16 de marzo: 38 años después

  • 17/03/2026 00:04

Recordar es vivir. Regresaba de Miami el 27 de noviembre con Francisco Artola (q.e.p.d.). Nos esperaba el G-2 en la puerta del avión. Veníamos de la OEA en Washington, de denunciar a la dictadura. Poco importó que en Tocumen nos esperarán representantes diplomáticos de siete países. Bajados por la parte lateral del avión, nos esposaron y colocaron incómodas y hediondas capuchas de fieltro sobre el rostro. En un Jeep a toda velocidad nos amenazaron de muerte. Enfrentado a mis captores, a quienes no podía ver sus rostros, preguntaron sobre mi papel en el alzamiento del 16 de marzo, que este 16 de marzo cumplió su 38º aniversario.

En el PDC éramos conscientes de que era necesario trabajar a la oficialidad joven de las Fuerzas de Defensa, para poder salir de Noriega. Los militares nombraron diferentes enlaces con los políticos. En el PDC fui autorizado a reunirme, a mediados de 1983, con el mayor Aristides Valdonedo, asistente del G2. Las reuniones que sostuve con él fueron suficientes para que se diera cuenta de quiénes éramos los demócratas cristianos, tan satanizados por Noriega. “Les interesaba saber si el PDC apoyaría a Arnulfo Arias en 1984, lo que finalmente ocurrió en febrero de ese año cuando lo nominamos, con Ricardo Arias Calderón como su segundo vicepresidente. No vi a Baldonedo más.

El líder de la asonada contra Noriega el 16 marzo de 1988 fue el coronel Leonidas Macías. En la madrugada de aquel día, recibí una extraña llamada de mi primo hermano, Dicky Domínguez Cochez (q.e.p.d.). No dijo una palabra, pero intuí de inmediato que se trata de algo relacionado con Quesada, un mayor a quien conocía porque había estudiado en La Salle. Dicky pasó por mí a las 5:20 a. m. y luego recogimos a Chema Toral, íntimo de Quesada. Esa madrugada, Quesada se encontraba de guardia en el Cuartel Central. Ejercitaba en el puente de las Américas. Al toparnos con él, en medio puente, se subió al vehículo. Paramos en el monumento chino y allí me dio las instrucciones de lo que tenía que hacer en el movimiento de derrocamiento.

El golpe se daría a las 7:00 a.m.. Además de Macías, Baldonedo y Quesada se incluían varios mayores como Milton Castillo, Santiago Fundora (qepd.), Francisco Álvarez, Jaime Benítez, José María Serrano (qepd), Carlos Arjona, Luis Carlos Samudio y los oficiales Humberto Macea y Edgardo Falcón. Debía avisar al doctor Arias Calderón, al Nuncio Laboa; lo que hice de inmediato. Isaac Rodríguez, secretario general del sindicato del IRHE, activo en la asonada, movió a sus huestes con vehículos de la entidad para interrumpir el tránsito en la ciudad. Perseguían que el país se enmarcara en una auténtica democracia, donde los militares regresaran a los cuarteles como había prometido el general Torrijos. Los involucrados quedaron detenidos ante la ‘lealtad' a Noriega de su compadre, el capitán Giroldi, quien silenció la asonada y fue ajusticiado el 4 de octubre de 1989, por tratar de hacer lo mismo. Los militares estadounidenses, al tanto de lo que ocurría, a última hora se echaron para atrás. La CIA apoyaba a Noriega. Poco le importaba a Estados Unidos ponerle fin a la dictadura.

El precio que pagaron fue duro. 21 meses encarcelados inhumanamente. Macías casi pierde la vista. A Quesada lo mantuvieron en un cuarto sin luz donde pisaba sus propios excrementos. Toda clase de torturas físicas y psicológicas. Hasta estuve con familiares de los detenidos para planear su fuga. Serví de correo de ellos para mantenerlos al tanto de lo que ocurría, ya que los tenían totalmente incomunicados. Les hacía resúmenes de lo que pasaba, reducidos de tal manera que en la mitad de una mano tenían que leerlos con lupa. La mayoría de ellos fue reincorporados a la Policía Nacional, al salir de prisión el 21 de diciembre.

Lo curioso sobre estos valientes panameños es que, después de 38 años, si bien se les cancelaron las vacaciones y los gastos de representación acumulados, todavía se les adeudan los salarios de ese periodo, los cuales se encuentran actualmente en trámite en el Ministerio de Seguridad. ¿Treinta y ocho años después valió la pena todo ese esfuerzo? El 3 de octubre de 1989, tras otra intentona fracasada, fueron fusilados más de una docena de oficiales como ellos, incluyendo a Giroldi. ¿Ha cambiado el sistema político del país como para sentir que en Panamá está asentada una democracia prometida en 1989, donde se respeten los derechos humanos, haya separación de poderes y no exista la magnitud de la corrupción que se palpa?