGI).