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- 23/05/2026 11:25
Durante una laberíntica búsqueda para la redacción de mi novela, “Al margen de la gloria” me interesé en cómo eran los vestidos de la patriota ecuatoriana Manuela Sáenz. Encontré que, en el Museo de Trajes de Bogotá, existían unas réplicas de sus vestidos. Recientemente fui invitada a la Feria del Libro de Bogotá y por curiosidad contacté al museo, que muy amablemente me informó que los vestidos no estaban exhibidos al público, pero que podía agendar una visita guiada y privada para verlos. Acepté inmediatamente.
Manuela Sáenz (1797-1856) fue compañera de Simón Bolívar entre 1822 y 1830. Su padre tenía negocios en el Istmo, así que Manuela estuvo en Panamá en una o varias ocasiones, según investigaciones. Conspiró por la causa independentista peruana, lo cual le valió una condecoración otorgada por José de San Martín. Más tarde, esta intrépida mujer siguió muy de cerca la batalla de Pichincha, se ocupó de los heridos después de la batalla de Junín y se batió “a tiro limpio” en la gran batalla de Ayacucho, ganando un ascenso a coronela a pedido del general Antonio José de Sucre. Después de la guerra, acompañó a Bolívar hasta Bogotá donde encaró, sola, a los asesinos del Libertador.
Aparte de esta faceta bélica, Manuela era una mujer intensamente femenina. En algunas etapas de su relación con Bolívar le administraba su casa y se ocupaba de su alimentación. En su museo en Quito y en otro de Bogotá, me emocioné al ver su colección de cepillos de peinarse, sus cajitas de joyería, sus pulseras de plata y sus aretes de oro. Conocer sus vestidos era, pues, una ocasión increíble de acercarme más a esta heroína.
El Museo de Trajes, parte de la Unidad de Patrimonio de la Universidad de América, narra la historia de Colombia a través de la vestimenta, desde la época prehispánica hasta 1940. En sus salas se exhiben fascinantes trajes regionales y étnicos, algunos de los cuales guardan cierto parecido con vestidos tradicionales panameños. Pero el plato fuerte de esta visita estaba bien resguardado en porta trajes blancos, en una sala de estudio a la cual me dio acceso la gentil conservadora del museo: los vestidos de Manuela. Estas maravillosas réplicas fueron recreadas tras una investigación de Martha Hernández Salgar en 2012, basadas en escritos y en dos miniaturas auténticas de la Libertadora, elaboradas en 1828 por el pintor José María Espinoza.
El primero, un vestido en satín color marfil con falda de tul, me dejó sin aliento por su belleza. Inspirado en el estilo de los trajes de Joséphine, la consorte de Napoleón Bonaparte, tiene un talle alto, cintas y perlas en el busto, mangas abullonadas y bordes de piel en el escote y las mangas. A pesar de que la coronación de Napoleón había sido décadas antes, al parecer esta moda se mantuvo en la Nueva Granada. En el retrato de Manuela con este vestido (1828), se puede observar una capa de terciopelo rojo, bordeada en piel, también muy a la moda en los trajes de noche por influencia de aquella emperatriz. Manuela no sería la única señora vestida de esa manera en las fiestas, pues las damas de la época podían copiar modelos de la prensa de moda europea como el “Journal des dames” o el “Ladies monthly magazine”, según se me explicó después. Pero no deja de ser un paralelo fascinante para mí que la pareja de Bolívar usara trajes inspirados en los de la esposa de Napoleón.
El segundo vestido, de color azul, era la razón principal de mi visita, pues me había enamorado de él durante mi investigación anterior. Su diseño era tan elegante y atemporal que podía imaginarme perfectamente usándolo yo misma para algún evento moderno. Disfruto mucho disfrazarme, pero con este traje no sentiría que llevaba un disfraz. Pensé, ingenuamente, que podría mandar a confeccionar una réplica acá en Panamá con una buena modista. Pero cuando empezaron a mostrarme toda la complejidad del vestido, entendí que no sería una tarea sencilla. Basado en otra miniatura de Manuela de 1828, este traje de tafetán, de apariencia sencilla y de estilo romántico, utilizaba un miriñaque (estructura de ballena, como nuestras crinolinas modernas) para dar volumen a la falda, además de una enagua con ruedo y un forro interior. Las mangas también estaban estructuradas con ballenas y forradas con crin y tela almidonada para mantener la forma de globo. Muestra un poco los hombros, pero es modesto y elegante (a diferencia de una imagen de Manuela elaborada en el siglo XX, para gran pesar mío muy difundida, donde lleva un vestido blanco anacrónico prácticamente “de tiritas” mostrando demasiada piel y dándole un aire vulgar). El vestido se completa con un hermoso cinturón blanco, adornado con una hebilla de perlas. El traje lleva botones en la espalda y, en las partes interiores, cintas para amarrar. La parte inferior del vestido es un hermoso ruedo plisado elaborado con el mismo tafetán, unido al forro interior con una cinta dorada, que es el color que llevan todos los acentos del traje.
El tercer vestido es un traje de montar conformado por pantalón rojo, ruana negra de terciopelo, pañoleta blanca en seda y botas, basado en una descripción de 1862. A pesar de ser un atuendo masculino, me sorprendió la hermosura que le daba el terciopelo a la ruana y la seda al pañuelo: Manuela nunca dejaba de ser coqueta. Me gusta imaginar que en Junín y en Ayacucho llevara uniforme como un soldado más o, mejor aún, que usara uno de Bolívar mismo, pues él era de talla menuda y, según dibujos del pintor Espinoza, la diferencia de estatura entre ellos dos era mínima.
Terminé esta visita al Museo de Trajes sintiéndome más cerca que nunca de la admirable Manuela, Libertadora de América, ejemplo para todas las mujeres libres. Agradezco profundamente al museo por haberme permitido examinar estas piezas y animo a todos los que se interesan por la moda histórica a visitarlo en su próximo viaje a Bogotá.