Con un consumo per cápita de hasta 400 litros diarios —el más alto de la región—, Panamá enfrenta una crisis de eficiencia donde la mitad del agua procesada...
- 13/02/2015 01:00
El sol de febrero quema el asfalto y en el ambiente se siente un ‘no sé qué’. Ya muchos hablan de la hora en que saldrán de su trabajo; que si el carro, el colchón inflable, el cooler , la novia que no quiere ir y la quincena que no pagan.
Los carnavales ya llegaron. Hoy es el día. Oficialmente comienzan mañana sábado, pero cualquier carnavalero que se respete comienza la fiesta el viernes en la noche.
El calentamiento comienza con una fría mojadera nocturna, al calor de unos tragos.
A las 9 de la mañana del sábado, ya más de siete carros cisterna acordonan los parques principales de cada pueblo. Y mientras que algunos saltan al son de la comparsa, cerveza en mano, dos chicas viven el sueño de su infancia: ser la más bella y aplaudida de su pueblo.
Son las reinas, las protagonistas de la festividad. Su brillo, sonrisa y constante baile acompañan el jolgorio; sin ellas, no habría carnaval. Su presencia encandila el parque, marca la tuna y las letras de las canciones.
Para ellas, el reinado comienza al momento de ser electa, un año antes. De allí en adelante, son conscientes de que cada paso que dan será cuestionado.
SER Y PARECER
‘Ellas deben ser y parecer reinas’: bien vestidas, hasta para ir al supermercado; con actitud altiva, sin ser prepotentes.
Esta actitud es crucial, porque, cuando lleguen los días de carnaval, la tuna rival le cantará temas burlones y ofensivos, no solo a ella, sino a su familia. Debe tener ‘mucha actitud’ para que todo le resbale’, explicó Itziak Gómez, estilista de las reinas de Calle Abajo de Las Tablas desde hace más de diez años.
Para adquirir la estamina necesaria para pasar cuatro días encaramada día y noche en un carro alegórico, la reina debe entrenar durante varios meses, haciendo ejercicio, corriendo, mentalizándose para el peso físico y mental.
Típicamente, los trajes que visten pesan unos 25 kilos —la mitad de lo de una reina debería pesar—, carga que deben disimular entre sonrisas que escondan cualquier muestra de cansancio a su gente.
En carnaval no hay descanso: ella solo podrá dormir entre 4 y 5 horas cada noche. Al son de las trompetas saltamos...
Mientras que ya en el parque Porras, de Las Tablas, un carro cisterna tira agua, miles de personas se desplazan a las provincias centrales, para gozar de la celebración.
Las Tablas, Chitré y Penonomé son los destinos principales. Ya allí, en los culecos, comienza ‘ el meneo, gozadera y sobadera ’.
Nadie que entre a un culeco pasa un minuto sin ser empujado o abrazado por propios y extraños. Los más celosos abrazan a su mujer mientras brincan pidiendo agua a quien está arriba del carro cisterna. Otros están al acecho, pues la consigna es no ir esa noche a la cama solos. Curiosamente, tanto hombres como mujeres tienen la esperanza de conseguir pareja en un carnaval.
Agua, sol y alcohol dan hambre, lo que permite que los actores principales del mediodía sean los vendedores de carne en palito y chorizo; ellos, con carné de salud o no, hacen bingo durante las fiestas.
Llegada la tarde, el nivel de alcohol se puede medir en las miles de latas de cervezas que rodean los pies de los que festejan. Algunos, ya en pareja, besan, gritan y abrazan a sus amigos; los anteojos de sol cubren los ojos vidriosos. La borrachera se delata con el caminado en zigzag. Llegó la hora de moverse del parque, pero la fiesta no termina y muchos se van a tomar un sancocho bien caliente para aplacar la juma y luego quedarse en cualquier spot del pueblo.
Se escucha la tanda de plena y comienza el coro de los hombres cantando ‘ Se la tira de pie y no llega ni a quequi ’ y el meneo hasta el piso con la chica de pechos grandes y ajustado ‘ shortcito ’ blanco. Todos se divierten, cantan y no falta un llorón en el grupo o quien tomó más de la cuenta.
El pudor quedó en la casa y allí sale todo el estrés, en forma de exceso.
En las estructuras ubicadas en el parque y en los puntos claves de Calle Abajo y Calle Arriba, bailan los más jóvenes. Sus entradas no son baratas, lo que no importa, porque en los carnavales panameños, se invierte.
Entre transporte, estadía, bebida, comida y entrada a espacios bailables, se gasta un mínimo de $150 por persona.
La majestuosidad de las reinas, el color, la murga, el permiso para tomar alcohol hasta desmayar... para una sociedad panameña bastante conservadora durante los restantes 360 días del año, este es el ambiente ideal para poner en escena sucesos irreverentes, que luego formarán parte de una anécdota entre amigos o familia.
Pregones, sobrenombres, peleas entre hombres, entre mujeres, entre parejas, en fin. Durante esos cuatro días pueden comenzar relaciones, terminar otras, salir en televisión haciendo el ridículo, reír hasta más no poder y, si eres mujer y no tienes cuidado, recibir un niño en noviembre.
Todo depende de cada quien. También puedes gozar en familia o amigos y regresar sin pena ni gloria a tus labores diarias. Para muchos, son días de ‘‘libertad”: se habla y se baila como nunca, mientras que mujeres exóticas se pasean en carros llenos de plumas y piedras de colores.
‘Desde niña deseaba ser reina y, cuando lo logré, fue para mí un orgullo. Fue hace 20 años, cuando los canales de televisión daban patrocinio, se hacían matanzas, actividades folclóricas y así se solventaban los gastos. Obviamente, los padres aportaban también’, detalló Maricruz Díaz, exreina de Calle Arriba de Las Tablas.
Hoy en día, el costo es el doble, pero todo es válido cuando se trata del carnaval.
Entre maquillaje, trajes, masajistas y otros detalles, cada día una reina llevará encima entre 100 y 150 mil dólares.
Para el miércoles de Ceniza y el entierro de la sardina, todos estarán de vuelta. El viaje de regreso consistirá en unas cuatro horas de tranque, mientras, en cada pueblo, las juntas de carnaval empiezan a prepararse para la fiesta del 2016. El sueño de una niña de ser reina se hará realidad, nuevamente. Y mientras ella se prepara, la murga descansa, pero no muere.