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El terremoto que cambió la vida de Alberto y sus tres hijos en La Pintada
- 21/10/2026 10:00
Alberto Guerrel tiene 30 años y tres hijos varones. Durante nueve años, su casa de barro fue el lugar donde levantó su vida junto a ellos. Allí dormían, comían, veían televisión y encontraban refugio al final de cada jornada. Hasta que la tierra tembló y ese lugar, que conocían como hogar, dejó de ofrecerles la tranquilidad de antes.
El terremoto del 9 de octubre lo sorprendió dentro de la vivienda, en Paguá de La Pintada, provincia de Coclé. Los niños acababan de regresar de la escuela. Se quitaban la ropa, se acostaban a ver televisión y encendían el abanico. Alberto, mientras tanto, se disponía a prepararles algo de comer.
Entonces comenzaron a caer los objetos.
La licuadora se vino abajo. También una olla. Los utensilios se movieron y el ruido de las cosas que golpeaban el suelo rompió la calma de la casa. Alberto comprendió que no se trataba de una pared que amenazaba con ceder por los golpes de los niños. Era la tierra la que se movía.
Tomó a Jafet, el menor de sus hijos, que estaba en la cama. Los dos mayores salieron corriendo hacia el patio.
El padre tenía razones para temer. Las paredes de barro que los protegían eran también motivo de preocupación. En más de una ocasión les pedía a los niños que no las golpearan, con el temor de que terminaran por venirse abajo.
Afuera, el peligro también se hacía visible. Desde la casa se observa el imponente cerro Orari. Durante el sismo, una enorme piedra se desprendió de la parte alta y rodó por la ladera. Alberto describió el estruendo y la nube de polvo que dejó a su paso como una escena que parecía la erupción de un volcán. Videos del desprendimiento circularon en redes sociales.
La vivienda resistió el terremoto, de magnitud 7.5, con epicentro en La Pitaloza, Herrera. Pero la sacudida no terminó cuando cesó el movimiento principal. El miedo permaneció en la familia, alimentado por las réplicas y por la incertidumbre sobre lo que podía ocurrir durante la noche.
Tres noches lejos de casa
Alberto no quiso arriesgarse. Durante tres días y tres noches, él y sus hijos durmieron fuera de la vivienda. No sabía si otra sacudida podía hacer caer las paredes mientras todos descansaban.
Las réplicas reportadas el sábado terminaron por agravar la situación. Una parte de la pared no soportó los movimientos y cayó.
La casa que había resistido el terremoto ya mostraba las consecuencias de los temblores posteriores. Para Alberto, la decisión de permanecer allí con sus hijos dejó de ser una opción segura.
Se marchó a la vivienda de su abuela, la mujer que lo crió y con quien creció. La casa, también construida con barro, data de abril de 1977. En ella encontró un lugar donde resguardarse junto a los tres niños.
Hay algo profundamente humano en ese regreso. Cuando la casa propia deja de ofrecer seguridad, Alberto vuelve al hogar de la mujer que le dio abrigo durante su infancia. Ahora no llega solo: lleva consigo a sus hijos, a quienes intenta proteger de una amenaza que no puede controlar.
Un ingeniero visitó la casa y le advirtió a Alberto que no podía habitarla. Según el testimonio del padre, los horcones —las columnas de madera que sostienen la estructura— están podridos y pueden ceder.
Alberto no recuerda el nombre del profesional. La visita, según explicó, no correspondió a una inspección del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc). El ingeniero registró el estado de la vivienda en el sistema gubernamental habilitado para reportar daños en casas tras el terremoto.
La advertencia confirmó el temor que Alberto arrastraba desde antes del sismo. Las paredes que durante años rodearon la vida de sus hijos ya no representan una protección confiable. Una parte de la estructura cayó después de las réplicas y los soportes de madera podrían comprometer el resto de la vivienda.
Para un padre que cría solo a tres niños, la situación no se limita a reparar una pared. Necesita un lugar seguro donde vivir con ellos, mientras enfrenta la posibilidad de perder el hogar que construyó con los recursos que tenía.
El llanto que guarda para cuando está solo
Alberto no expresa abiertamente su tristeza. Frente a sus hijos, debe mantener la atención en lo inmediato: que estén a salvo, que tengan dónde dormir y que puedan continuar con su vida, aunque ahora compartan una casa que no es la suya.
Pero cuando los deja al cuidado de su abuela, regresa solo a la vivienda que habitó durante nueve años. Allí llora.
Lejos de los niños, el dolor encuentra un espacio para salir. La casa permanece frente a él, con las marcas del terremoto y el riesgo que representa su estructura. En ese lugar quedaron también las huellas de la vida que compartía con sus hijos, las rutinas de cada día y los animales que todavía cuida.
La advertencia del ingeniero pesa sobre ese regreso. Los horcones están podridos y pueden ceder. La vivienda que resistió el primer movimiento ya no ofrece la seguridad que Alberto necesita para criar a sus hijos.
Tiene 30 años y enfrenta solo la responsabilidad de ser padre y madre para los tres niños. La decisión de salir de la casa responde a una necesidad concreta: protegerlos. Pero alejarse del hogar también significa dejar atrás una parte de su historia.
Mientras busca una salida, Alberto vive con sus hijos en casa de la mujer que lo crió. Ha recibido ayuda, pero todavía no puede regresar a su vivienda.
Una casa que espera una respuesta
El Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial (Miviot) habilitó una plataforma digital para registrar daños en viviendas tras el terremoto. El Gobierno también cuenta con programas de asistencia habitacional, entre ellos Mi Casa, Mi Hogar y Mi Hogar Solidario. La posibilidad de recibir apoyo depende de la evaluación y de los requisitos de cada programa.
Para Alberto, el problema sigue presente cada vez que vuelve a la casa de barro. La vivienda necesita una evaluación que permita determinar qué puede hacerse con una estructura cuyos soportes, según le advirtió el ingeniero, están deteriorados.
Por ahora, no puede vivir allí con sus hijos. La casa donde construyó su hogar durante nueve años sigue en pie, pero ya no es un lugar seguro para la familia.
Las gallinas y los patos permanecen en la propiedad. También permanecen los recuerdos de una vida que el terremoto alteró en cuestión de segundos.
Alberto encontró refugio en la casa de su abuela, la misma mujer que lo crió. Allí mantiene a sus hijos a salvo mientras enfrenta la incertidumbre sobre el futuro de su vivienda.
Y cuando vuelve solo al lugar que fue su hogar, lejos de la mirada de los niños, llora.