Con seis años, intenta entender el terremoto que destruyó su casa

Ocho días después del terremoto, un niño de seis años recuerda el miedo que sintió cuando escuchó que el mar podía subir. En Torio, Mariato, su casa quedó en el suelo y las chancletas que logró rescatar se convirtieron en parte de la historia de su huida hacia la montaña

Ezequiel a sus seis años, todavía aprende a leer y escribir, pero ya guarda en su memoria el recuerdo de una tierra que se movía, una familia que buscaba refugio y el temor de que el mar llegara hasta donde estaban.

Viste una camisa roja con la frase I’m Hero y lleva puestas las chancletas que logró sacar de su casa el día del terremoto. Tiene otras nuevas, pero las guarda. Las usará cuando las que lleva puestas se dañen.

Fue lo único que pudo tomar.

Estamos en Torio, distrito de Mariato, provincia de Veraguas, cerca del epicentro del terremoto de magnitud 7.5 reportado el viernes. Ocho días después, el niño conversa sin llorar. Habla de la montaña, de sus familiares y de las advertencias que escuchó cuando la tierra comenzó a moverse. También se distrae con los juegos, las bromas y los recuerdos cotidianos que todavía llenan su mundo.

Con seis años, intenta entender el terremoto que destruyó su casa

—¿Tú cuántos años tienes?

—Seis.

—¿Ya estás en la escuela? ¿Sabes escribir? ¿Leer?

—No —responde cuando le preguntan si ya sabe leer.

Las preguntas parecen sencillas, propias de una conversación con un niño de primer grado. Pero sus respuestas conducen a una experiencia que ningún pequeño debería tener que explicar con sus propias palabras: la de abandonar su hogar porque los adultos temían que una ola llegara a la costa.

Porque dijeron que la mar iba a subir

El niño recuerda que la gente hablaba de la posibilidad de que el mar subiera. Por eso, su familia buscó un lugar alto y comenzó a subir hacia la montaña.

—¿Por qué te fuiste para la montaña?

—Porque dijeron que la mar iba a subir.

En su voz no hay una explicación técnica ni una reconstrucción ordenada de la emergencia. Hay una advertencia que escuchó de los demás y que entendió como una razón para ponerse a salvo.

Con seis años, intenta entender el terremoto que destruyó su casa

La familia avanzó, pero el camino les impidió continuar.

—No pudimos subir más para allá porque estaba atacado el camino —cuenta.

Los recuerdos aparecen fragmentados. Menciona a sus hermanas, a su abuela y a otros familiares. Cuando habla de su abuela, recuerda que lavaba ropa cuando sintió el movimiento de la tierra. Su relato salta de una escena a otra, como si cada pregunta abriera una puerta distinta en su memoria.

No llora mientras cuenta lo ocurrido. Observa, responde y, por momentos, vuelve a asuntos que parecen pequeños frente a la magnitud de la tragedia. Pero en la infancia el miedo no siempre se expresa con lágrimas. A veces aparece en una frase repetida, en una pregunta o en la necesidad de conservar aquello que todavía se tiene.

Las chancletas que no quiso estrenar

La camisa roja resalta en medio del paisaje golpeado por el terremoto. En sus pies lleva las chancletas que rescató cuando salió de su casa. Las nuevas están guardadas.

Las reserva para cuando las actuales se dañen.

La casa quedó completamente en el suelo. De aquel lugar donde vivía con su familia, las chancletas figuran entre las cosas que logró conservar y que ahora forman parte de su rutina.

El detalle dice mucho de su vida sin necesidad de exageraciones. Para un niño de seis años, un par de chancletas puede ser una pertenencia importante, algo que debe durar porque no siempre hay otras para reemplazarlas.

Durante la conversación, cuenta que una vez recogió latas con un hombre que las compra.

—Yo vendí lata con un señor que compra lata y me dio tres dólares —dice.

Recuerda la cantidad y la repite. Habla de ese dinero con entusiasmo, como quien comparte una pequeña victoria. Después vuelve a la pelota, a las bromas de otros niños y a las ganas de jugar.

Su mundo sigue siendo el de un pequeño que aprende a leer, busca sus cosas y se interesa por lo que hacen quienes están a su alrededor. La diferencia es que ahora esos recuerdos conviven con una casa destruida y con el temor que llevó a su familia a buscar refugio.

Con seis años, intenta entender el terremoto que destruyó su casa

Mira la montaña cómo se cayó

En medio de la conversación, el niño llama la atención sobre el paisaje.

—Mira la montaña cómo se cayó —dice.

La frase interrumpe el intercambio. No es una pregunta, sino una observación espontánea del pequeño. Mira lo que tiene delante y señala, con sus propias palabras, las huellas que dejó el terremoto.

La montaña aparece varias veces en su relato. Fue el lugar hacia el que se dirigieron por temor a que el mar subiera, pero también forma parte del paisaje que ahora observa con preocupación.

En su memoria se mezclan el movimiento de la tierra, las advertencias sobre una posible ola y el recorrido que hizo junto a sus familiares. No ordena los hechos como lo haría un adulto, pero recuerda lo que para él tuvo mayor importancia: la tierra se movía y debían buscar un lugar seguro.

A su edad, comprender una emergencia significa muchas veces seguir las indicaciones de los mayores sin conocer por completo el peligro. El niño recuerda que la gente decía que el mar podía subir. Esa fue la razón que entendió para alejarse.

Los números de las réplicas

Este jueves, ocho días después del terremoto, las réplicas siguen presentes en la vida de la comunidad. El niño cuenta que ya están acostumbrados a sentirlas.

Cuando percibe un movimiento, revisa su teléfono para conocer la magnitud. Mira los números que aparecen en la pantalla e intenta relacionarlos con lo que acaba de sentir.

Durante la conversación menciona cifras como 7.7 y 4.9. No siempre logra explicar de dónde las recuerda, pero las repite y las relaciona con el movimiento de la tierra. Las magnitudes exactas de cada sismo deben contrastarse con los registros oficiales.

Hay algo revelador en esa escena: mientras todavía aprende a leer y escribir, el pequeño busca en una pantalla los números que le permiten aproximarse a lo que ocurre a su alrededor.

El teléfono se convierte en una referencia para intentar entender por qué la tierra vuelve a moverse. No significa que comprenda por completo las magnitudes ni el comportamiento de los sismos. Pero busca respuestas con las herramientas que tiene a su alcance.

Ocho días después, las réplicas forman parte de su día a día. La costumbre, sin embargo, no elimina la incertidumbre de vivir en una comunidad afectada por el terremoto ni la necesidad de recibir información clara y orientación de las autoridades.

Huevo, guineo y una vida que continúa

En medio de los recuerdos de la evacuación, también aparece la cena.

—¿Y qué cocinaron?

—Cocinamos sardina —responde en otro momento de la conversación.

Al hablar de la comida, menciona los huevos y el guineo. Cuenta que sabe cocinar huevos y sardinas, aunque su madre también se encarga de prepararle los alimentos.

Son detalles sencillos, pero permiten acercarse a la vida que continúa después del desastre. La familia tuvo que buscar un lugar seguro y resolver las necesidades de cada día. Mientras los adultos enfrentaban la incertidumbre, había que encontrar qué comer y cómo seguir adelante.

El niño habla de esas cosas sin dramatismo. Para él, la cena, las chancletas, la pelota y la montaña forman parte de una misma historia. No separa los grandes acontecimientos de las pequeñas rutinas porque todavía está aprendiendo a comprender el mundo.

Su testimonio no necesita adornos para mostrar lo que significa atravesar una emergencia durante la infancia. Basta escucharlo cuando recuerda por qué subieron, cuando señala la montaña o cuando revisa su teléfono para mirar los números de las réplicas.

En Torio, su casa quedó en el suelo. Él conserva las chancletas que logró rescatar y guarda las nuevas para después. Tiene seis años y todavía no sabe leer, pero ya busca en la pantalla de un teléfono las cifras de los movimientos que siente.

La tierra se movió. La gente dijo que el mar podía subir. Su familia buscó altura.

Y él, con su camisa roja y sus chancletas gastadas, sigue intentando entender por qué.

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